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Nash no se sentía cómoda en los juzgados.
Daba clases en la universidad ante aulas de más de cien alumnos sin pestañear; podía presentar informes periciales con precisión quirúrgica.
La psicología forense era terreno conocido, pero la ley, con sus vericuetos y sus posibles interpretaciones, hacía que se sintiera vulnerable.
Tenía la sensación de que apenas habían pasado unas horas desde que había estado allí mismo para argumentar la pérdida de realidad en la mente de Benedict Newman.
Aquella vez había salido con los documentos firmados, con la tutela de un padre al que no conocía, la responsabilidad de un paciente al que no había tratado y la sensación de haber perdido algo que no recuperaría jamás.
Y ahora estaba de vuelta.
Owen Mitchell caminaba a su lado y, en contraste con ella, lo hacía con la seguridad de quien llevaba treinta años moviéndose por esos pasillos como extensión natural de su despacho.
Era un abogado de una gran firma. De los que llamaban al juez por su nombre de pila.
De los que tenían el móvil del asistente personal del magistrado en marcación rápida.
Detrás, su joven ayudante —no más de veintiocho años— cargaba con el elegante maletín de cuero del abogado.
El padre Sarasola iba dos pasos por delante.
Carpeta fina de piel granate bajo el brazo.
Nada más. A su lado, pero ligeramente rezagado, el padre Tadeo caminaba con paso inseguro.
Nash lo había observado en el hospital, siempre en segundo plano, asistiendo a Sarasola con deferencia monacal.
Se fijó en que se mantenía levemente encorvado, como si temiera alzar la cabeza por encima de la de su jefe y, sin embargo, a la vez su gesto transmitía un orgullo de discípulo que a Nash no le pasó inadvertido.
—¿Cómo vamos a justificar el traslado sin aportar informes ni documentación? —había preguntado Nash a Sarasola en el coche.
Sarasola había negado con la cabeza.
—No los necesitamos. Créame.
Hubo algo en su voz que no admitía réplica; Nash estuvo segura de que al menos él sí que lo creía. El resto del viaje se mantuvo en silencio.
El doctor Kutz esperaba en el vestíbulo cuando llegaron, estaba sentado en uno de los bancos de madera con las manos sobre las rodillas y la vista clavada en el suelo.
Cuando Sarasola pasó junto a él, Kutz se levantó.
No saludó. No dijo nada. Sin pensarlo, los siguió escaleras arriba con la postura de quien sabe que ya ha perdido, pero debe presentarse de todos modos.
Nash respiró profundamente. El edificio olía igual que la primera vez que entró allí: a documentos viejos y decisiones irrevocables, pero hoy hacía más calor.
El padre Sarasola descartó el ascensor, así que todos subieron por la amplia escalera de mármol rosado hasta la tercera planta.
Sarasola delante, el abogado jadeando a su lado.
El roce de las suelas en el mármol. Pasillo despejado, de losetas brillantes.
Puertas de madera oscura con placas de latón.
Juzgado de Primera Instancia n.º 7. Magistrado-Juez: Honorable Sr. D. Joan Montaner.
Un joven pasante, al que el traje le quedaba un poco grande, los recibió tras un mostrador de cristal. Consultó su pantalla cuando Owen Mitchell se identificó.
—El señor juez los recibirá enseguida. Si son tan amables de esperar un momento.
Desapareció tras una puerta lateral. Nash consultó su reloj. Era casi la hora de comer; habían transcurrido apenas dos horas desde que Sarasola había solicitado audiencia urgente. Los juzgados no trabajaban con esa rapidez. No para la mayoría.
El pasante reapareció seguido del juez.
Joan Montaner, con su rostro cordial y su bronceado costero, llevaba hoy unas gafas de montura fina, y la toga puesta con naturalidad, casi como una capa.
Sus ojos se detuvieron en Sarasola. Solo un segundo. Pero Nash lo captó. El cambio sutil. El reconocimiento. La deferencia. Habría jurado que una leve inclinación de cabeza.
Después se volvió hacia el abogado de Newman.
—Mitchell.
Y hacia Nash. Cuando sus ojos se encontraron, ella recordó la vista anterior. El juez había sido amable. Casi paternal. Mencionó que conoció a su madre, la perito forense Elizondo, de años en los tribunales. Un recuerdo compartido que suavizó aquella audiencia difícil.
Ahora esbozaba una leve sonrisa. Más cálida que la dedicada a Mitchell. Aunque, por supuesto, nada comparable a la deferencia mostrada ante Sarasola.
—Doctora Elizondo.
Después dirigió una mirada educada pero distante a los demás.
—Padre Tadeo. Doctor Kutz.
Sarasola habló antes que nadie.
—Su señoría, si me permite, preferiría hablar un momento con usted a solas. Se trata de una cuestión delicada.
El juez no vaciló.
—Por supuesto. —Y dirigiéndose a los demás—: Si son tan amables de esperar aquí.
Antes de que ninguno pudiera responder, el juez y Sarasola desaparecieron tras la puerta del despacho.
El pasante regresó a su mesa en la sala contigua. Volvió a teclear como si nada hubiera ocurrido.
Nadie habló.
El padre Tadeo fue el primero en moverse.
Inclinó la cabeza en un gesto de disculpa y se desplazó hacia el final del pasillo, cerca de una ventana que daba al patio interior.
Sacó algo de su bolsillo, que Nash identificó como un rosario cuando comenzó a deslizar lentamente las cuentas entre los dedos.
El doctor Kutz no se movió. Permaneció junto a la pared opuesta, brazos cruzados, en clara defensa, vista fija en la puerta cerrada del despacho.
Su rostro era una máscara de derrota apenas contenida.
Nash sintió algo parecido a la lástima. Kutz era un buen médico y seguramente creía que estaba haciendo lo mejor por su paciente.
La muestra evidente era que estaba allí; acudió porque debía, como representante del hospital.
Pero sabía que su opinión ya no importaba, que la decisión se tomaba sin él. Quizá ya estaba tomada.
Mitchell miró a Nash y dejó salir un grueso suspiro. El joven abogado puso el maletín en el suelo, junto al banco, y se apartó con discreción, consultando su móvil y haciendo, antes de alejarse, un gesto muy parecido al que acababa de ver en el padre Tadeo.
—¿Qué ha pasado? —murmuró Owen Mitchell, más para sí mismo que para Nash.
Ella no respondió. No sabía qué decir.
Mitchell se acercó. Bajó la voz.
—Nash, escúchame. Tú tienes la tutela de tu padre. Eso significa que tú mandas en sus asuntos legales. Puedes disponer de su fortuna, de su mansión, de todo. Las decisiones son tuyas. Si decides contratar a un terapeuta, es tu decisión. Si decides despedirlo, también.
Nash clavó la vista en él.
—Lo sé, Owen.
—Bien. Quiero que lo recuerdes y que, si llega el momento, yo estoy aquí para respaldar legalmente tus decisiones.
Había algo en su tono que ella no terminaba de descifrar. ¿Advertencia?, ¿recordatorio?, ¿o un intento de recuperar algo de control sobre una situación que se le escapaba de las manos?
Mitchell se puso en pie y caminó hacia la ventana opuesta a donde estaba el padre Tadeo.
Se quedó allí, inmóvil. Nash lo observó; hacía apenas unos días que conocía al abogado de Newman, y la impresión que le dio desde el primer momento era la de que Owen Mitchell era un hombre que dominaba cada situación.
Ahora parecía inseguro.
Nash se preguntó si el abogado se sentía así porque, como ella, percibía el enorme poder de Sarasola. O simplemente porque estaba acostumbrado a controlar la situación y alguien le había arrebatado ese control.
El silencio en el pasillo se espesó.
Nash dirigió la atención hacia el doctor Kutz.
El psiquiatra no se había movido. Seguía con la vista clavada en la puerta del despacho, como si quisiera atravesarla con la fuerza de su voluntad.
Sostenía el teléfono móvil contra el rostro, los nudillos blanqueados, casi como si fuera a exprimir el aparato. Susurraba.
Y entonces Kutz hizo algo inesperado.
Se apartó de la pared y caminó hacia el final del pasillo. Nash lo vio detenerse junto al ramal de la escalera, donde un hombre se reunió con él. Intercambiaron unas palabras. Kutz señaló hacia donde estaban Nash y Mitchell. El hombre asintió, tomó nota en una pequeña libreta.
Nash frunció el ceño. Algo en aquella escena no le gustó.
El doctor Kutz regresó a su posición. El hombre con el que había hablado desapareció hacia las escaleras.
Mitchell no vio nada. Seguía absorto en la ventana.
Nash fue a decir algo, pero en ese momento la puerta del despacho se abrió.
Sarasola salió primero. Su rostro presentaba el mismo aspecto que cuando había entrado: sereno, impenetrable.
El juez Montaner apareció tras él. Su expresión, sin embargo, había cambiado.
Se podía ver en sus ojos. Una mezcla de alivio y satisfacción, como si acabara de resolver un problema que podía haber llegado a quitarle el sueño.
—Señor Mitchell, doctora Elizondo —dijo el juez—.
Hemos llegado a una resolución que creo que satisfará a todas las partes.
El señor Newman podrá recibir tratamiento en su domicilio bajo la supervisión del padre Sarasola y con la tutela de la doctora Elizondo.
Se establecerán nuevos controles periódicos.
Mi asistente está redactando la resolución; una vez que esté firmada, podrán proceder.
Nash parpadeó. Habían pasado... ¿Cuánto?, ¿diez minutos?, ¿quince como mucho?
Bajo su mascarilla, Owen Mitchell abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.
—¿Ya está?
El juez sonrió con cortesía glacial.
—Ya está, señor Mitchell.
Sarasola se giró hacia Nash.
—Doctora Elizondo, si me firma los documentos de consentimiento, podremos proceder con el traslado de su padre esta misma tarde.
Nash contempló al juez, después a Sarasola, después de nuevo al juez. Había algo surrealista en aquella escena, donde las reglas habituales no se aplicaban.
Pero asintió.
—Por supuesto.