Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 46 #3
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—El TID es un trastorno de difícil diagnóstico, y además es una rareza, y al decir rareza me refiero a la escasez de casos.

—Bueno —dijo Margot—, simplemente me ha sorprendido la cantidad de perfiles de personas que dicen sufrirlo, aunque no sé si sufrirlo es la palabra adecuada para esos casos.

—Ahí está el quid de la cuestión. Esos chicos lo presentan casi como un superpoder: les parece divertido poder cambiar de personalidad, tener justificación para sus actos, poder ser todo lo que quieran.

Pero la realidad es que es un trastorno terriblemente limitante, y una de las mayores dificultades para su diagnóstico es que las personas que lo sufren a menudo lo ocultan.

Una de las señales de que estamos ante un caso auténtico es la vergüenza que produce, el modo en que el paciente intenta justificarse.

Lo que olvidan los que lo simulan es que los alters no se sostienen mucho tiempo y los cambios no son voluntarios: ocurren casi siempre cuando menos conviene.

El escalofrío que sacudió a la editora fue visible.

—Como cuando Newman iba conduciendo por el interior de ese túnel. No me lo quito de la cabeza. Podía haberse matado, o haber provocado un terrible accidente.

—Tener un accidente es solo una de las cosas terribles que pueden llegar a ocurrirles.

Imagine lo que supondría para usted despertarse en la cama de un hombre al que no recuerda.

Descubrir que un amigo ha dejado de hablarle por algo terrible que le dijo y de lo que no tiene constancia.

Recibir multas o citaciones de la justicia por hechos que no ha vivido, descubrir que le falta dinero y no saber dónde está ni qué ha hecho con él, dar positivo en un test de drogas cuando usted no las ha probado nunca, o descubrir en su cuerpo señales de que ha mantenido relaciones sexuales, pero no lo recuerda.

Margot apuró hasta el fondo su copa e inmediatamente volvió a llenarla.

—¡Por el amor de Dios! Espero que Benedict no tenga esa enfermedad.

Sarasola la miró con expresión serena.

— Trastorno —puntualizó— es el término oficial en los manuales diagnósticos internacionales. Es pronto para hacer pronósticos, pero puedo decirle que...

Se detuvo.

Un sonido en el vestíbulo. Pasos irregulares pero decididos. Los tres se volvieron hacia la puerta.

Esta se abrió despacio.

Y entró el detective Star.

Durante un instante, nadie dijo nada. Margot dejó la copa a medio camino de sus labios. Sarasola alzó un poco las cejas. Nash se puso tensa, preparándose para lo que pudiera ocurrir.

Star avanzó hacia la mesa. Vestía clásico como siempre: traje gris de raya diplomática, camisa blanca, corbata oscura anudada con cierta dejadez, como si se la hubiera aflojado y vuelto a apretar varias veces.

Tirantes bajo la chaqueta. Todo en él evocaba a esos detectives de las películas de cine negro.

Pero había algo distinto esta vez. Se movía como si cada paso requiriera un esfuerzo de voluntad, aunque su postura seguía siendo la de un hombre joven, los hombros rectos, la mandíbula apretada.

Se detuvo junto a la mesa. Miró a Nash, a Margot y, por último, a Sarasola. Tras él, apenas visible en el umbral, apareció la enfermera mayor: Irene. Sarasola le hizo un gesto asintiendo e indicándole que esperara.

Margot se puso en pie de inmediato.

—¿Colt? —preguntó temerosa.

—Hola, Sylvie.

—Siéntate con nosotros —pidió ella.

Star esbozó una sonrisa ladeada.

—Páter, no lo conozco, soy Colt Star. —Tendió una mano firme a Sarasola y saludó a Nash con una leve inclinación de cabeza.

Se dirigió al aparador donde reposaba una bandeja con varias licoreras. De una de ellas se sirvió dos dedos de whisky que bebió de un trago ante la mirada atónita de los presentes.

Sarasola tomó el mando.

—Estaba deseando conocerle, señor Star. La doctora Elizondo me ha hablado de usted, me ha dicho que es detective, que trabaja para ella.

Colt Star dedicó una mirada rápida e inquisitiva a Nash. Ella se apresuró a contestar:

—Colt, el doctor Sarasola me está ayudando con el caso de mi padre. Es de mi confianza, puedes hablar con él.

El detective compuso una sonrisa torcida.

—Ya veremos —dijo.

Rodeó la mesa antes de dejarse caer con un suspiro en la silla que Margot le indicaba.

—Gracias, encanto. —Besó brevemente la mejilla a Margot y se frotó la nuca con una mueca—.

Siento llegar tarde, acabo de despertarme.

Supongo que he tenido otra de esas terribles migrañas.

Irene me ha dicho que os disponíais a cenar.

¿Estáis seguros de que el pipiolo no me puso la mano encima mientras estaba inconsciente?

Siento como si me hubieran dado una paliza.

Sarasola lo observó con atención clínica.

—¿Quién es «el pipiolo», señor Star?

—El policía ese que va con el Lobo a todas partes. Es el novato que me atizó en comisaría. —Se tocó la cabeza con cuidado—. Juraría que volvió a por más.

—Nadie lo ha tocado, señor Star. Le prometo que ha estado vigilado en todo momento. La doctora Duval me ha dicho que recientemente ha sufrido importantes dolores de cabeza.

Star lo interrumpió.

—Sufro fuertes dolores de cabeza porque un policía nervioso me atizó con una porra y tuvieron que darme doce puntos de sutura. —Miró a Sarasola con expresión curiosa—. Creo que he oído hablar de usted, aunque ahora mismo no recuerdo a quién. ¿Quizá fuiste tú, Sylvie...?

—¿No lo recuerdas? ¿No recuerdas nada del día de hoy?

Sarasola levantó una mano para contener la angustia creciente de Margot.

—Como ya habrá supuesto por mi atuendo, soy sacerdote, pero también soy médico psiquiatra; ayudaré al señor Newman con su amnesia.

Star se recostó en su silla. Se frotó los ojos.

—Sinceramente, espero que pueda ayudarle; un hombre como Newman no se merece lo que le están haciendo. Y respecto a la amnesia, igual también tiene que echarme un cable a mí, parece que, de un tiempo a esta parte, es un mal muy extendido.

Sarasola aprovechó la oportunidad.

—Bueno, tener leves olvidos no es nada grave, ocurre cuando uno está muy saturado, con muchas cosas en la cabeza. Pero, si me cuenta lo que recuerda, quizá pueda ayudarle. Nash me ha dicho que tiene la sospecha de que lo que le ocurre a Newman está directamente conectado con usted.

El detective Star hizo un gesto de contrariedad ante la curiosidad de Sarasola. Contestó evasivo:

—Déjelo. Supongo que he tenido otra de esas migrañas. Y me siento un poco raro, la verdad. Estoy muy cansado y tengo hambre. Pensaba comer algo y acostarme temprano. Estoy agotado.

—Es normal. Ha sido un día muy duro para usted.

Star lo miró con expresión extrañada.

—¿Ah, sí?

Después se dirigió a Nash.

—Debo hablar con usted, señorita Elizondo.

En ese instante, Robert apareció empujando un carrito. Miró a Nash con una sonrisa cómplice antes de acercarse a Star con un plato. Lo colocó ante él con cuidado.

—Pequeños rollitos de lenguado con verduritas glaseadas y patatas francesas.

Star observó el plato con cierto disgusto mientras Robert servía a los demás.

—Ya veo que hasta en casa la comida es como de hospital —murmuró.

Sarasola arqueó una ceja.

—¿No le gusta el lenguado, señor Star?

—No es que no me guste, páter. Es que... —Hizo un gesto vago—. Me recuerda a todas esas comidas insípidas que te dan cuando estás enfermo. Prefiero algo con más carácter.

—¿Qué le gusta comer, entonces?

Star pareció animarse.

—Algo con sustancia. Un bistec, una buena hamburguesa. Patatas fritas. Un bocadillo de pastrami. Pastel de manzana: el tipo de comida que te deja satisfecho.

—¿Cocina usted?

Star soltó una carcajada breve.

—No, por el bien del mundo, quemar la cocina sería lo mínimo.

Nash intervino mirando a Robert.

—Robert, ¿podrías prepararle algo que le guste más al señor Star?

Robert asintió.

—¿Le parecería bien una hamburguesa, señor Star?

Los ojos del detective se iluminaron.

—Encantado.

Robert desapareció hacia la cocina. Nash observó cómo Star apartaba el plato de lenguado a un lado. Sacó una pitillera del bolsillo interior de su chaqueta, extrajo un cigarrillo y lo encendió sin pedir permiso.

Sarasola lo observó. Margot, como si hubiera adivinado la pregunta que flotaba en el aire, comentó:

—Benedict Newman no fuma, pero no creo que le moleste que el detective Star lo haga.

Star dio una calada profunda y expulsó el humo hacia el techo.

Robert regresó enseguida con el plato recién hecho, lo colocó ante Star, que lo miró con evidente satisfacción.

Tomó la hamburguesa con ambas manos y le dio un mordisco generoso.

Comió con apetito durante varios minutos.

Nash lo miraba. Había algo reconfortante en ver cómo disfrutaba de aquella comida simple.

Pero después de unos minutos, Star comenzó a perder energía. Sus movimientos se volvieron más lentos. Dejó la hamburguesa a medio terminar y se recostó en la silla.

—Dios, me siento como si tuviera una terrible resaca. De esas que solo se quitan bebiendo un poco más de whisky.

Se puso en pie y caminó hasta el aparador, tomó una de las licoreras, retiró el grueso tapón de cristal y aspiró profundo el aroma del whisky.

Sarasola negó suavemente.

—Como médico, ya que me ha pedido consejo, le recomiendo que no tome más whisky por hoy, señor Star.

Ha sido un día muy duro, y el dolor que siente en la cabeza puede ser el inicio de una migraña.

Lo último que le conviene es azuzarla con alcohol.

Hágame caso, debería retirarse a descansar. Irene lo acompañará.

Sarasola levantó un dedo. La enfermera apareció en el umbral, como si hubiera estado esperando aquella señal.

Star la vio. Frunció el ceño.

Dejó la licorera sobre la bandeja.

—Nada de alcohol si se empeña, pero, antes de retirarme, tengo que hablar con mi clienta. Es vital.

Sarasola insistió con voz suave:

—Sería mejor que descansara primero.

—No. —Star sacudió la cabeza—. Tengo que hablar con Nash. Ahora.

Margot se ofreció de inmediato, poniéndose en pie.

—Puedo acompañarte arriba si quieres.

Pero Nash ya se había levantado.

—Tardaremos solo un minuto.