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Noche en Ciudad
Cuando el detective Star regresó al comedor, Margot se colgó de su brazo y lo guio hacia la escalera con suavidad, pero con firmeza, como quien conduce a un niño que se resiste al final del día.
La enfermera Irene iba unos pasos por detrás.
Star se dejó llevar sin protestar, la energía que había mostrado minutos antes se había evaporado por completo.
Nash los vio desaparecer por el piso superior.
Robert y Elisa habían recogido la mesa. No quedaba rastro de la cena, salvo el tenue olor del cigarrillo de Star flotando aún en el aire.
Nash permaneció de pie en el umbral del comedor vacío, procesando lo que acababa de suceder.
«No te fíes de nadie.» Las palabras del detective resonaban en su mente con una insistencia incómoda.
El padre Tadeo apareció por el pasillo lateral.
Cruzó el comedor con pasos eficientes, se detuvo ante Sarasola y habló en voz baja.
Nash no alcanzó a oír lo que decían, pero observó el modo en que Sarasola asentía, el gesto con que el padre Tadeo señalaba algo en su tablet .
La conversación duró apenas un minuto. Tadeo se volvió hacia ella.
—Buenas noches, doctora Elizondo.
—Buenas noches, doctor.
Tadeo se retiró. Sus pasos se perdieron en dirección a la planta baja, donde Robert le había asignado la habitación de invitados.
Sarasola se volvió hacia Nash. La luz de la lámpara danesa proyectaba sombras suaves en su rostro. Parecía cansado, pero no de ese cansancio que agota, sino de ese otro que viene después de un día largo y lleno de decisiones importantes.
—Ya están establecidos los turnos —dijo—. No tiene de qué preocuparse. El padre Tadeo e Irene se ocuparán de la vigilancia nocturna. Virginia descansará hasta mañana por la mañana.
Nash asintió.
La puerta del comedor se abrió. Robert apareció empujando un carrito bajo con ruedas silenciosas. Sobre él, dos vasos de cristal tallado, una cubitera con hielo y varios botellines de agua mineral. Se detuvo junto al aparador del salón contiguo.
Sin decir nada, tomó la licorera de whisky que antes había usado el detective Star. Sirvió dos medidas generosas en los vasos, añadió un poco de agua a cada uno y devolvió la licorera a su sitio.
Nash observaba agradecida.
—Buena idea. Me vendrá bien.
Robert asintió con naturalidad.
—Ha sido un día muy largo. Si necesitan algo más, estaré arriba. Aunque hace una buena noche, todavía refresca lo suficiente como para encender un poco la chimenea. He pensado que necesitarías un poco de calor de hogar.
Nash sintió algo familiar expandirse en su pecho.
Era un gesto pequeño, pero revelador. En los últimos meses, el fuego del hogar de las Mitxelena había sido el que le había calentado el corazón, y hoy necesitaba más que una copa.
Necesitaba ese fuego, esa sensación de refugio. Pensó en llamarlas antes de acostarse.
—Gracias, Robert. De verdad.
—No es nada.
Él sonrió y se retiró. Nash lo observó mientras subía la escalera con esos pasos ligeros que resultaron inaudibles sobre el mármol.
Sarasola tomó uno de los vasos y lo estudió un momento a contraluz. Si había notado el intercambio de miradas entre Nash y Robert no lo evidenció. El líquido dorado reflejaba la luz de la lámpara.
—¿Le apetece que pasemos al salón?
—Me parece bien.
Cruzaron al espacio contiguo. El salón era amplio, de techos altos, con un gran ventanal que daba al jardín posterior.
Las cortinas abiertas dejaban ver los islotes de luz verdosa entre la oscuridad del exterior.
En la chimenea de piedra ardía un fuego suave.
Las llamas lamían los troncos con movimientos lentos, hipnóticos.
El calor que desprendían era mínimo, casi testimonial, pero la sensación de hogar era inmediata.
Robert había entreabierto también la ventana.
Una brisa fresca entraba desde el jardín trayendo consigo el aroma a tierra húmeda y hierba nocturna, que se mezclaba con el calor del fuego en un contraste agradable.
Nash se detuvo ante la chimenea un instante dejando que el calor le rozara el rostro. Después se volvió hacia Sarasola.
—Me gustaría enseñarle la biblioteca y el despacho de Benedict Newman. Si le interesa verlos.
Sarasola la miró con atención renovada.
—Me interesaría mucho.
Nash dejó su vaso sobre la mesita del salón. Sarasola la imitó. Cruzaron el vestíbulo en silencio. Al fondo del pasillo, Nash empujó la puerta francesa de doble hoja acristalada.
La biblioteca se abrió ante ellos, revelando la elipse perfecta que se elevaba en una bóveda coronada por un lucernario. A esa hora, el cristal del tragaluz no mostraba más que oscuridad, pero aun así el espacio conservaba una amplitud que resultaba casi sagrada.
Sarasola se detuvo en el umbral. Sus ojos recorrieron las estanterías con la expresión de quien reconoce un espacio diseñado con precisión y devoción.
—Extraordinario —murmuró.
Nash encendió la lámpara de pie. Una luz cálida bañó el espacio.
—No hay ni un solo libro de Newman —explicó—. Todos sus premios y sus ediciones están en el despacho.
Se acercó a la estantería, tocó un punto y la puerta escamoteada se abrió con un suave clic. Empujó.
El despacho apareció al otro lado.
El sacerdote estudió el espacio con cierto dramatismo implícito, dominado por tonos oscuros.
Las paredes casi negras hacían saltar la madera de nogal.
La sobriedad de club de caballeros contrastaba con una cálida luz que provenía de la parte trasera de las propias estanterías.
El herraje de la puerta acristalada interior era un pestillo de latón oscuro forjado en formas orgánicas, una curva sinuosa que imitaba un tallo o un látigo, un capricho modernista.
Grandes librerías exentas de cristal y nogal.
En ellas se guardaban decenas de ediciones de todos los libros escritos por el gran hombre.
Nash le mostró los pocos premios que consentía en exhibir: el Princesa de Asturias, el Gold Dagger, enmarcados y guardados en las estanterías, discretos, como si a Newman no le gustara tenerlos a la vista.
Sarasola se movía despacio, con el mismo respeto con que se entra en una catedral. Se acercó a una de las librerías, pasó los dedos por los lomos de las ediciones.
—Un hombre de gusto exquisito —observó—. Refinado. Cada objeto aquí ha sido elegido con precisión.
Nash se acercó al ventanal. Descorrió una de las cortinas y miró hacia el jardín. La noche era cerrada, pero las luces exteriores proyectaban una iluminación suave sobre los parterres. A lo lejos, junto a una de las fuentes ornamentales, distinguió dos figuras.
Karim y Virginia, la joven enfermera.
Estaban de pie, hablando. Karim gesticulaba con las manos, animado. Virginia echó la cabeza hacia atrás y rio. El sonido no llegó hasta la ventana, pero Nash vio el modo en que su cuerpo se sacudía levemente, exponiendo su cuello, la naturalidad del gesto. Karim dijo algo más y ella volvió a reír.
Nash observó durante unos segundos más. Después dejó caer la cortina y se apartó de la ventana.
—Al detective Star no le gusta demasiado este lugar —comentó.
Sarasola la miró con curiosidad.
—¿No le gusta?
—Cuando estuvimos aquí hace un rato, miró el despacho como si lo viera por primera vez. Dijo que no era de su agrado, aunque reconoció que no estaba mal.
—Interesante.
—No es de extrañar. He visto el despacho del detective Star. Es completamente distinto.
—¿El detective Star tiene un despacho propio? ¿Dónde?
—En un edificio en el centro de la ciudad.
Sarasola detuvo la mano sobre uno de los lomos de las ediciones, pensativo.
—Eso es muy importante. En algún momento tendremos que ir a verlo.
Nash asintió.
—¿Cómo quiere iniciar el trabajo mañana?
Sarasola se volvió hacia ella.
—Creo que deberíamos volver al salón para discutir eso con más calma.
Regresaron a través de la biblioteca. El fuego seguía ardiendo con esa misma calma hipnótica.
Los vasos de whisky los esperaban sobre la mesita.
Se sentaron en los sillones frente al fuego.
Nash tomó su vaso, bebió un sorbo. El whisky era excelente, suave en la garganta, con ese toque ahumado que dejaba un rastro cálido.
Sarasola se acomodó en su sillón, cogió el vaso, dio un trago y volvió a dejarlo sobre la mesita.
—El procedimiento será estricto —comenzó—.
Empezaremos a media mañana, después de que el paciente haya descansado suficiente.
Robert me ha dicho que habitualmente Newman no suele madrugar, y parece que el detective Star tampoco.
Revisaré primero el informe médico completo.
Después, aplicaremos los protocolos establecidos para casos de trastorno de identidad disociativo.
Hipnosis regresiva, posiblemente. En algunos momentos, drogas que faciliten la comunicación con las personalidades alternas.
Nash se inclinó levemente hacia delante interesada.
—¿Qué tipo de drogas?
—Benzodiacepinas en dosis controladas. A veces, pentotal sódico. Dependerá de la respuesta del paciente.
Una brasa estalló en la chimenea con un chasquido suave. Nash miró hacia el fuego un instante.
—¿Y mi papel en todo esto?
—Es fundamental que usted esté presente en todas las sesiones. Usted es psiquiatra, especialista en psicología forense. Tiene al juez muy impresionado. Además, ostenta usted la custodia del señor Newman. Estoy seguro de que, como profesional, será de su interés.
Nash asintió, aunque la duda era evidente.
—Ya le dije cuando hablamos por teléfono que nunca he tenido relación personal con Benedict Newman.
Mis padres se separaron poco después de nacer yo, y pactaron que no tendría relación con él.
Unos días antes del confinamiento supe quién era Benedict Newman.
Robert era el intermediario en esas conversaciones, y fue él quien me avisó cuando Benedict sufrió el percance en comisaría.
—Solo ha conocido al detective Star, y se diría que se llevan bien.