46 #4
Se disculparon ante Sarasola y Margot con un gesto y salieron del comedor. Cruzaron el vestíbulo. Irene los seguía a distancia prudente, silenciosa.
Cuando llegaron a la biblioteca, Nash hizo un gesto a la mujer indicándole que esperara allí y empujó la estantería que ocultaba la puerta del despacho de Newman. Karim se levantó súbitamente de la mesa del escritor.
—Señor Newman... —murmuró azorado.
—El detective Star —contestó ella secamente—. ¿Qué haces aquí, Karim?
El rostro de Karim se relajó perceptiblemente, echó un rápido vistazo a la superficie de la mesa y caminó hacia ellos mientras contestaba:
—Ya te dije que a veces tengo cosas que hacer en este despacho.
—Lo recuerdo, y también que yo te contesté que trabajaría aquí, que te trasladases a otro lugar.
Karim pasó a su lado y susurró:
—Claro, Nash, no lo olvidaré, tú eres la jefa.
Nash lo vio salir mientras negaba muy despacio con la cabeza.
Aquel tipo era un imbécil.
Star se había detenido en el umbral. Observaba el interior con los ojos entornados, como si lo viera por primera vez.
—Vaya, vaya. Así que este es el sanctasanctórum del gran hombre.
Entró. Nash lo siguió cerrando la puerta tras ellos. El despacho estaba en penumbra, excepto por la pequeña lamparita sobre la mesa, solo la luz del crepúsculo que entraba por el ventanal iluminaba el espacio.
Star se acercó a la mesa. Pasó los dedos por el borde, estudiando los objetos dispuestos allí.
—Bonito lugar. No es de mi gusto, aunque reconozco que no está mal.
Nash se apoyó contra el borde del escritorio.
—¿De qué querías hablarme?
Star se volvió hacia ella.
—En realidad, de un par de cosas; la primera es que siento mucho haberla liado en el hospital. Pero es que pasó algo. Me desperté de pronto y vi a alguien junto a mi cama. Y ese alguien me dio un mensaje.
Una certeza helada le subió a Nash desde el estómago mientras recordaba las imágenes que le había mostrado la doctora Duval. La voz: «¿Me recuerdas?».
—Al principio pensé que era un sueño —continuó Star—.
Pero después encontré una nota en mi libreta.
Creo que el visitante la dejó para mí. Así que comprendí que tenía que irme de allí.
Seguramente, habré metido también en un lío a la doctora Duval por acceder a dejarme en esa habitación.
Es un primer piso; fue fácil salir por la ventana.
Fui a mi despacho, estuve allí un rato poniendo en orden mis notas.
Y entonces... —Hizo una pausa—. Se me ocurrió algo, pero ahora no consigo recordar qué.
Tenía que ir a algún lugar, pero no logro saber a dónde ni por qué.
Y después no sé lo que pasó —dijo mirándose las manos vendadas—.
Tengo borradas las últimas horas, solo recuerdo el dolor de cabeza.
Nash miró al hombre que tenía ante sí, tentada de preguntarle, de indagar en su mente; ella también había visto a través de las cámaras la figura inclinada sobre la cama. Pero debía ser prudente; no quería inducir recuerdos que él no tenía.
—Te encontraron en el interior de un túnel. Dentro del coche, aparcado a un lado.
Star frunció el ceño. Se esforzó por recordar.
—No tengo idea de cómo llegué hasta allí. Solamente sé que tenía que ir a algún lugar, y que era importante. Era una buena pista, estoy seguro.
Nash esperó sin hacer más preguntas. Dejó que el silencio se extendiera entre ellos.
Star se acercó más.
—La segunda cuestión sobre la que quiero hablarte tiene que ver con ese amigo tuyo, el páter. ¿Estás segura de lo que haces introduciendo un nuevo jugador en la partida?
—El padre Sarasola es una autoridad en psiquiatría; como te ha dicho, cree que puede ayudar a Newman, y de alguna manera a ti; yo también lo creo.
El detective dejó salir un hondo suspiro.
—Tú mandas, intentaré colaborar, pero tú también tendrás que hacer parte del trabajo. Después de la que he liado, lo voy a tener complicado para salir de aquí. Pero tú puedes ayudarme. Te va tanto como a mí y a tu padre, y creo que no debemos desaprovechar el hecho de que al Lobo le gustas.
Nash alzó las cejas, sorprendida. El detective Star debió de pensar que Nash no opinaba igual porque añadió:
—Sí, hay mucho de actuación en el modo en que intenta manipularte, lo vi perfectamente la otra noche durante el registro, pero también le gustas.
¡A ver, no es tan raro! Eres preciosa; cualquier tipo volvería la cabeza al verte pasar.
No hay más que ver cómo te miran el mayordomo y el secretario; se les cae la baba.
Sin embargo, el Lobo no es cualquier tipo; es de esa clase de fulano que se siente impresionado por la inteligencia.
—Bueno, gracias por lo que me toca —contestó Nash divertida.
—Hay algo que necesito que averigües.
—¿El qué?
—El asesino ha cambiado su modus operandi .
A las dos primeras víctimas las envolvió en lona y las tiró al mar.
Pero a la tercera la dejó en la calle, aunque antes de eso abandonó su bolso, tal y como Newman describe en su novela.
Siento que todo tiene que ver con una especie de puesta en escena particular, no ha cambiado, solo nos está contando una historia, y para completar la secuencia entera, lo que necesito saber es qué había en el bolso de esa chica.
Nash lo procesó.
—¿Por qué es importante?
Star la miró fijamente.
—Porque los detalles lo son todo, encanto. Siempre lo son.
Nash asintió despacio. Star se acercó un paso más. Bajó la voz.
—Y Nash... Ten cuidado.
Ella se sorprendió por el cambio de tono.
—¿Cuidado con qué?
—Con todo. Con todos. —La miró fijamente—. No te fíes de nadie. De nadie en absoluto. ¿Me entiendes?
Nash sintió que una alerta se instalaba en su pecho. Había algo en el modo en que Star la miraba. Algo urgente, casi desesperado.
—¿Ni siquiera de ti?
Star esbozó una sonrisa cansada.
—Especialmente de mí, encanto. Ni yo mismo sé lo que hago la mitad del tiempo.
Llamaron a la puerta. Irene asomó la cabeza.
—Señor Star, es hora de subir.
Star asintió. Miró a Nash una última vez antes de salir.
—Averigua lo del bolso. Y no bajes la guardia.
Nash se quedó sola en el despacho de Newman, con aquellas palabras grabadas en su mente.
«No te fíes de nadie.»
La luz del crepúsculo se había vuelto violeta. Las sombras se alargaban por las paredes, trepando por las librerías como dedos oscuros. Nash permaneció allí un momento más, con el peso de aquella advertencia, antes de regresar al comedor.
La noche apenas comenzaba.