Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 47 #2
57%

47 #2

—Cree que se ocupa del caso, que trabaja para mí.

Su propósito es limpiar el nombre de Newman, convencido de que hay un enemigo externo que trata de implicarlos a ambos en esos crímenes.

Por eso quería hablar conmigo a solas; tenía que informarme de los avances en el caso.

Me contó que fue seguir una pista lo que le impulsó a abandonar el hospital, una pista que no recuerda. Y parecía genuinamente preocupado.

—Fascinante —comentó pensativo.

—Explíqueme, por favor, ¿cómo funcionarán las sesiones exactamente?

—El objetivo es avanzar en el diagnóstico, y empezaremos por la DES, la escala de experiencias disociativas.

Ella asintió.

—La DES..., claro. El autoinforme.

—Eso es. Es la herramienta perfecta para esta fase, insuficiente para diagnosticar, pero perfecta para cribar.

No le vamos a preguntar «¿Oye usted voces?

» o «¿Es usted varias personas?». Eso le pondría a la defensiva.

La DES es más sutil: «Algunas personas tienen la experiencia de ir conduciendo y darse cuenta de que no recuerdan parte del viaje».

«Algunas personas encuentran cosas en su casa que no recuerdan haber comprado.

» «Algunas personas se miran al espejo y no se reconocen. »

—Tengo que admitir que no estoy familiarizada con el proceso, pero he leído varios artículos desde que hablamos y he visto que permite que sea el propio paciente quien informe de la amnesia y la despersonalización, sin sentirse juzgado. Casi se autodiagnostica con sus respuestas.

—Exacto. Si puntúa alto, como estoy seguro de que lo hará, tendremos la base para el siguiente paso.

—¿Y si puntúa muy alto, extraordinariamente alto?

Sarasola se inclinó hacia delante.

— Malingering , el tipo de fingimiento del que hablaba Margot.

Cruzaremos ese puente si llegamos a ese río.

Iremos paso a paso. Combinaremos un entorno seguro, quizá algo de hipnosis clínica, solo para reducir la barrera amnésica.

Y tal vez un ansiolítico suave. Nada de los antipsicóticos de Kutz. Queremos que hablen, no silenciarlos.

—Queremos conocerlos —dijo ella.

Sarasola sonrió.

—Queremos mapear el sistema. Hoy hemos visto al menos a tres.

El niño aterrorizado y ese adolescente furioso.

Luego está el detective Star, tan funcional.

Y, por supuesto, el anfitrión. Seré siempre yo el que hable directamente con el paciente.

Si usted o el padre Tadeo tienen alguna pregunta que hacer, deben pasármela por escrito.

No podemos romper el hilo de la comunicación una vez establecida.

Las personalidades alternas son extremadamente sensibles a cambios en el entorno.

Una voz distinta o una interrupción inesperada pueden hacer que se replieguen.

—Entiendo —estuvo de acuerdo Nash.

Sarasola bebió otro sorbo de whisky. Las llamas de la chimenea proyectaban sombras danzantes en su rostro.

—Lo más difícil —continuó— es establecer con certeza que estamos ante un auténtico trastorno de identidad disociativo.

El padre Tadeo, joven como es, es una autoridad, así que hemos elaborado un protocolo para excluir otros trastornos y enfermedades.

Y aunque no coincida con el doctor Kutz, sin evaluarlo, y por prudencia, aún no podemos descartar esquizofrenia paranoide con delirios muy elaborados, o un trastorno límite de la personalidad con episodios disociativos extremos.

—Antes, en la cena, le ha dicho a Margot que está aquí porque cree que es un trastorno disociativo.

Él contestó con una pregunta.

—¿Y usted, doctora Elizondo, ante qué cree que estamos?

—Espero que sea TID, y que sea real.

Sarasola no preguntó nada más; entendía a qué se refería, o Newman estaba enfermo, o de lo contrario...

El fuego crepitó. Una chispa saltó brevemente antes de extinguirse. Nash observó las llamas durante unos segundos antes de hablar.

—Dígame, doctor, ¿cómo se enfrenta a las insinuaciones constantes de que realiza exorcismos? Kutz se lo dijo un par de veces en el hospital. No le oí negarlo.

La pregunta cayó en el espacio entre ellos con un peso inesperado. Sarasola la miró. Lejos de molestarse, esbozó una sonrisa leve.

—Porque es cierto. Le dije por teléfono que creo en la existencia del demonio. ¿Recuerda? Realizo exorcismos cuando son necesarios.

Nash no supo qué contestar. Tomó su vaso, bebió. El whisky le quemó la garganta más de lo esperado.

—Esta parte me resulta un poco difícil de procesar —admitió Nash finalmente.

Sarasola se inclinó hacia delante.

—Está siendo como los psiquiatras que no admiten el TID.

Nash lo miró, sorprendida por el reproche suave pero directo.

—No es lo mismo.

—¿No?

Sarasola extendió una mano hacia su vaso, lo giró sobre la mesita sin levantarlo.

—Usted defiende la existencia de trastornos mentales graves porque ha visto casos, porque la evidencia clínica la respalda, porque su formación le permite reconocerlos. Yo defiendo la existencia de posesiones demoníacas por exactamente las mismas razones.

Nash dejó el vaso sobre la mesita.

—He visto casos de trastornos en los que el paciente disociaba, pero es la primera vez que estoy ante un posible TID; aún no sé qué creer.

Por eso necesito que me explique cómo lo consigue.

¿Cuál es el protocolo cuando se encuentran con alguien que puede tener TID, trastorno límite, esquizofrenia o una posesión demoníaca? ¿Cómo deciden que es una posesión?

Sarasola asintió, como si hubiera estado esperando esa pregunta.

—Del mismo modo que lo hace usted. Del mismo modo que lo hace cualquier profesional. Aplicando todas las normas de la psiquiatría, todos los códigos que ya hemos mencionado para catalogar y diagnosticar. El diagnóstico se va haciendo por eliminación.

Tomó su vaso, vio que estaba vacío y rellenó los dos, bebió un sorbo y esperó.

—Primero descartamos causas médicas. Tumores cerebrales, epilepsia del lóbulo temporal, desequilibrios químicos.

Después, trastornos psiquiátricos conocidos.

TID, esquizofrenia, trastorno límite, psicosis inducida por drogas.

Solo cuando todo eso ha sido descartado, solo cuando el comportamiento del paciente presenta características que no encajan en ninguna categoría conocida, solo entonces consideramos la posibilidad de posesión.

—¿Qué características?

Sarasola se recostó en el sillón. La luz del fuego hacía que sus ojos parecieran más oscuros.

—Conocimiento de lenguas que el paciente nunca aprendió.

Conocimiento de hechos que el paciente no podría saber.

Fuerza física que excede las capacidades humanas normales.

Reacción violenta a objetos sagrados sin que el paciente tenga conocimiento previo de su significado.

Y, sobre todo, una presencia. Algo que se siente en el ambiente cuando estás ante una posesión auténtica.

Le aseguro que cuando se está ante un demonio, no se tiene ninguna duda.

—Pero la Iglesia...

—La Iglesia nunca reconoce posesiones sin estar completamente segura.

Los exorcistas tenemos una excelente formación, no exclusivamente teológica, sino también psicológica y psiquiátrica.

No se debe confundir el oscurantismo de un tiempo en el que todo era tenebroso con la enorme apertura que la ciencia ha tenido dentro de la Iglesia.

La Iglesia, doctora Elizondo, es hoy la mayor promotora de la investigación científica en muchos campos.

Y en el campo de lo paranormal, nuestra aproximación es rigurosamente científica.

Nash tomó su vaso y bebió un sorbo, lo giró despacio entre los dedos.

—¿Y qué pasa con las personas? Hay gente que pierde la cabeza y comete el mal porque enferma. Pero otras personas que simplemente han sido manipuladas, convencidas para hacer el mal...

—¿A dónde quiere llegar?