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La luz fría de los fluorescentes daba al espacio un aspecto clínico, despojado, en el que resultaba algo incongruente media docena de dibujos pintados con ceras de colores que Nash supuso que eran obras de esa clase de crío pequeño habitual de la sala de curas de urgencias.
Un negatoscopio encendido exhibía la radiografía retroiluminada del anterior visitante.
Dos metatarsianos rotos en un pie. El resto de la aparatología y el mobiliario resultaban casi invisibles debido a la presencia de tantas personas en la estancia.
La sala de curas se veía atestada e insuficiente.
El doctor Kutz, el inspector Barezzi y el director del hospital, con aquel gesto entre preocupado y encantado que Nash comenzó a pensar que era permanente en él.
La doctora Duval supervisaba el trabajo de la enfermera, que terminó las curas ajustando un esparadrapo sobre las gasas, recogió todo lo usado en un carrito y salió de la sala. Newman estaba sentado en una camilla, con las manos vendadas sobre el regazo. Miraba al vacío.
—Detective Star —dijo Duval con voz suave.
Silencio.
—Newman.
Nada.
—Colt.
Newman no reaccionó a ninguno de los nombres. Ni un parpadeo, ni un gesto. Como si las palabras no existieran.
Duval miró a Nash preocupada.
—Hemos recogido las muestras que nos pidió, inspector —se dirigió a Barezzi—, pero creemos que toda la sangre procede de sus propias manos —explicó en voz baja—.
Las heridas son... extensas escoriaciones.
Es casi seguro que se las causó durante el descenso por la tubería.
La pared exterior del hospital es muy rugosa.
—O la clase de heridas que presenta un agresor después de golpear y estrangular con sus manos a una víctima que se defiende —dijo Barezzi—.
No sabemos dónde estuvo durante casi diez horas.
No soy médico, pero, una de dos: o tiene muy mala cicatrización o es bastante improbable que las rozaduras que se hizo contra la pared diez horas antes siguieran sangrando cuando lo encontramos en el túnel.
Nash miró al Lobo; incluso tras la mascarilla, que todos estaban obligados a llevar, podía adivinar los colmillos afilados del cazador. No dijo nada. Tenía razón.
El padre Sarasola entró en la sala con paso seguro.
Su ayudante, que se había presentado con humildad como el padre Tadeo, le precedió abriendo la puerta y cerrándola a su espalda.
Sarasola no pidió permiso; descubrirían pronto que nunca lo hacía.
Los hombres como él no pedían aprobación, la otorgaban.
Incluso el director del hospital, que dio un paso adelante al verlo entrar, se detuvo a media zancada como si una fuerza invisible le hubiera recordado su lugar.
—Si me disculpa, doctora —dijo sin mirarla, con la clase de cortesía que no admitía negativa—. Voy a continuar la evaluación.
Duval asintió y dio un paso atrás.
El sacerdote se acercó a la camilla, se posicionó frente al paciente y observó a Newman durante largo rato, en silencio. El otro cura le acercó un taburete y Sarasola se sentó frente a Newman, a la altura de sus ojos. Habló con voz calmada, casi paternal.
—¿Sabes cómo te llamas? —preguntó.
Newman asintió despacio.
—¿Eres Newman?
Negó con la cabeza.
—¿Eres Colt?
Otra negación.
—Pero ¿sabes cómo te llamas?
Asintió de nuevo.
—¿Quieres decírmelo?
Negó.
—¿Quieres escribirlo?
Newman no respondió, pero desvió la mirada hacia las pinturas de colores sobre la mesa de la consulta.
Tadeo acercó las pinturas y un montón de papeles en blanco y los colocó sobre la bandeja vacía de un gran carro de curas que estaba contra la pared. El psiquiatra cambió de táctica.
—¿Cuántos años tienes?
Newman levantó la mano derecha muy despacio. Cinco dedos vendados. Los mantuvo en alto, inmóviles.
—¿Tienes cinco años?
Asintió.
—¿Sabes escribir?
Negó.
—¿Sabes dibujar?
Asintió.
Sarasola empujó el carro hasta la camilla, puso un folio en blanco frente a Newman y le ofreció una cera.
—¿Puedes hacerme un dibujo de ti?
Newman tomó entre sus dedos vendados la cera azul, con torpeza, como si nunca hubiera sostenido una. Dibujó un monigote muy simple. Cabeza redonda, dos ojos, cuatro palitos por extremidades. Muy pequeño, en una esquina del papel.
Sarasola estudió el dibujo en silencio.
—¿Eres tú?
Asintió.
—Dibuja a tu familia —pidió Sarasola.
Newman negó moviendo la cabeza de lado a lado.
—¿Tu padre?
Negó.
—¿Tu madre?
Negó.
—Alguien cuidará de ti...
Asintió.
—Dibuja a quien cuida de ti.
Newman tomó otra cera, negra. Hizo otro monigote, esta vez más alto que el primero. Pelo de punta. Una sonrisa enorme, exagerada, que ocupaba casi toda la cara. En una de las manos: un rectángulo acabado en punta. Algo parecido a un cuchillo.
Dejó la cera y tomó la roja.
Con movimientos lentos pero deliberados, manchó toda la hoja desde el cuchillo hacia abajo. Rojo que goteaba, que se extendía, que lo invadía todo. No se detuvo hasta que el papel quedó enmarañado del trazo rojo, hasta que la cera atravesó el folio y manchó la bandeja metálica que había debajo.
Nash sintió que algo se contraía en su interior. A su lado, un gesto de contención se dibujó en el rostro de la doctora Duval.
Sarasola continuó con voz suave, sin apartar los ojos del dibujo.
—¿Es tu padre?
Negó.
—¿Es tu hermano?
Negó.
Sarasola se quedó pensativo. Cambió el enfoque de la pregunta, tomó otra cera y se la tendió.
—Dime una cosa: cuando te miras en el espejo, ¿hasta dónde llegas de alto?
Newman levantó la mano y trazó una línea horizontal sobre la cabeza del primer monigote.
—¿Y hasta dónde llega un adulto?
Newman trazó otra línea mucho más arriba, muy por encima de los dos dibujos. Una altura que superaba con claridad la estatura del segundo monigote.
Sarasola comprendió.
—No es un adulto, es un niño —dijo dirigiéndose al padre Tadeo y después de nuevo a Newman—. ¿Es un niño? ¿Quien te cuida es un niño?
Newman asintió.
Barezzi, que había permanecido en silencio junto a la puerta, dio un paso adelante. Su paciencia se había agotado.
—¿Qué hacías detenido dentro del túnel? —le preguntó con voz dura.
El niño bajó la mirada. Se quedó observando muy fijamente el dibujo que acababa de hacer.
El cuchillo. La sangre. Sarasola levantó la mano y pareció que iba a detener al inspector, pero entonces Newman comenzó a mecerse con suavidad, adelante y atrás.
Sarasola, con la mano todavía alzada, hizo un gesto al policía para que continuara.
—¿De dónde venías?
El balanceo se agudizó. Newman dejó caer la cera que tenía en la mano y se abrazó el cuerpo mientras encogía las rodillas hasta ovillarse casi en postura fetal.
—¿Por qué había sangre en tus manos? —insistió Barezzi acercándose más.
Silencio.
Y entonces ocurrió.
El cambio fue tan abrupto que Nash casi dio un paso atrás.
Newman levantó la cabeza de golpe y clavó la mirada en el policía.
Chulería pura. Los hombros se cuadraron.
La mandíbula se tensó. Estiró los brazos y las piernas.
Ya no era un niño asustado y ovillado en una camilla.
Era otra persona completamente distinta.
—Deja al crío en paz, gilipollas de mierda —dijo con una voz tan diferente como pueden serlo dos voces, aguda, rasposa, llena de rabia contenida—. Métete conmigo si tienes huevos, yo no soy un crío. Si crees que puedes joderme, te sacaré las tripas.
Hizo un gesto con la mano como si portara un cuchillo.
Nash dio un respingo involuntario. Duval había retrocedido medio paso sin darse cuenta. Hasta Kutz, que había estado observando con escepticismo apenas disimulado, se quedó inmóvil.
Barezzi frunció el ceño, recuperándose.
—¿Qué hacías parado dentro del túnel?
—No era yo, gilipollas —escupió—. Era él. Estaba parado porque no sabe conducir, joder. Es un niño pequeño, ¿o es que no lo ves?
—No sabe conducir —repitió la doctora Duval, más para sí misma que para nadie.
—No, no sabe conducir, no sabe defenderse, solo sabe gimotear de día y de noche —lo dijo como si estuviera a punto de perder la paciencia.
—¿Y tú eres...? —preguntó Sarasola.
—¿Quién quiere saberlo?
—Soy el doctor Sarasola. Padre Sarasola. —Y le tendió la mano.
—¿Padre de quién? —preguntó ignorando la mano.
Sarasola la posó sobre la otra sin inmutarse.
—De quien lo necesite.
—Escúcheme —sopló—, yo no tengo padre, ¿vale?, y no lo necesito, me sé cuidar solo.
—Se nota... —contestó Sarasola con calma—, pero estaría bien que me dijeras tu nombre para saber cómo llamarte. Es una cuestión de respeto.
Pareció pensarlo; asintió con parsimonia.
—Kevin. Y no puedes hablar con el crío, ¿tú entiendes cuando hablo?
—De acuerdo, Kevin, solo hablaré contigo. Y únicamente volveré a hablar con el niño si tú me das permiso.
Formó un puchero con los labios y asintió, conforme con el trato.
—Kevin, hay una cosa que no entiendo. Nos has dicho que el niño estaba detenido en el interior del túnel porque no sabe conducir...
—Tiene cinco años. —Esta vez lo dijo con un deje de lástima.
—¿Y por qué no conducías tú, Kevin?
Este levantó ambas manos y miró a Sarasola como si fuera imbécil.
—Tengo trece años, joder.
—¿Quién condujo el coche hasta allí?
—No lo sé. El escritor o el detective, supongo. Yo estaba a mis cosas; no puedo estar pendiente del crío todo el día.
—No voy a tolerar esto —interrumpió el doctor Kutz mirando al director del hospital.
Sarasola se dirigió a Nash, sin prestar ninguna atención al doctor Kutz, como si el psiquiatra no hubiera hablado.
—Doctora Elizondo, mi propuesta es trasladar enseguida al paciente. Debemos empezar cuanto antes con el estudio de su caso.
El doctor Kutz se opuso de inmediato.
—De ninguna manera. Este hombre necesita medicación antipsicótica urgente. Está teniendo un brote psicótico evidente.
—No —respondió Sarasola con calma glacial—. Lo que este hombre necesita es terapia hipnótica bajo supervisión especializada, no medicación que enmascare el problema.
—¿Terapia hipnótica? —Kutz casi se rio—.
¿Para qué? ¿Para reforzar sus fantasías?
¿Cree que no me doy cuenta de lo que pretende?
El trastorno de identidad disociativa es una construcción cultural, doctor Sarasola.
Una moda popularizada por el cine y una justificación para muchos delincuentes.
Este hombre tiene confabulaciones, sí, pero es consciente de la realidad.
El TID no existe como una entidad nosológica discreta.
—No he dicho que lo sea, he dicho que hay que comenzar un estudio para diagnosticarlo, y a la vista de lo que estamos viendo aquí.
—Había oído hablar de usted, pero pensaba que era más serio —dijo Kutz.
—Por favor, doctor —pidió el director.
Kutz argumentó:
—Yo también soy partidario de diagnosticarlo en psiquiatría.
Lo que hemos visto, como usted lo ha llamado, podría ser una manifestación de otros trastornos, como el de límite de la personalidad, o, notablemente, un fenómeno iatrogénico.
Estoy seguro de que son precisamente esos absurdos tratamientos que propone los que ponen de manifiesto esos comportamientos.
Las identidades son «creadas» o inducidas, quiero pensar que involuntariamente, por terapeutas a través de técnicas sugestivas en pacientes vulnerables.
Sarasola lo había escuchado en silencio, pero con aquel gesto de desprecio.
—Lamento su evidente falta de formación al respecto —dijo sin inmutarse—, pero no debe preocuparse.
Aún puede aprender. Si algo tiene nuestro oficio es el hecho de poder estar en constante formación.
El TID es un trastorno real y complejo, una respuesta adaptativa a un trauma severo y crónico, generalmente ocurrido durante la infancia.
La disociación surge como mecanismo de defensa extremo.
Hizo una pausa y continuó con tono didáctico.
—Mi diagnóstico se basa en los criterios del DSM-5.
Alteración de la identidad: la presencia de dos o más identidades distintas.
Amnesia disociativa: lapsos de memoria recurrentes sobre hechos cotidianos e información personal importante.
Y las condiciones asociadas que suelen presentarse: depresión, ansiedad, trastorno por estrés postraumático.
Señaló a Newman.
—Todo esto lo hemos visto en el túnel esta mañana y aquí ahora mismo.
Nash intervino con cautela dirigiéndose a Kutz.
—El prestigio del doctor Sarasola en este campo está demostrado, y usted, doctor Kutz, lo ha comprobado igual que nosotros... Creo que al menos deberíamos considerar la posibilidad de un trastorno de identidad.