Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 41 #2
49%

41 #2

La sala estaba destrozada. Las paredes, cubiertas de pintadas antiguas: ASESINO, JOHN BIBLIA, VETE AL INFIERNO .

Pero la pintura estaba desleída, borrosa, como si la casa hubiera absorbido el odio y lo hubiera digerido con los años.

El suelo de madera crujía bajo sus pies, combado por la humedad.

Había restos de basura en las esquinas —latas de cerveza oxidadas, envoltorios de comida rápida amarillentos—, pero incluso la basura parecía vieja: el vandalismo se había detenido décadas atrás, cuando la gente se cansó de odiar.

Pero Noah no veía nada de eso.

Veía los muebles arrimados contra las paredes.

La mezcolanza de lo nuevo y lo viejo. Las vitrinas repletas de tazas y platillos, algunos antiguos, delicados.

Los cojines con motivos florales. El tapiz barato con escenas de caza y ninfas.

Y allí, presidiendo el salón, el cuadro bordado: una zarza ardiendo y el lema en latín de la Iglesia presbiteriana.

— Nec Tamen Consumebatur —recitó Noah en voz baja—. Éxodo 3,2.

Gibson frunció el ceño.

—¿Qué?

—«Y aun así no se consumía» —tradujo Noah sin apartar la vista del muro desnudo donde ya no había nada. Pero él lo veía. Lo veía con una claridad que dolía—. Imagina criarte aquí, Gibson. Rodeado de esas mujeres. Bajo la magnitud de un lema así.

Gibson miró las paredes vacías, las pintadas, el suelo podrido. No entendía nada.

Noah avanzó hacia el pasillo interior. Sus pasos resonaban en el silencio. Gibson lo siguió, incómodo, como si estuvieran profanando algo.

—Noah, no hay nada aquí. La casa está vacía.

Noah no contestó. Se detuvo ante la primera puerta a la izquierda.

El dormitorio de John.

Empujó la puerta. Las bisagras chirriaron. La habitación estaba vacía. Solo quedaban las marcas en el lugar donde estuvo la cama, el armario. Más pintadas en las paredes. Cristales rotos en el suelo. Alguien había arrancado los marcos de las ventanas.

Pero Noah veía la cama grande. El amplio armario ropero repleto de prendas de calidad. Colores neutros, sobrios, de buen corte, atemporales. Y los espejos. Uno en el interior de la puerta del armario. Otro de cuerpo entero en la pared frente a la cama.

Se detuvo donde habría estado el espejo.

Se vio a sí mismo, cuarenta años atrás. La palidez extendiéndose desde la frente hasta el cuello.

Las profundas ojeras oscuras. Once libras perdidas en cinco días de hospital.

Se había visto enfermo, frágil. Y pensó: «Este hombre se mira aquí cada mañana. Se contempla. Se admira».

—Hedonista —murmuró Noah—. Vanidoso.

—¿Qué dices? —Gibson estaba en el umbral, preocupado.

Noah se giró. En la esquina, donde ya no había nada, veía la pequeña librería completamente vacía.

—Dijiste que tenía libros en el cobertizo.

Gibson parpadeó.

—¿Cómo...? Sí. Joder, Noah, eso fue hace cuarenta años. ¿Cómo puedes recordarlo?

—¿Cuántos?

—¿Qué?

—¿Cuántos libros?

Gibson se frotó la cara.

—No sé. Unas docenas en la habitación. Pero el cobertizo estaba repleto. ¿Por qué...?

Noah salió de la habitación. Cruzó de nuevo la sala y se dirigió a la otra habitación. Gibson lo siguió, cada vez más desconcertado.

El dormitorio de las mujeres era más pequeño. Aquí el vandalismo había sido menos virulento, como si incluso los vándalos hubieran sentido que esta habitación no merecía su odio. O quizá solo que no había nada que destruir.

Noah se detuvo en el centro. Veía las tres camas individuales. Y el cuarto camastro añadido, apretujado contra la pared. Cuatro mujeres durmiendo juntas. La madre, las tías... y la joven esposa de John Clyde.

—No había ropa de mujer en su habitación —dijo Noah en voz alta.

—¿Qué? —Gibson estaba perdido.

—En el dormitorio de John. Ni una prenda de ella. Ni un objeto personal. Nada. Nunca lo compartió con ella.

Se giró hacia la habitación más pequeña, casi un trastero. La puerta estaba medio arrancada. Noah la empujó.

Dos armarios antiguos. Vacíos ahora, con las puertas colgando. Pero Noah veía las prendas que ellas dejaron atrás en su huida, olvidadas. Los bolsos anticuados y mohosos. Y allí, en su percha como un fantasma...

—El vestido de novia —exclamó mientras la sorpresa lo paralizaba.

—Noah... —susurró Gibson.

Noah no contestó. Dejó la habitación, atravesó de nuevo la sala y salió al exterior; dio la vuelta por el costado de la construcción, pasando junto al profundo pilón.

La parte trasera de la propiedad estaba aún más desolada que la frontal. La hierba había crecido salvaje, medio ocultando las estructuras. Pero Noah caminaba con determinación, como si siguiera un mapa invisible.

El cobertizo. O lo que quedaba de él. La construcción de madera estaba medio sepultada por el talud derrumbado, y el techo se había hundido parcialmente.

—Noah, cuidado, eso puede venirse abajo —advirtió Gibson.

Noah se detuvo en la entrada. Ya no había lona azul sobre el barro. Solo barro seco, agrietado. Miró dentro.

Vacío. Todo había sido retirado hacía décadas. Las estanterías, la mesa, la lámpara, el sofá viejo, la silla de cuero. La estufa de queroseno naranja brillante.

Pero Noah lo veía todo. Y veía la viga donde estuvo escondida la lata de té. El «joyero» con las baratijas de las víctimas. Pendientes, pulseras.

—Un lugar de desecho —murmuró—. No una colección de trofeos.

Gibson se acercó.

—¿Qué has dicho?

Noah se giró para mirarle.

—La lata en la viga. No era un trofeo. Era un lugar de desecho. Clyde era organizado. Sus verdaderos trofeos estaban en otra parte.

Gibson abrió la boca. La cerró. Tragó saliva.

Noah salió del cobertizo y caminó hacia el fondo de la propiedad. El terreno se elevaba ligeramente. Más allá de los límites marcados por viejas estacas podridas, la pradera se extendía hacia el bosque.

Algo lo detuvo. Una sensación. Giró la cabeza, recordando lo que le había llamado la atención entonces.

Una fina polvareda se levantaba de la hierba seca a unos seiscientos pies de distancia, más allá del límite de la propiedad. Curioso, dado que la tierra debería estar húmeda.

Noah echó a andar hacia allí. Gibson lo siguió, ahora en completo silencio, como si comprendiera que estaba siendo testigo de algo que escapaba a la lógica.

Tras una roca grande, bordeada de piedras redondeadas, estaba el lugar de la hoguera.

No quedaba nada, por supuesto, cuarenta años habían borrado cualquier rastro. Pero Noah se arrodilló exactamente donde había estado.

Cerró los ojos. Olió el queroseno. Sintió el calor residual. Vio la fina voluta de papel calcinado deshacerse al tocarla. Y también el trozo de cartoncillo grueso, teñido de color sepia. Las dos líneas paralelas por una cara. La impresión lateral de una postal por la otra.

«... Andrew, Printed in Eng ...», la pista que lo había llevado hasta Bilbao.

Se la guardó en el bolsillo, ocultándosela a Gibson. Abrió los ojos.

Gibson estaba de pie a su lado, mirándolo con una mezcla de asombro y preocupación.

—Noah... ¿Qué estás buscando?

—Errores.

Noah se levantó despacio. Sus rodillas protestaron. Tenía casi ochenta años. Pero en su mente era de nuevo aquel inspector de cuarenta y dos, de pie en ese mismo lugar, sabiendo que estuvo a punto de atrapar a John Biblia. A punto.

Se giró para mirar hacia la casa. Harmony. Donde no hubo armonía jamás.

—Lo que dejé atrás —dijo finalmente—. Lo que no vi entonces.

Gibson esperó, pero Noah no añadió nada más.

Caminaron de regreso al coche en silencio. Noah se giró una última vez para mirar la casa. Las lavandas seguían allí, persistentes, perfumando el aire. Como si no hubiera pasado el tiempo. Como si el mal no las hubiera tocado.

Gibson arrancó el motor.

—¿Has encontrado lo que buscabas?

Noah tardó un momento en contestar.

—No. Pero he confirmado lo que necesitaba saber.

—¿Qué?

Noah miró por la ventanilla mientras se alejaban.

—Que la respuesta ha estado siempre en esta casa. Esperando.