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Nash se desesperó al ver la larga fila de coches detenidos frente al túnel. Superada y ante la imposibilidad de mover su vehículo, lo orilló hacia la derecha, se apeó y caminó por el arcén hacia el interior del túnel. Había recibido la llamada del inspector Barezzi hacía poco más de media hora:
—Lo hemos encontrado —había dicho Barezzi al teléfono—. Una patrulla, alertada por si ocurría un accidente, lo halló dentro del Camaro, detenido dentro de un túnel.
Nash apretó el volante.
—¿Está herido?
—No lo sé. Voy hacia allá. Pero la patrulla ha solicitado una ambulancia.
El túnel medía algo más de un kilómetro de largo.
Nash caminó por el arcén, adentrándose en sus entrañas.
El aire era irrespirable: una mezcla de gases de escape atrapados y ozono quemado.
El sonido estridente de los cláxones, amplificado por el eco hasta volverse físico, se sumaba a las luces azules e intermitentes de la ambulancia, que convertían el lugar en un infierno estroboscópico.
El coche del detective Star estaba aparcado a la derecha, aproximadamente a medio kilómetro.
Cuando Nash llegó hasta ellos, alcanzó a escuchar el final de la conversación. Vio a Barezzi acompañado de su escudero y a la doctora Duval.
Aunque la puerta del coche estaba abierta, Newman permanecía inmóvil en el interior.
Un paramédico inclinado sobre él le tomaba el pulso, la mirada del escritor vagaba perdida más allá del parabrisas.
Las manos, apoyadas sobre el volante, se veían manchadas de una pátina parduzca que parecía sangre —no mucha cantidad, pero suficiente para cubrirle los dedos por completo—, las mismas manchas en el volante y en los asientos.
El paramédico retrocedió y la doctora Duval se inclinó hacia la puerta abierta, observando a Newman con preocupación profesional.
El inspector Barezzi permanecía erguido, en pie, a su lado.
—Está fingiendo —decía Barezzi mirando fijamente a Newman.
—Es imposible —respondió Duval con firmeza—. Está catatónico. No puede responderle.
—Necesito tomar muestras de sangre. Y trasladarlo a comisaría para interrogarlo.
—No puede ser —repitió Duval—. Mírelo. No está en condiciones.
Barezzi la miró con expresión tensa.
—Doctora Duval, voy a presentar una queja ante el juez por la falta de seguridad del hospital. Newman estaba en una habitación que no reunía las condiciones de la planta psiquiátrica. Y la haré responsable de esta fuga, y la hija del paciente debería hacer lo mismo.
Nash no le prestó atención, leía un mensaje en la pantalla de su teléfono.
Duval no retrocedió.
—Haga lo que considere, inspector. Pero, ahora, este hombre necesita atención médica inmediata, no un interrogatorio.
El sonido de un motor potente cortó la discusión en seco. Grave, profundo, como el ronroneo de una bestia satisfecha. Los tres se volvieron.
Una berlina negra avanzaba por el carril contrario del túnel, impávida ante los cláxones furiosos y las protestas.
Tan brillante que los fluorescentes del túnel se reflejaban en su superficie como cuchillas de luz.
Los cristales tintados no dejaban ver el interior.
Se detuvo junto a ellos con la precisión de un dardo: del lado del acompañante bajó un sacerdote vestido con traje oscuro y alzacuellos.
Todos lo miraron. Se acercó al grupo, localizó al inspector de inmediato y fue hacia él con gesto formal y discreto. Le susurró algo al oído.
Barezzi se quedó rígido. Miró al sacerdote, luego la berlina negra, luego de nuevo al sacerdote. Tragó saliva. Se giró hacia el coche.
El chófer, que también había descendido del vehículo, se dirigió a la parte trasera y con gran ceremonia abrió la puerta.
Entonces salió el padre Sarasola. Llevaba un traje impecable y alzacuellos.
Era mayor que el primer sacerdote, pero su presencia resultaba imponente.
Se dirigió a Nash, ninguneando a los demás.
Tomó su mano entre las suyas, como quien sostiene algo sagrado.
No dijo nada al principio. Solo la miró a los ojos.
Y Nash comprendió, en ese contacto, que había convocado a alguien que no jugaba con las mismas reglas que el resto de los mortales.
—Soy el doctor Sarasola, de la Clínica Universidad de Navarra —dijo apartándose la mascarilla del rostro con una mano y sin soltar con la otra la mano de Nash. Su voz era tranquila, pero tenía el peso de quien está acostumbrado a ser obedecido—. Estoy aquí a petición de la doctora Elizondo.
Nash observó al hombre que tenía a su lado.
Era cierto, ella había solicitado su presencia, desesperada, tras la fuga de Newman.
Pero al verlo llegar así —con esa autoridad regia, esa presencia que hacía que hasta Barezzi pareciera insignificante— no supo qué decir.
Sintió alivio. Y algo más difícil de nombrar: la certeza de que entregaba el control a alguien mucho más poderoso que ella.
Tuvo que reconocer que el Opus Dei sabía hacer una entrada con efecto.
La doctora Duval se irguió. Barezzi parecía superado y el subinspector Ruano miraba al sacerdote sin poder disimular la sorpresa.
El padre Sarasola se dirigió entonces al inspector. No preguntó quién era. Ya lo sabía.
—Inspector, desde este instante me hago cargo del paciente Benedict Newman.
—Hizo una pausa y su tono se volvió aún más firme—.
Este hombre necesita traslado hospitalario inmediato.
La ambulancia ya está aquí. Yo lo acompañaré durante todo el trayecto.
Usted también puede hacerlo, si lo considera necesario.
Había dejado de ser una petición para pasar a ser un hecho consumado.
Aun con la mascarilla puesta, fue evidente que Barezzi cerraba la boca. Miró al sacerdote, luego a Nash, luego a Duval. Asintió con rigidez, abrumado por la autoridad del recién llegado.
—De acuerdo. Pero quiero estar presente en todo momento.
—Por supuesto —respondió Sarasola con una sonrisa breve que no llegó a sus ojos—. Sería lo correcto.
A partir de ese instante, todo fue muy rápido. Newman, ajeno a todo, seguía con la mirada perdida, las manos manchadas de sangre sobre el regazo, mientras lo conducían rápidamente al interior de la ambulancia, ajeno a todo.
Barezzi observó cómo la berlina negra se alejaba del túnel, seguida por la ambulancia.
El tráfico volvía a fluir. Los cláxones cesaban.
Se giró para dedicar a Nash una mirada tensa mientras negaba incrédulo.
Ella se encogió de hombros y regresó por el arcén hacia su coche.
Barezzi todavía permaneció allí parado unos segundos mientras calibraba lo que acababa de suceder.
En menos de diez minutos, el Opus Dei le había arrebatado el caso.