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La frase cayó entre ellos con un peso inesperado.
Nash lo miró. La piel clara y limpia, perfectamente afeitado, los ojos de un azul profundo; tenía una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda, en la que reparó en ese instante y que le daba a su rostro un toque canalla de travesura infantil.
Había algo en el modo en que la miraba, una cercanía que iba más allá de la cortesía profesional.
Como si advirtiese de pronto que había sido demasiado cercano, añadió:
—Quiero decir que, en poco tiempo, nos hemos acostumbrado a ti y a tu presencia en la casa, y desde que Newman está así...
—Yo también —respondió ella con sinceridad.
Robert asintió antes de retirarse. Nash lo vio subir la escalera con pasos ligeros y desaparecer en el piso superior.
Se quedó allí un momento, procesando aquella sensación. Robert. La calidez, la cercanía. Y se dirigió a su habitación.
Se duchó rápido; quería hablar con Sarasola antes de la cena.
El agua caliente aflojó la tensión acumulada en sus hombros, en su nuca.
Salió, se secó. Del armario extrajo un vestido azul midi, suelto, de algodón suave.
Se lo puso sin molestarse en secarse el cabello completamente, aunque lo recogió en un moño bajo.
Tomó unas sandalias de tacón medio, pero no se las puso.
Las llevó en la mano mientras descendía la escalera.
A mitad de camino, se detuvo un instante. El hambre, el cansancio, el calor. Todo se acumulaba de nuevo recordándole que el día aún no había terminado. Respiró intensamente y continuó.
Al pie de los escalones se sentó en el último peldaño y se calzó despacio, ajustando las tiras. Después se puso en pie y se dirigió al comedor.
Robert estaba poniendo la mesa para cuatro. Mantel de lino blanco, cubertería de plata, copas de cristal. Nash frunció el ceño.
—¿Solo cuatro?
Robert, que estaba ajustando una de las sillas, se enderezó.
—Me temo que los acompañantes del doctor Sarasola tienen muy asumidos los rangos de clase. El padre Tadeo me comunicó hace un rato que únicamente el doctor Sarasola cenará con vosotras; los demás lo harán en el office .
Tomó uno de los cubiertos y lo retiró.
—Pero al final no seréis cuatro. Karim ha dicho que cenará en la cocina «con el resto del servicio». Lo ha dicho literalmente así.
Margot, que acababa de entrar en el comedor, se acercó a Nash. Llevaba un vestido rosa fucsia que le llegaba a la rodilla y zapatos de punta redondeada con tacón discreto. Se inclinó hacia ella y le susurró al oído:
—Creo que el interés de Karim tiene más que ver con cierta enfermera pelirroja que con convicciones igualitarias.
Nash no contestó; aún estaba molesta por la actitud de Margot a su llegada.
La editora tomó asiento y sirvió vino en las dos copas y le tendió una a Nash.
—Quería disculparme...
—Me parece muy acertado, pero no es conmigo con quien debes hacerlo.
Nash tomó la copa y fue hacia el gran ventanal que daba al jardín. La luz del atardecer entraba oblicua, tiñendo de dorado las paredes color crema. Una lámpara moderna de diseño danés, apagada todavía, colgaba sobre la mesa.
Sarasola apareció en la puerta. Se había cambiado para la cena. Llevaba otro traje completo: camisa blanca impecable, alzacuellos, americana de lana fría color gris marengo de corte exquisito. Esperó cortés a que Nash ocupara su sitio para situarse frente a ella.
—Buenas noches.
Margot sirvió otra copa de vino y se la ofreció al sacerdote con expresión contrita.
—Siento haber sido un poco brusca cuando llegaron. Ha sido un día... complicado. Como ha dicho Nash, a todos nos preocupa el bienestar de Benedict, y todo lo que ha ocurrido en los últimos días es tan...
Sarasola quitó importancia al asunto con un gesto suave de la mano, pero Nash notó cierta condescendencia, como cuando se reciben las disculpas de un niño pequeño.
—No se preocupe. Es comprensible.
Margot asintió aliviada, miró a Nash buscando su bendición. Bebió un sorbo de vino.
—Edición literaria. Su trabajo me parece fascinante —dijo Sarasola—. Solo escribo artículos científicos, pero la labor de alguien que debe contener el talento de un hombre como Newman me parece admirable.
Margot compuso una sonrisa triste.
—Mi esperanza es seguir editando al magnífico escritor que conozco. Me gustaría que durante la cena me explicara cómo va a tratar a Benedict. He buscado algunos artículos sobre TID, ¿es eso lo que cree que le ocurre? ¿Personalidad múltiple? ¿Se dice así?
—El diagnóstico de TID es largo, laborioso; puede llevar más de seis meses en un tratamiento ambulatorio. Dicho esto, algunos profesionales creemos que se puede atajar en este arduo camino con una observación íntima del sujeto. Esa es la razón por la que estamos aquí.
—Para observarle de cerca.
—Me temo que no solo a él, también a todos los que integran su entorno. A partir de mañana a primera hora comenzaremos con una ronda de entrevistas con todas las personas que han tenido relación con el señor Newman para ser capaces de extraer comportamientos que nos ayuden a diagnosticarle.
—Como cuando hace un año en mi casa, justo antes de sufrir el ataque, Benedict se comportó como el detective Star y yo creía que estaba bromeando.
—La doctora Elizondo me lo ha contado —dijo Sarasola—; en efecto, ese es un momento muy llamativo, pero atenderemos también otras cuestiones: si se han observado estados depresivos, actitudes suicidas, autolesivas, comportamientos impropios, un gran ramillete de cuestiones que han podido pasar desapercibidas y que nosotros podemos detectar.
—¿Usted cree que es eso lo que tiene, TID?
—Hay algo que debe entender del TID; es solamente un diagnóstico dentro de los trastornos disociativos, pero hay otras enfermedades que lo presentan, en ocasiones el estrés postraumático, y también los trastornos límite de personalidad.
—Disculpe que insista, pero quiero saber qué piensa usted.
—Veo que no se rinde fácilmente. —Sarasola sonrió y cruzó las manos como si fuese a rezar—.
Desde el momento en que la doctora Elizondo se puso en contacto conmigo y me autorizó, empezamos el estudio; visionamos las imágenes de Newman la noche que fue trasladado a comisaría y en la que terminó en el hospital.
Mi equipo analizó los vídeos, los informes neurológicos y la narrativa de su entrevista pública solo unas horas antes.
Nash asintió y Sarasola siguió hablando.
—Si estamos aquí es porque observamos un comportamiento disociativo.
Creemos que en el momento en que se expuso a la violencia de la fotografía del crimen se produjo una disociación; en la mayoría de las ocasiones, este hecho tiene la función de proteger al individuo que lo sufre.
Y aquí es donde apareció el detective Star, alguien con muchas más tablas para soportar la presión policial, un interrogatorio y la visión de la violencia...
—¿Ver una foto pudo causarle eso?
—No, no lo causó ver la foto, fue lo que la foto le hizo mover internamente.
Las identidades disociadas son subterfugios mentales que el paciente desarrolla para salvaguardarse de algo terrible.
El trauma produce una fragmentación de la personalidad, como si se dividieran en partes los distintos aspectos que causan el sufrimiento.
Por decirlo de un modo sencillo, así le resulta más manejable.
Entonces Margot hizo una pregunta que desconcertó profundamente a Nash, una pregunta a la que le daría muchas vueltas en los días siguientes, una pregunta que ella misma también se había hecho.
—¿Se puede fingir?
Nash la miró sorprendida, pero Sarasola no se inmutó.
La editora se explicó.
—Sí, ya sé que no debe hacerse, pero he estado buscando en Google.
En TikTok y en YouTube hay un montón de vídeos de chicos y chicas que dicen tener TID, e incluso experimentan switches , ¿se dice así?
—dijo mirando a Sarasola—, y lo hacen en directo.
Pero también he visto un montón de vídeos de expertos que afirman que la mayoría finge.
Sarasola asintió:
—Sí, se puede fingir. Del mismo modo que se puede fingir un episodio de ansiedad, un desmayo o un ataque de tos.
Puede que engañen a un profano, pero no a un profesional, que no se quedaría en la superficie, profundizaría en el resto de los síntomas.
Un buen actor podría fingir que sufre un infarto; lo que no puede fingir son los síntomas que detectaría un cardiólogo.
Los profesionales lo llamamos malingering , la intencionalidad en fingir síntomas de una enfermedad mental, y las motivaciones que alguien tendría para hacerlo: obtener ayudas, posicionamiento social, afecto, eludir la justicia o llamar la atención.
—Aunque suene fuerte, puedo entenderlo para eludir la justicia, pero para obtener likes en las redes sociales... —dijo Nash.
—Los likes son dinero, doctora, pero plantéeselo como un síndrome de Munchausen.
Estamos ante una sociedad tan infantilizada, tan irresponsable de las decisiones que rigen sus propias vidas, que obtener piedad, interés, afecto o simplemente la fascinación de otros ha llevado al fingimiento de enfermedades que en otros momentos habrían causado vergüenza, se habrían ocultado.
—Pero somos médicos, sabemos que avergonzarse de estar enfermo, sobre todo cuando hablamos de trastornos mentales, es un terrible error, que durante siglos llevó a los pacientes a vivir ocultos, a veces por sus propios familiares, a ser perseguidos y rechazados, y en muchos casos al suicidio.
La desestigmatización de las enfermedades mentales en redes sociales es un avance.
—Estoy completamente de acuerdo, pero hemos llegado a un punto en el que para algunas personas estar diagnosticado no sirve para tratar su enfermedad, sino para justificar su comportamiento —dijo visiblemente indignado—.
Es como si un oculista le diagnosticase miopía y usted se empeñase en ir sin gafas tropezando con todo el mundo y gritando su derecho a hacerlo por ser miope.
Y volviéndose hacia Margot añadió: