Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 40 #2
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—Pero descarta el tipo de trauma que llevaría a una disociación; hablaba de total control de lo que había ocurrido, y de una búsqueda casi académica de respuestas a su situación, una mente analítica que además conecta directamente con su propia obra literaria, y con un ensayo que escribió hace años sobre cómo tomar conciencia de haber sido adoctrinado y de las circunstancias que pueden conducir a alguien a la violencia puede ser suficiente para dejar esa vida atrás.

— Los que paran , lo he leído.

—Este psiquiatra —continuó Nash— sostiene que Newman, Collin, o quien fuera en realidad, simplemente está jugando a un juego de espías. Salta de una identidad falsa a otra para eludir responsabilidades.

—Colt Star es un hombre de treinta y ocho años que existe, no sé si dentro de Benedict Newman o de ese tal Collin. Pero es un alter completo y está al mando.

—Doctora Duval, me parece que estamos dando vueltas para no llamar a esto por su nombre.

—El TID es un diagnóstico controvertido y a menudo mal utilizado.

Pero lo que vemos aquí... —dijo Duval haciendo un gesto hacia las pantallas— no es una fabulación.

Es una estructura. Un alter completo, con su propia memoria motora, sus reflejos, su lateralidad...

¿Sabías que escribe con la mano izquierda?

—Lo sé. A toda esa identidad se une otro hecho: he encontrado varias muestras de su escritura, tan distintas entre sí que parecen de personas diferentes.

Cuando se lo he insinuado al psiquiatra, me lo ha dejado claro: no cree en el trastorno de identidad disociativo.

Cree que es una fantasía, y que insinuarlo confunde a los pacientes.

La doctora tomó aire profundamente.

—No es un síntoma, Nash. Es un sistema operativo diferente. Esto no es demencia. Es algo más complejo. Algo que su mente ha construido por una razón. En cuanto hemos detectado la fuga, se ha avisado a seguridad, pero...

Patricia giró una de las pantallas hacia Nash.

—He meditado mucho antes de llamarte. La personalidad del detective Star es tan arrolladora que en algún momento he llegado a pensar que yo misma podría ser víctima de una alucinación colectiva inducida por él.

La curiosidad de Nash se avivó ante esa posibilidad.

—Anoche, durante la polisomnografía, me dijo que alguien entró en su habitación.

Pensé que era una alucinación hipnagógica, algo normal al despertar.

Pero luego revisé su cuaderno. —Abrió un cajón y sacó unos folios impresos—.

Son fotocopias hechas del cuaderno de bitácora de Colt: nos pidió que se lo dejáramos para relajarse antes de dormir.

Después le sobrevino una migraña y tuvimos que sedarlo, pero por la mañana insistía en que alguien había visitado su dormitorio.

Escribió sus notas sobre el caso, con su caligrafía zurda y angulosa. Pero esta mañana había algo más.

Señaló una nota al pie de la página, escrita con trazos furiosos: «IMPERDONABLE».

—¿Crees que alguien entró en su habitación para dejar esta nota?

—Alguien entró, de eso no tengo dudas, pero la nota la escribió Colt.

—Esta no es su letra —dijo Nash—. No es la de Colt. Y, desde luego, no es la de Benedict.

—Pero hay más...

La doctora pasó a una página en blanco donde había otra nota arrancada de otro lugar y metida entre las hojas. La letra era distinta a las otras tres: irregular, fuerte, escrita en un inglés con errores.

«El puto crío no para de llorar. Me tiene harto. Te juro por Dios que, o se calla, o lo ahogo.»

Nash sintió el frío instalarse en la base de la espalda. Aquellas palabras no pertenecían a un detective ni a un escritor. Pertenecían a un monstruo.

—Dices que alguien ajeno al hospital entró en la habitación.

—Nash, ayer no le di importancia, pero hoy, tras su fuga, he revisado las imágenes. Mira esto —dijo con voz sombría.

Nash notó un hormigueo en la nuca, esa advertencia primitiva que su cuerpo lanzaba antes de que su mente comprendiera el peligro.

La doctora tecleó en el ordenador y abrió en la pantalla principal una secuencia de vídeo.

—El ataque de migraña se produjo a las 03:17. Lo sedamos. A las 04:52, esto es lo que grabaron las cámaras.

La imagen en infrarrojos mostró cómo la puerta de la habitación se abría muy despacio.

Entró una figura vestida con ropa de hospital y un gorro quirúrgico.

Se movió fuera del encuadre principal, que estaba centrado en la cama.

Solo se veía un brazo acercándose al paciente dormido.

Permaneció allí, observándolo en silencio, hasta que Colt abrió los ojos.

Parpadeó, emergiendo del sueño. Miró al visitante sin temor ni sorpresa.

Al fin y al cabo, era un médico en un hospital.

Y, entonces, la voz del extraño. Un susurro grabado por los micrófonos de alta sensibilidad.

«¿Me recuerdas?»

Un nudo de hielo se formó en el pecho de Nash. No había duda. A pesar de la distorsión, de la calidad de la grabación, reconoció la voz.

«Te equivocas. ¿No ves que no puede ser?», oyó la voz de su madre y casi a la vez descartó la idea.

Nash salió de la unidad del sueño como una autómata. El mundo parecía haberse desenfocado. La voz. Esa voz. Se apoyó contra la pared fría del pasillo, respiró profundamente intentando anclar su mente a la realidad. Sacó el teléfono. Buscó el número que le había dado Amaia Salazar. Marcó.

Tras un «Espere, por favor», una voz masculina, pausada, educada y con una autoridad natural, contestó al otro lado. Nash se presentó y la voz respondió:

—Viene con la mejor de las recomendaciones. Dígame, ¿qué puedo hacer por usted?

—Se trata de un caso... peculiar. Amaia Salazar me ha dicho que quizá usted pueda ayudarme.

—Si se lo ha dicho Salazar, no le habrá dicho «quizá». Le habrá dicho «seguro».

Nash cerró los ojos. La petulancia no restaba certeza a aquella voz. Era un ancla.

—Tiene razón —admitió—. Ella dijo que usted es quien puede ayudarme. Las dudas son todas mías y por eso tengo que hacerle una pregunta.

—Adelante —dijo con serenidad. Su voz era poco más que un susurro.

—Yo también soy psiquiatra y no me es ajeno que muchos colegas opinan que el trastorno de identidad disociativo es una patraña.

Doctor, no sé a qué nos enfrentamos, pero su respuesta me dirá si puede ayudarme o no.

—Pareció que contenía la respiración antes de preguntar—: ¿Cree usted que existe el trastorno de personalidad múltiple?

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Cuando el padre Sarasola respondió, cada palabra cayó con el peso de una sentencia.

—Creo hasta en la posesión demoníaca.