Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 40
47%

40

La única luz en la sala de control de la unidad del sueño provenía del parpadeo rítmico de media docena de pantallas.

Era un santuario de silencio clínico, roto solo por el suave zumbido de los servidores y el casi imperceptible silbido de la ventilación.

La doctora Patricia Duval estaba sola, con la taza de café enfriándose a su lado, el gesto preocupado y la vista fija en los monitores.

En la pantalla principal, una imagen en infrarrojos de la noche anterior mostraba al paciente en la cama.

Benedict Newman, o la personalidad que lo habitaba.

Dormía de lado, el rostro en calma, ajeno a los electrodos que salpicaban su cráneo y a los sensores que medían cada uno de sus latidos, cada bocanada de aire.

En las pantallas secundarias, las ondas cerebrales dibujaban valles y picos de un sueño profundo y sin alteraciones. Todo normal. Demasiado normal.

Patricia Duval se reclinó en su silla, el cuero crujió.

Su trabajo era analizar datos, encontrar patrones, diagnosticar anomalías orgánicas.

Y los datos decían que el cerebro de aquel hombre funcionaba con la precisión de un reloj suizo.

No había apneas, ni despertares parciales, ni rastro de actividad anormal.

Kutz y sus teorías sobre una demencia oculta o un tumor se desvanecían con cada trazado regular del electroencefalograma.

Pero su atención volvía siempre a la imagen del hombre en la cama.

No veía a un paciente de sesenta y ocho años.

Veía al detective de treinta y ocho que esa misma mañana, en el juzgado, la había cogido del brazo con una firmeza protectora y una galantería de otra época.

Veía al hombre que la había llamado «cariño» con una mezcla de insolencia y sinceridad que la desarmó por completo.

Y tuvo que admitirlo en la soledad aséptica de aquella sala: no estaba analizando a Benedict Newman, el escritor frágil y atormentado que los demás veían.

Estaba pensando en Colt Star. Y le gustaba.

«Dios mío, Patricia, ¿qué estás haciendo?

», se reprendió. Era la primera vez. En veinte años de carrera, entre residentes, adjuntos y pacientes, jamás había sentido esa vibración, esa peligrosa curiosidad que trascendía el historial clínico.

Se preguntó cómo sería el verdadero Newman.

¿Le habría gustado? Lo dudaba. Por las descripciones de su editora, imaginaba a un intelectual brillante pero ensimismado, un genio en su torre de marfil.

Colt, en cambio... Colt era un hombre anclado a la tierra, un animal herido que aun así se erguía para proteger a los demás.

No era una mente enferma fabulando; era una fortaleza, y se preguntó hasta qué punto inexpugnable.

Su teléfono vibró sobre el mostrador, sacándola de sus pensamientos.

—Doctora Duval, ha llegado Nash Elizondo. ¿La recibirá en su despacho?

—No, estoy en Control de Sueño, indíquele cómo llegar hasta aquí.

Cuando Nash entró, la doctora Duval se limitó a señalar una silla junto a la suya y frente al mostrador. El contraste entre la penumbra de la sala y la cruda luz de los monitores creaba un ambiente irreal. En las pantallas, distintas imágenes de Benedict Newman durmiendo.

—Gracias por venir. Lo lamento muchísimo, Nash, y siento que esta vez es por mi culpa.

Traté de darle un poco de intimidad para que se sintiera bien, para convencerlo de la importancia de seguir adelante con el tratamiento, pero al detective Star lo rigen otras normas.

La policía lo está buscando, y, aunque entiendo que puedas estar preocupada, de algún modo sé que, dondequiera que esté, está bien. A su manera, sabe cuidarse.

Nash asintió.

—Lo que me preocupa no es tanto su integridad física, sino que esté incumpliendo la orden del juez. Si la revoca, pueden internarlo en un centro psiquiátrico. O incluso cansarse y dejarlo en manos de la policía.

—Estoy segura de que aparecerá pronto. Pero, como su psiquiatra, es imprescindible que estés informada de algunas cosas que están pasando y que me parecen llamativas.

Puede que estén relacionadas con su fuga.

Me refiero a las motivaciones que tiene Colt para salir de aquí, y que quizá arrojen luz sobre lo que está ocurriendo.

—¿Es por el doctor Kutz?

—No te preocupes por Kutz, está furioso, pero es su problema.

Intenta forzar una medicación antipsicótica que podría enmascarar los síntomas orgánicos que busco, y las pruebas de sueño me dan la coartada perfecta para impedirlo.

—Su tono era cortante, profesional—. Colt no quiere tomarla, y no vamos a obligarle.

—Colt... —señaló Nash—. Nunca te refieres a él como Newman.

—El paciente —corrigió la doctora.

—No te disculpes, me pasa lo mismo. Solo he conocido al detective Colt Star; no sé cómo es Benedict Newman, no lo conozco, y tampoco estoy segura de que me gustara demasiado.

La doctora asintió, consciente de que un momento antes ella había pensado lo mismo.

—Está convencido de que la medicación es un veneno para nublarle la mente e impedir que resuelva el caso. Protegerte a ti y a tu padre es su única prioridad, y esa prioridad es auténtica. No es una fabulación.

Nash asintió, asimilando la información. La lealtad del detective trascendía la ficción. Fue así desde el primer momento.

—Todo el personal de seguridad y enfermería del hospital lo está buscando. Es... desconcertante —informó Duval.

—¿Cómo estaba cuando lo viste por última vez? —preguntó Nash.

La doctora Duval suspiró frustrada señalando los vídeos en las pantallas.

—Perfectamente. Estaba en su habitación, tomando notas en su cuaderno de bitácora.

Tan tranquilo, concentrado... —Hizo una pausa—.

Nash, esta tarde estaba preocupada porque sentía que se me acababa el tiempo que podía darle a Colt.

He agotado todos los TAC, resonancias y electroencefalogramas que podía justificar.

Empezaba a preguntarme cómo iba a conseguir retenerlo en Neurología, sin dar paso a Kutz, y entonces se me ocurrió ingresarlo en la unidad del sueño, pero después de esto no sé cuánto tiempo más podré hacerlo.

—Entiendo a lo que te refieres. Con esta fuga..., el juez no dudará en firmar la orden de ingreso en el ala más segura.

—Directo a la planta de psiquiatría —dijo la neuróloga amargamente—. Y eso, Nash, es lo que me temía. Kutz está empecinado en una sola dirección, y se equivoca.

—Sí, en pocas palabras, es lo que expuso en su propuesta preliminar ante el juez. Quizá esquizofrenia. O, si se pone más... flexible, un trastorno límite.

Duval negó tajante, apretando los labios, aunque su tono se suavizó al hablar del paciente.

—Pero es que él no ha pasado tiempo con...

con el detective Star. Yo sí. Horas. Y no soy psiquiatra, lo sé.

Mi trabajo era descartar lo físico, y te lo aseguro: su cerebro está intacto, no hay lesiones, no hay nada.

Pero lo que yo he visto... —Se detuvo de nuevo, como si buscase las palabras—.

No es un delirio. No es un paciente psicótico fragmentado.

Es una persona plena, equilibrada y completa.

Nash dejó salir el aire de sus pulmones.

Aquella posibilidad había rondado por su cabeza en las últimas horas; era sin duda lo que la había empujado a buscar respuestas en el psiquiatra que trató a Newman en el pasado, y después en Amaia Salazar.

Le producía vértigo, pero asintió animándola a continuar.

—Coherente, astuto, con sus propios recuerdos, su propio sentido del humor..., bastante cínico, por cierto. Hablamos durante horas de su investigación. En ningún momento perdió el hilo. Es un sistema sólido, Nash.

—Pero hay algo que no podemos olvidar, y es que, por más que nos guste, el detective Star es un personaje de ficción que hasta hace poco solo estaba en su cabeza, algo que el propio Newman ha imaginado, y eso es a lo que Kutz insistirá en llamar... «voces».

—¡Ahí está la clave! No son «voces». Son pensamientos.

—Se inclinó hacia Nash bajando la voz—. Tuve que preguntárselo con mucho cuidado; no quería que se sintiera...

examinado. Hablábamos de su forma de pensar, y le comenté si alguna vez sus ideas le parecían...

ajenas, como si vinieran de fuera de él.

Nash asintió, valorando la profesionalidad, entendiendo la sutileza.

—Buscabas alucinaciones auditivas externas.

—Y no las hay. Me miró extrañado. Me dijo: «Doctora, no oigo cosas. Son mis pensamientos. Solo que... a veces no siento que sea yo quien los piensa». —Tomó aire profundamente—. Es un monólogo interno, pero uno que él no controla. No oye a nadie fuera; lo siente dentro.

—Un pensamiento egodistónico. Eso, desde luego, no encaja con un diagnóstico de esquizofrenia clásica.

—Claro que no —afirmó con vehemencia—. Pero Kutz oye «pensamientos que no controla» y salta directo a la psicosis. Si lo ingresan, si lo empiezan a medicar para algo que no tiene..., lo van a destrozar.

—Doctora..., Patricia. —Buscaba comunicarse con la mujer antes que con la doctora—.

He podido hablar con un psiquiatra que trató a mi...

, a Benedict, en el pasado. Parece que entonces descubrió otra identidad de Newman.

Él se inclina a creer que esa era la auténtica, una identidad de la que debió huir para escapar de su pasado y de la justicia.

Su teoría es que Benedict Newman es la falsa identidad, pero habla de una infancia traumática y una juventud dirigida hacia la lucha armada.

Duval la escuchaba con las manos entrelazadas sobre el regazo, sin parpadear.