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El silencio que siguió a las palabras de Nash fue denso, cargado.
Todos miraban a Newman, que permanecía sentado observando con una sonrisa socarrona y los ojos brillantes.
Retrocedió impulsándose con los talones hasta apoyar la espalda en la pared, flexionó una pierna y apoyó el brazo en la rodilla, casi con desidia.
Kevin. Los miraba a todos como si fueran parte de un espectáculo.
El doctor Kutz fue el primero en romper el silencio. Se ajustó las gafas con un gesto que pretendía ser profesional, pero delataba su irritación.
—Bueno —dijo con tono de suficiencia—, en mi opinión, acabamos de presenciar una disociación psicótica severa. Un brote en toda regla.
El inspector Barezzi frunció el ceño.
—¿Un brote? Doctor, ¿qué demonios hemos visto?
La seguridad y habitual mala leche que el inspector exhibía solo unos minutos antes se habían evaporado. Parecía impresionado.
—Fragmentos —respondió Kutz, dirigiéndose a Barezzi pero mirando a Sarasola—. Reacciones a un trauma severo que evidentemente ha salido a la luz. Esquizofrenia desorganizada, sin duda.
Sarasola arqueó una ceja. Nash supo por qué: aquel subtipo llevaba años fuera de los manuales.
— O, si queremos explorar la vía del trauma, podríamos estar ante un trastorno límite de la personalidad muy severo, con rasgos psicóticos. El trauma infantil encaja.
El padre Sarasola, que había permanecido en silencio observando a Newman, se volvió hacia Kutz. Cuando habló, su voz tenía una calma que cortaba el aire como una hoja afilada.
—Doctor Kutz, con todos mis respetos, su diagnóstico es precipitado y, me temo, erróneo.
Kutz soltó una risa breve, nerviosa. Aún intentaba mantener el control.
—¿Erróneo? ¿Y qué sugiere usted, padre?, ¿un exorcismo?
Sarasola ignoró la pulla. Su voz se volvió firme, con la autoridad de quien lleva décadas dominando su campo.
—Sugiero ceñirnos al manual diagnóstico. Lo que hemos presenciado no es la fragmentación desorganizada de una psicosis. Es la manifestación de, al menos, dos estados de identidad distintos, además del detective Star y del anfitrión, el señor Newman.
—¡Eso es teoría de feria! —exclamó Kutz elevando de nuevo la voz.
Sarasola levantó una mano. Un gesto simple, casi episcopal, pero tan lleno de autoridad que Kutz se calló al instante.
—Permítame. Criterio A del DSM-5: perturbación de la identidad caracterizada por dos o más estados de personalidad distintos. —Señaló al paciente—. Lo acabamos de ver. Criterio B: lapsos recurrentes en la memoria. Este alter , Kevin, no sabe quién conducía o a dónde se dirigían.
Kutz apretó los puños. Su rostro comenzaba a enrojecer.
—Está forzando los hechos para que encajen en su diagnóstico preferido. El TID es un cajón de sastre para todo lo que no entendemos.
—Al contrario, doctor —respondió Sarasola con una paciencia implacable—. Usted está ignorando los hechos para aferrarse a la esquizofrenia, cuando no encaja.
Nash intervino, profesional y precisa.
—El padre Sarasola tiene razón, doctor Kutz. Si fuera esquizofrenia, sufriría alucinaciones auditivas externas. El detective Star no las tiene, y Benedict Newman nunca las manifestó.
Kutz se giró hacia Nash, con los ojos opacados por la frustración.
—Pero ¡oye voces!
—No. —Nash mantuvo la calma—. Él percibe pensamientos que no siente como propios.
Él mismo los denominó una conversación interna entre...
partes. Es una diferencia diagnóstica crucial.
Las voces de la esquizofrenia se perciben como externas al yo; las del TID son internas, son otros «yos».
Creo que al menos deberíamos dar cabida a esa posibilidad.
Nash miró a Kutz sin apartar los ojos. El psiquiatra abrió la boca, pero no llegó a decir nada.
—Newman y Colt tienen personalidades, gustos, léxico distintos, lateralidad diferente; he hallado en su despacho muestras de escritura sin duda procedentes de la misma persona, pero tan distintas que delatan claramente dos personalidades; la propia doctora Duval fue testigo de incluso tres tipos de letra diferentes.
Desde la noche en que en la comisaría comenzó a comportarse como el detective Star, no puede hacerlo como Benedict Newman.
Nada de todo esto encaja fácilmente con esquizofrenia.
La doctora Duval añadió su parte, casi con timidez, pero con convicción.
—Y yo... —Todos la miraron—. Yo no soy psiquiatra.
Mi trabajo aquí era descartar lo físico.
Su cerebro está estructuralmente sano. Pero he pasado más horas que nadie con el detective Star.
Y les aseguro que lo que he visto no es un «fragmento psicótico».
Es una personalidad completa, coherente y funcional.
Lo que hemos visto hace unos minutos..., ese niño asustado...
era otra cosa. Completamente distinta, pero igual de real.
Kutz empezaba a perder los estribos. Su voz subió otro tono.
—Esto es ridículo. Su criterio es de feriante, doctor. Claro, ¿qué se puede esperar de alguien que lo mismo diagnostica un TID que una posesión demoníaca?
El director del hospital dio un respingo al escuchar aquello.
—¡Doctor Kutz! —dijo con tono de reproche. Pero el psiquiatra estaba demasiado alterado para notarlo.
Sarasola no se inmutó. Si acaso, su expresión se endureció levemente, como el acero bajo presión.
—Doctor Kutz, su conocimiento sobre el trastorno de identidad disociativa parece limitarse a lo que ha visto en películas. Permítame ilustrarle.
Extendió una mano, guiando la atención hacia su ayudante.
—Padre Tadeo, quizá pueda usted explicarle al doctor Kutz los aspectos clínicos del TID. Después de todo, usted imparte la cátedra de Trastornos Disociativos en la Facultad de Medicina de la Universidad de Navarra.
Se giró de nuevo hacia el paciente sin esperar respuesta. Nash observó que Sarasola no pedía permiso para nada. Su autoridad parecía provenir de algo mucho más antiguo y poderoso que el simple conocimiento.
El padre Tadeo Imaz dio un paso adelante.
Era más joven que Sarasola, quizá de unos cuarenta y cinco años, con gafas de montura fina y un porte académico que contrastaba con la presencia principesca de Sarasola.
Cuando habló, su voz era suave pero determinada, como la de alguien acostumbrado a dar clases.
—La esquizofrenia y el TID son trastornos fundamentalmente diferentes, como bien sabe, doctor Kutz.
En la esquizofrenia, el paciente experimenta una ruptura con la realidad: alucinaciones, delirios, pensamiento desorganizado.
En el TID, el paciente mantiene un contacto con la realidad, pero su identidad está fragmentada como respuesta adaptativa a un trauma extremo.
—Hizo una pausa—. Lo que hemos visto aquí...
El niño, el adolescente, cada uno con su propia forma de hablar, sus propios recuerdos, su propia postura corporal...
Eso no es psicosis. Es disociación estructural.
—¡Tonterías! —Kutz casi gritó, perdiendo la compostura—. ¡Ese trastorno no existe! ¡Es una invención, un fenómeno iatrogénico creado por terapeutas incompetentes que sugestionan a pacientes vulnerables!
Nash notó un leve temblor en las manos de Kutz. El psiquiatra había pasado de la arrogancia a la desesperación en cuestión de minutos.
Sarasola bajó de la banqueta que había ocupado y se adelantó un paso hasta situarse frente al psiquiatra. Su presencia llenaba la habitación.
—Doctor Kutz, ¿está usted sugiriendo que la doctora Elizondo, la doctora Duval, el padre Tadeo y yo mismo hemos «creado» mediante sugestión a un niño de cinco años aterrorizado y a un adolescente violento en los últimos treinta minutos?
—Su tono era gélido—. Porque eso sería un logro terapéutico verdaderamente notable.
El director del hospital, preocupado y conciliador, dijo:
—Por supuesto que no, el doctor Kutz no pretende cuestionar...
Barezzi intervino, claramente confundido, pero intentando ser práctico.
—Doctor Sarasola... ¿Qué hacemos ahora?
Pero Kutz no había terminado. Se volvió hacia el director del hospital, con un último intento desesperado por mantener el control.
—Según la orden del juez, el paciente no puede salir de este hospital. Así que, si quiere tratarle, tendrá que conseguir que yo lo autorice. Porque, de momento, la máxima autoridad en psiquiatría en este centro sigo siendo yo. —Miró a Sarasola con algo parecido al triunfo.
El director boqueó como un pez tras la mascarilla y terminó por farfullar una disculpa mientras entrecruzaba sus dedos como si se dispusiera a rogar.
—Me temo que el doctor tiene razón. Son órdenes de un juez, padre. Tengo las manos atadas.
Sarasola hizo un gesto casi imperceptible a su asistente. El padre Tadeo asintió y se dirigió hacia la puerta. Sarasola se giró para seguirle, pero, antes de salir, se detuvo. Miró a Kutz con una expresión que podría haber congelado el infierno.
—Entonces, habrá que cambiar el dictamen del juez.
La puerta se cerró tras ellos con un clic suave que resonó como un portazo.
El director del hospital miró a Kutz con una mezcla de lástima y exasperación.
—¿Tiene idea de quién es ese hombre?
Kutz resopló, aún furioso.
—Un cura con delirios de grandeza, y ya sé que es psiquiatra en la CUN.
El director negó con la cabeza lentamente, como si estuviera explicando algo a un niño.
—El padre Sarasola no es solo el director del área de Psiquiatría de la Clínica Universidad de Navarra.
Es prelado del Opus Dei. Agregado del Vaticano para la defensa de la fe.
Trabajó durante años para Juan Pablo II y fue consejero del papa anterior cuando este era cardenal.
—Hizo una pausa para que aquello calara—.
Asesora a la Audiencia Nacional, al Tribunal Supremo y, cuando el Vaticano necesita un dictamen psiquiátrico sobre cualquier asunto... , lo llaman a él.
Kutz había palidecido mientras se fijaba en que, por ensalmo, una crucecita que no había visto llevar nunca al director colgaba visible de su cuello y asomaba por encima de la ropa.
—Así que, cuando dice que va a hablar con el juez —continuó el director con voz queda—, no lo dice como colega profesional. Lo dice como quien tiene línea directa con Roma. Y créame, doctor Kutz, Roma mueve montañas cuando quiere.
—Usted estudió en Pamplona... —musitó el jefe de Psiquiatría.
No era una pregunta. Era una rendición. Lo había dicho con la resignación de quien comprende que nunca hubo terreno neutral, que llevaba horas peleando dentro de las murallas del enemigo.
El director no respondió. No hizo falta. La pequeña cruz de oro que brillaba en su pecho era testigo mudo de una lealtad mucho más antigua y profunda que cualquier título académico.
El silencio que siguió fue absoluto. Hasta el zumbido de los fluorescentes parecía haberse apagado.
Y entonces, una voz burlona cortó la quietud.
—Vaya, vaya. El doctor se ha quedado sin su juguete.
Todos se volvieron hacia la camilla. Kevin los miraba con una amplia sonrisa, disfrutando visiblemente del espectáculo. Despacio, con una teatralidad casi cómica, estiró ambos brazos mostrando las manos vendadas y después plegó el derecho sobre el izquierdo en un perfecto corte de mangas para Kutz.
—Estás fingiendo. —Apuntó este con un dedo.
—Que te den, doc —contestó Kevin con una voz adolescente que hasta dejó escapar un gallo.
Y se echó a reír. Una risa despreocupada, burlona, llena de una alegría casi maníaca que resonó en la sala de curas como el sonido más perturbador de toda la jornada. La risa de alguien que ha visto caer a un gigante y sabe que él ha sobrevivido a cosas mucho peores.
Nash observaba a Kevin con una fascinación profesional que no podía ocultar.
El interés de Newman por comprender la psicopatía encajaba perfectamente con un trastorno de identidad disociativo.
Personas que sufrieron desarraigo, abusos, violencia extrema desde la infancia.
El ensayo Los que paran hablaba precisamente de eso: tomar conciencia de quién eres.
Oponerse a ser el instrumento de violencia en el que te han convertido.
¿Y si Newman escribió sobre sí mismo todo el tiempo?
¿Y si el escritor y el detective no eran ficciones, sino estrategias de supervivencia?
La risa de Kevin seguía resonando, rebotando en las paredes blancas, llenando cada rincón de la sala con su alegría salvaje e inapropiada.
Ni la mascarilla lograba ocultar que la cara del inspector Barezzi era un poema.