45 #2
El pasante apareció con una carpeta. Owen Mitchell revisó los documentos con ojo profesional.
Sus manos temblaban mientras pasaba las páginas.
El joven abogado contemplaba la escena con los ojos muy abiertos, presenciando algo que contaría durante años como una anécdota de abogado.
Mitchell le hizo un gesto y el joven extendió el maletín ante Nash para que pudiera apoyar los documentos antes de firmarlos.
El juez Montaner se despidió. A Mitchell y a Nash les dedicó un apretón de manos formal. El doctor Kutz recibió un gesto cortés pero distante. El padre Tadeo, una inclinación de cabeza.
Pero cuando le tocó el turno a Sarasola, hubo una pausa.
El juez ladeó un poco la cabeza. Un gesto que podría haber sido simple cortesía, pero que Nash interpretó como algo más. Reverencia.
—Ha sido un placer, padre.
—El placer ha sido mío, su señoría.
Caminaron por el pasillo hacia las escaleras.
Mitchell iba delante, con el joven abogado llevando el maletín que no habían necesitado abrir.
Nash junto al padre Sarasola, Tadeo detrás.
El doctor Kutz se había quedado rezagado.
Nash lo vio intercambiar unas palabras con el juez antes de que la puerta se cerrara.
Bajaron las escaleras en silencio. El eco resonaba en el hueco. Nash sentía que el corazón le latía con fuerza. No sabía si era alivio, miedo o una mezcla de ambos.
Llegaron al vestíbulo. Las puertas de cristal que daban a la calle estaban justo delante. La luz del mediodía entraba oblicua iluminando las motas de polvo suspendidas en el aire.
Antes de salir, Nash distinguió las figuras al otro lado del cristal.
Un hombre que portaba un micrófono de mano y otro con una cámara.
Mitchell también los vio. Ralentizó el paso.
—Mierda —murmuró.
Sarasola no se detuvo. Empujó la puerta y salió. Nash lo siguió. Mitchell, su ayudante y el padre Tadeo detrás.
El hombre de la cámara se acercó de inmediato. Era el mismo que había hablado con Kutz en el pasillo. Otro hombre más joven sostenía un micrófono con el logo de una televisión local.
—Es usted la hija de Benedict Newman, ¿verdad?
—dijo el periodista con voz educada pero perentoria—.
Buenos días. Soy Pablo Bolaño, de Canal Regional.
Hemos sabido que su padre no se encuentra bien de salud.
El señor Newman es un escritor muy querido.
¿Es cierto que ha reclamado su tutela legal porque está incapacitado?
Nash se quedó paralizada. Se habría quedado allí clavada de no ser porque el abogado la tomó del brazo, obligándola a avanzar.
El periodista dio un paso más, acercando el micrófono.
—¿Es cierto que piensan trasladarlo al ala psiquiátrica de una prestigiosa clínica en Navarra? ¿Cuál es el estado de su padre ahora?
Mitchell se adelantó, interponiéndose entre Nash y la cámara.
—Sin comentarios. Por favor, déjennos pasar.
Pero el periodista se movió con rapidez, colocándose al lado de Nash y caminando junto a ella con el micrófono extendido.
—¿Es cierto que hay distintos criterios sobre la enfermedad de su padre? El señor Newman es un hombre muy querido en nuestro país. ¿Están haciendo lo mejor por él? El público quiere saberlo. Sus lectores están preocupados.
La voz del periodista era respetuosa, casi amable. Pero cada pregunta era un golpe. Nash sentía la cámara apuntándole. La luz roja encendida, el foco cegándola. El micrófono casi rozándole el rostro.
No podía hablar. No sabía qué decir. Cada palabra que dijera sería analizada, retorcida, convertida en titular.
Owen Mitchell la tomó por la cintura intentando guiarla hacia el coche.
—Por favor, déjennos pasar —repitió con voz más firme.
Pero el periodista no se detenía.
—Solo una respuesta, señora Newman. ¿Su padre está recibiendo la atención que necesita? ¿Puede decirnos algo que tranquilice a sus lectores?
Y entonces Sarasola se detuvo.
Se giró. Clavó los ojos en el periodista.
No dijo nada. Simplemente levantó una mano.
El periodista bajó el micrófono.
No fue una decisión consciente. Fue algo instintivo.
Sarasola sostuvo su mirada. Dos segundos. Tres.
Después se giró y continuó andando hacia el coche.
El periodista se quedó atrás. La cámara seguía grabando, pero el hombre ya no se movía. Se había quedado petrificado, con el micrófono colgando a un costado, contemplando cómo se alejaban.
El chófer de Sarasola mantenía la puerta trasera de la berlina abierta.
Nash subió primero. Sarasola después. Mitchell y el padre Tadeo montaron en otro coche que esperaba detrás.
El joven abogado del bufete se quedó en la acera, con el maletín en la mano, observando al periodista con expresión confusa.
La berlina arrancó. Nash miró por el cristal tintado. El periodista seguía allí, inmóvil. La cámara había dejado de grabar. El hombre parecía desconcertado, como si no supiera qué acababa de pasar.
El coche giró hacia el este. Dejaron atrás el juzgado. Las calles se deslizaban al otro lado del cristal. Nash observaba sin ver. Su corazón aún latía con fuerza.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó al fin con voz baja.
Sarasola contemplaba la calle. Cuando habló, su voz era tranquila.
—La autoridad es algo que se siente, doctora. No hace falta gritarla.
Nash no respondió. Había pasado años estudiando el poder: cómo se construía, cómo se ejercía, cómo dejaba marca en los cuerpos y en las mentes de quienes lo sufrían.
Conocía sus mecanismos, sus disfraces, sus patologías.
Pero lo que acababa de ver en aquel periodista —la mano levantada, el micrófono bajando solo, la parálisis involuntaria de un hombre que no había recibido ninguna orden— no encajaba en ninguna de sus categorías.
El coche continuó en silencio. Las avenidas anchas del centro dieron paso a calles más estrechas. Después a zonas residenciales. Árboles flanqueando la carretera. Verjas de hierro forjado. Mansiones con jardines cuidados.
Nash pensó en lo que acababa de ocurrir. En el juez recibiéndolos como si Sarasola fuera el papa. En los diez minutos que bastaron para cambiar el curso de la vida de su padre. En el periodista bajando el micrófono como si una fuerza invisible se lo hubiera ordenado.
Contempló de soslayo a Sarasola. El sacerdote seguía absorto en la ventanilla, con expresión pensativa, como si todo aquello fuera lo más natural del mundo.
«¿Sabes dónde te estás metiendo?», oyó en su cabeza la voz de su madre.
Pero ya era tarde para arrepentirse. «A veces hay que hacer lo que hay que hacer», le contestó mentalmente, aplicando el código de las Mitxelena y de Amaia Salazar.
Mujeres que sabían vivir sin red. El frío de lo inevitable rozándole la piel, un frío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del coche.
La berlina giró hacia la avenida de plátanos y comenzó a serpentear entre las mansiones que festoneaban la colina en la zona de Los Cerros, donde Newman vivía.
Nash vislumbró el muro gris cubierto de aquel liquen blanco y rojizo que le había parecido Cladonia cristatella la primera vez que lo vio.
El oscuro portón de acceso se abrió silencioso antes de que lo alcanzara la comitiva.
Recorrieron el camino entre los árboles, que con su entretejido de verde oscuro protegían la mansión y solo dejaban percibir atisbos de los tejados de pizarra y las galerías acristaladas; en la glorieta alrededor de la fuente que presidía la entrada de la casa principal ya esperaba una ambulancia.
Benedict Newman volvía a casa.
Y Nash no sabía si eso era una bendición o una condena.