Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 41
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El aire del aeropuerto de Glasgow olía a antiséptico y a paranoia contenida.

Cada anuncio por megafonía sonaba como una advertencia sobre distancias y contactos.

Noah Scott Sherrington avanzaba por el pasillo casi desierto con la sensación de moverse por las arterias de un cuerpo enfermo.

Las cintas transportadoras de equipaje giraban vacías, y los pocos viajeros que veía se mantenían a una distancia reverencial, como si cada uno fuera una isla de posible contagio.

Entonces lo vio, apoyado contra una de las columnas de acero, con la misma solidez de roble que recordaba.

El pelo, antes rojizo, era ahora una corona de plata, pero la mirada seguía siendo la misma, al igual que los faldones de su camisa apenas contenidos por el cinturón que llevaba bajo la barriga cervecera. Gibson.

Se dirigió hacia él, y su amigo se enderezó, una sonrisa amplia arrugándole las comisuras de los ojos por encima de la mascarilla.

Por un instante, la distancia social impuso un saludo torpe, un amago de chocar los codos, pero la amistad de cuarenta años se abrió paso.

Se fundieron en un abrazo breve pero firme, una colisión de recuerdos y lealtades.

—Maldito cabrón. —Su voz grave resonaba con afecto—. Cuando me dijiste que ibas a venir, de verdad que no creí que lo pudieras lograr.

—Prometí un libro, y Scott Sherrington siempre paga sus deudas —dijo Noah apartándose.

—A la vejez, viruelas, mira que has tenido años, ¿y en medio de la pandemia te da por escribir? ¿No podías haber hecho bizcochos como todo el mundo?

—¿Bizcochos?

—Mildred me hace uno diario, bizcocho de confinamiento, lo llama, y está bueno.

—Ya veo —bromeó Noah señalando su barriga mientras caminaban en dirección al aparcamiento del aeropuerto.

—¿Qué es todo eso del libro? Puede ser una buena idea, y te ayudaré, pero volver ahora, ¿no crees que deberías haber esperado? Te vas a tener que pasar quince días metido en la habitación del hotel para cumplir la cuarentena.

Noah negó con la cabeza mientras comenzaban a caminar hacia la salida.

—No lo haré. He dado tu dirección como lugar en el que me quedaré.

Gibson se detuvo en seco.

—¿Por qué has hecho eso?

—Porque no tengo quince días que perder.

—Pero es la norma, Noah. ¡La puta norma! Aparte de que a Mildred le va a dar un patatús. —Se llevó la mano a la frente en un gesto que hacía cuando se sentía superado y que Noah recordaba bien.

—Hace años no eras tan remilgado con el cumplimiento de las normas —replicó Noah mirándole fijamente.

—Tengo sesenta y cinco años, voy a jubilarme el mes que viene con toda la paga; no puedo hacer el tonto ahora.

Noah se detuvo también y su voz, aunque tranquila, adquirió un peso ineludible.

—Tengo casi ochenta, Gibson. Soy uno de los primeros trasplantados de corazón del mundo. ¿Cuánto crees que me queda? ¿Tanto como para pasarme quince días metido en una habitación mirando la pared?

—Pero... creí que ibas a escribir un libro.

—Eres capitán de policía. ¿Quién va a dudar de ti?

Gibson soltó un bufido, una mezcla de exasperación y rendición.

—Cabrón. Lo tenías todo pensado.

—Escucha. —Puso una mano en el hombro de su amigo—. Por mi enfermedad he tomado más precauciones que nadie, acaban de hacerme una PCR en el hospital, y estoy limpio. No voy a contagiaros, ni a morirme, al menos no de covid.

Gibson no era tonto. Hizo una pausa y su mirada se afiló.

—No es por el libro, ¿verdad?

Noah no contestó, pero el silencio fue una respuesta elocuente.

—Claro que no —dijo Gibson mosqueado—. No hay ningún puto libro y yo soy un estúpido de manual. ¿A dónde, milady?

—A Killin, en los Trossachs. Tenemos tiempo de ir y volver antes de que anochezca.

—Sabes que en teoría no se puede salir del distrito de Glasgow, ¿verdad?

—Te mentiría si dijese que no he contado con ello, pero, claro, tú sí que puedes.

—Claro —asintió enfurruñado.

El viaje fue una transición del gris urbano de Glasgow al verde imposible de las Highlands. Gibson conducía en un silencio tenso, robando miradas de soslayo a su viejo amigo, que contemplaba el paisaje como si intentara memorizar cada colina, cada retazo de niebla.

—Toda la información del caso Biblia está informatizada, Noah. —Al fin, rompió la quietud—. Podemos acceder a todo desde mi ordenador, en casa. No hay necesidad de ir a ningún depósito. Hace años que escaneamos cada informe, cada fotografía, cada declaración.

—Lo sé —dijo sin apartar la vista de la ventanilla.

—Entonces, ¿a qué viene tanta prisa? Puedes empezar a trabajar esta misma tarde desde la habitación de invitados.

Noah se giró por fin para mirarle.

—Necesito verlos, Gibson. Los objetos.

—¿Los objetos? ¿Para qué? Son solo trozos de plástico y tela mohosa metidos en bolsas. Las fotos en alta resolución te darán más detalles.

—No es por los detalles. Es por el tacto.

—Noah frotó el pulgar contra el índice, como si sopesara un recuerdo invisible—.

Hay cosas que un archivo digital no puede contener.

El peso de un zapato de mujer, la textura de un trozo de cuerda de tender, el olor rancio de una prueba que lleva cuarenta años guardada en una caja de cartón.

Estuve allí, Gibson. Tuve esas cosas en mis manos.

Mi memoria no está en una pantalla, está ahí dentro.

Gibson negó con la cabeza, pero una sonrisa resignada se dibujó en su rostro. Era el mismo Noah de siempre: el perro de caza que no se fiaba del mapa, sino del rastro que solo él podía oler.

—Hagamos un trato —propuso Noah—. Llévame a Killin.

Mañana iremos al depósito en Glasgow. Permíteme ver el material.

No sé qué estoy buscando, pero lo sabré en cuanto lo encuentre.

Y te doy mi palabra de que después permaneceré encerrado en tu habitación de invitados hasta que transcurran los quince días.

Gibson asintió. Sabía que su amigo mentía, pero cuarenta años de amistad le habían enseñado que Noah Scott Sherrington solo lo hacía cuando la verdad era demasiado peligrosa para compartirla.

Durante el tramo de autopista mantuvieron una conversación amena sobre las familias, el trabajo y el fútbol, pero Gibson fue consciente de cómo Noah enmudecía al llegar a Tarbet; hasta se dio la vuelta para seguir viendo las características almenas sobre las torres del Bay Tarbet Hotel, el lugar que llegó a ser base de la policía cuarenta años atrás, y donde trabajaron durante años la madre y las tías de John Biblia.

Casi como en un eco del tiempo, Gibson preguntó:

—¿Quieres que pare? Quizá te apetezca un café...

—No, no, estoy bien —dijo Noah negándose a parar como entonces.

Killin. El bucólico pueblo turístico de apenas setecientos vecinos, enclavado en una de las preciosas zonas de glens boscosos perteneciente al concejo de Stirling y atravesado por las cascadas del río Dochart, en los Trossachs.

Este era el nombre común con que se designaba toda la zona que abarcaba los bosques, los lochs con sus numerosos brazos de agua, sus lagos recluidos y sus pequeñas islas.

La localidad dormitaba a orillas del lago Tay, que reflejaba el cielo gris como un espejo de acero pulido.

A partir de allí las carreteras se volvían mucho más sinuosas.

Gibson redujo la velocidad y bajó las ventanillas automáticas para respirar el aroma rico y picante de los árboles, incluso bajo las mascarillas.

Superaron la zona de embarcaderos donde los pantalanes se extendían hacia el agua; los botes amarrados a los costados apenas se balanceaban, sostenidos sobre el agua como si estuvieran dibujados.

Se internaron en el bosque y solo se detuvieron una milla más adelante, donde la curva del camino dejaba una vista abierta hacia el lago y hacia la casa que el asesino conocido como John Biblia había compartido con su madre y sus tías hasta la noche en la que, tras estar a punto de ser detenido por Noah, logró huir.

Cuando vio la casa, volvió a preguntarse por qué alguien la llamaría Harmony.

No había nada armonioso en ella. La construcción era un conjunto de habitaciones irregulares —evidentes desde fuera—, pegadas entre sí, casi cosidas a la fuerza.

No había ni rastro del buzón con el apellido Clyde, ni del vallado que ya estaba parcialmente derribado en su anterior visita.

La casa de una sola planta estaba construida en el talud natural que formaba la colina en su descenso al lago y que, a la vez, le proporcionaba protección de los vientos y las miradas, ocultándola en parte.

Persistían, sin embargo, aquí y allá, abundantes matas de lavandas asilvestradas que perfumaban el aire templado.

Este se desplazaba como en un vals cadencioso sobre la superficie del agua.

Gibson apagó el motor, pero ninguno de los dos hizo ademán de bajar. Noah contemplaba la casa con una intensidad que su amigo no comprendía. Harmony. El nombre seguía siendo una burla.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó Gibson—. Puedo traerte mañana, con mejor luz, o...

—Ahora —dijo tajante Noah. Abrió la puerta.

El sendero de gravilla estaba cubierto de maleza. Hierbajos que sobresalían entre las piedras, ramas caídas que nadie había retirado. Noah avanzó despacio y Gibson lo siguió en silencio, consciente de que estaba ocurriendo algo que escapaba a su comprensión.

La puerta principal colgaba torcida de una sola bisagra. Alguien la había forzado, o quizá el tiempo simplemente venció. Noah se detuvo en el umbral.

—No deberíamos entrar sin permiso. Técnicamente, es propiedad privada.

Noah no contestó. Empujó la puerta.

El olor lo golpeó primero. Humedad, moho, madera podrida. Y debajo, muy debajo, algo más. Algo que llevaba cuarenta años esperando. Galleta, col hervida y té. Noah cerró los ojos. El olor seguía allí, intacto en su memoria, más real que el hedor presente.

Abrió los ojos.