Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 46
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La comitiva se detuvo ante la escalinata de la entrada principal.

En lo alto de los peldaños de piedra del país aguardaban Robert, Elisa, Margot y Karim, formando una línea que evocaba aquellas recepciones de la servidumbre en las películas de época, cuando el señor regresaba a casa tras un largo viaje.

Nash descendió del vehículo y alzó la vista hacia ellos.

Los nervios, el cansancio, el calor, todo se acumulaba como capas de una manta opresiva y demasiado pesada.

Sintió un leve mareo cuando sus pies tocaron la gravilla. No le prestó atención.

A lo lejos, entre los parterres del jardín lateral, distinguió a dos jardineros inclinados sobre la tierra arrancando hierbas adventicias. Incluso al aire libre, ambos llevaban mascarillas.

Hacía calor. Primera hora de la tarde, y el sol caía a plomo sobre la gravilla del camino. Nash sintió el peso del día entero sin comer, una sensación de ligereza que no era agradable, sino punzante, instalada en algún lugar entre el estómago y las costillas.

Las puertas traseras de la ambulancia se abrieron. Los paramédicos se apearon primero; después bajaron la camilla con movimientos coordinados y eficientes.

Newman yacía inmóvil. Los ojos abiertos, la mirada fija en algún punto del cielo que solo él podía ver.

Nash reconoció aquel estado de inmediato.

Pacientes catatónicos. Su mirada le recordó la de Helena Murrieta, la madre de Andrea Dancur: aquel mismo gesto mirando hacia los bosques de Baztán desde las ventanas del hospital psiquiátrico Benito Menni.

Margot dio un paso al frente y descendió dos escalones. Se llevó una mano a la boca mientras Elisa exclamaba:

—¡Dios mío!

Robert bajó en dos zancadas la escalera y, colocándose junto a la camilla, tomó a Benedict Newman de la mano, reparando en los vendajes. Karim se apartó de la columna contra la que había estado apoyado. Llegó hasta el borde de la escalinata, observando la escena. Cuando habló, su voz sonó tensa.

—Esto es una locura, Nash. Traerlo aquí, en este estado... —Se volvió hacia ella—. ¿De verdad crees que esto va a funcionar? ¿Qué pasa si empeora? Esta casa no está preparada para...

—Tendrá todo lo que necesita —interrumpió Sarasola, acercándose con paso tranquilo. Su voz era serena—. Y la supervisión adecuada, ya me he ocupado de todo.

Karim se giró hacia él. Abrió la boca como si fuera a responder, pero entonces vaciló. Miró de nuevo a Newman, después a Sarasola.

—Con todo respeto, usted es un sacerdote católico. Benedict Newman no es un hombre religioso. No creo que, de ser consciente de la situación, esto le gustara mucho.

Margot asintió mirando al sacerdote, pero cuando habló se dirigió a Nash.

—Me alegro de que hayas conseguido traerlo de vuelta a casa, Nash. Yo también quiero que esté mejor, de verdad. Pero Karim tiene razón. No he visto a Newman pisar una iglesia en su vida. Todo lo que huela a incienso lo echa para atrás. No se ofenda —dijo, ahora sí dirigiéndose a Sarasola.

—No me ofende. Debo advertirle que, en mi caso, la psiquiatría es inherente al sacerdocio y no al revés. No estoy aquí en calidad de sacerdote, aunque por mi experiencia sé que a menudo, para sanar el cuerpo y la mente, hay que prodigar cuidados al alma.

Nash miró a Margot y a Karim con evidente disgusto por su actitud, quizá porque ella misma no estaba muy segura, e hizo un gesto hacia Sarasola.

—Doctor Sarasola, disculpe la hostilidad del recibimiento. Robert es el asistente personal de Benedict, y Elisa es su ama de llaves; Karim es el secretario de Benedict Newman, y Margot es su editora desde hace años. Me consta que a todos les preocupa mucho el bienestar de Newman.

Después, volviéndose directamente hacia Margot y Karim, dijo lo suficientemente alto para que todos pudieran oírlo:

—Como ya os adelanté desde el juzgado, el doctor Sarasola es una eminencia dentro del mundo de la psiquiatría, es el director de Psiquiatría de la Clínica Universidad de Navarra, y es él quien ha logrado que Benedict esté de vuelta en casa.

Karim bajó la mirada, pero Margot la sostuvo un instante antes de asentir. No parecía convencida, pero tampoco dispuesta a seguir discutiendo.

El sonido de un motor interrumpió la conversación. Un segundo vehículo se acercaba por el camino de gravilla. Un sedán oscuro que se detuvo junto a la ambulancia. Las puertas se abrieron y dos enfermeras uniformadas descendieron.

La primera era corpulenta, de unos cincuenta años, el cabello gris recogido en una trenza gruesa y zapatos de goma silenciosos. Su expresión delataba una competencia absoluta.

La segunda era más joven, pelirroja, con el cabello recogido en una cola alta y una sonrisa tímida pero sincera.

Nash las vio acercarse a saludar a Sarasola y a Tadeo.

Desde la escalinata, percibió cómo algo en la postura de Karim cambiaba: se enderezó, y su rostro, hasta entonces tenso y contrariado, se suavizó.

Se llevó las manos a la mascarilla, se la quitó despacio, y cuando la enfermera pelirroja alzó la vista hacia él, le dedicó una sonrisa.

Franca, afable, con ese destello de seguridad que Nash ya había visto antes.

Sarasola se volvió hacia el padre Tadeo, que permanecía junto al coche con una tablet sujeta contra el pecho.

—Padre Tadeo, por favor, organice los turnos con Irene y Virginia y acompañe a los paramédicos y al señor Newman a su habitación.

Tadeo asintió. Ajustó algo en la pantalla de su tablet con dedos rápidos y se dirigió a las dos mujeres. Les habló en voz baja mientras señalaba la escalinata. La enfermera mayor asintió con expresión seria. La más joven, Virginia, sonrió ladeándose ligeramente hacia donde estaba Karim.

Fue entonces cuando Robert dio un paso al frente mientras tiraba levemente de los puños de su camisa para dejar a la vista los gemelos dorados como coronas de laurel.

—Doctor Sarasola, ¿puedo hablar con usted un momento?

Sarasola se volvió hacia él. Lo estudió brevemente antes de asentir.

—Por supuesto.

Robert bajó dos escalones. Se detuvo ante el sacerdote, se quitó la mascarilla. Estaba muy serio, pero curiosamente le pareció más joven. Habló con voz firme, pero respetuosa.

—El señor Newman siempre ha tenido mayordomo.

Antes que yo, hubo otro que lo cuidó durante años.

Yo llevo algo más de un año y medio ocupándome de sus cosas.

Es un hombre muy especial con su ropa, con su cabello, con todo.

Es un caballero muy decoroso, muy reservado, con un gran pundonor.

De ser consciente de su situación, no le gustaría estar en manos de extraños.

Entiendo que las enfermeras deben encargarse de la parte médica, pero le pido, por favor, que me autorice a seguir ocupándome de mi señor.

Sarasola lo escuchó sin interrumpir mientras estudiaba su pose. Cuando Robert terminó, asintió despacio.

—Lo que dice le honra. Me parece razonable. Las enfermeras se encargarán de lo médico. Usted puede continuar con sus rutinas habituales.

Robert exhaló. Una tensión que Nash no percibió hasta entonces abandonó sus hombros.

—Gracias, doctor. Intentaré ser de ayuda. Si necesita algo, no dude en pedírmelo.

Sarasola dio un paso atrás de un modo mayestático, observando al grupo reunido en la escalinata. Cuando habló, su voz se elevó clara y contundente.

—Puesto que ahora todos pertenecemos a la misma unidad convivencial, y doy por supuesto que están siendo de sobra cuidadosos, pueden quitarse las mascarillas.

Nash se llevó una mano al rostro. El aire fresco en su piel fue un alivio inmediato.

A su alrededor, los demás hicieron lo mismo.

Margot suspiró aliviada. Elisa, que había permanecido en silencio en lo alto de la escalinata, esbozó una sonrisa que iluminó sus ojos oscuros y brillantes mientras musitaba un «gracias» silencioso dirigido a Nash.

Los paramédicos comenzaron a subir con la camilla.

Robert se echó a un lado, indicándoles el camino.

El padre Tadeo los seguía de cerca con las dos enfermeras tras él.

Nash observó cómo la enfermera pelirroja miraba brevemente hacia atrás.

Karim seguía allí, al pie de la escalinata, observándola con aquella sonrisa que no había abandonado su rostro.

Sarasola subió los escalones con paso pausado.

Era la primera vez que entraba en aquella casa, y Nash percibió el modo en que sus ojos recorrían el espacio con esa atención particular suya, clasificando.

El vestíbulo era lo que era Newman en arquitectura: líneas limpias, espacios amplios, piezas elegidas con la misma precisión con que elegía cada palabra.

Una casa diseñada para impresionar sin parecer que lo intentaba.

Nash pensó que también en eso se asemejaban el hombre y su casa: en el esfuerzo invisible que había detrás de todo lo que parecía natural.

Robert se acercó a Nash. Se detuvo a su lado mientras los demás ascendían la escalera.

—¿Puedo hablar contigo un momento?

Nash asintió. Se apartaron hacia un rincón del vestíbulo, junto a la escultura de bronce.

Robert habló en voz baja.

—He dispuesto todo para los nuevos ocupantes.

Las dos enfermeras compartirán la suite azul, tiene dos camas y un baño contiguo.

He puesto al doctor Sarasola en una habitación cercana a la tuya y a la del señor Newman.

Tú, por supuesto, sigues teniendo tu dormitorio preparado.

El chófer se quedará en el apartamento sobre el garaje, y el padre Tadeo en la habitación de invitados de la planta baja.

—Hizo una pausa—. Imagino que tendréis hambre.

Seguro que no has comido nada en todo el día. He ordenado una cena temprana.

Nash sintió algo parecido al alivio. No se dio cuenta de cuánto necesitaba sentarse, comer, parar.

—Gracias, Robert. De verdad. Gracias por preparar todo esto para el regreso de Newman, y también por... —Vaciló un instante—. Por tu apoyo.

Él sonrió. Fue una sonrisa cálida, genuina.

—Te he echado de menos, Nash.