Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 39
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El día comenzó mal para Annie «la Pantera»; la mañana la había engañado con la promesa falsa de un sol de verano, pero la tarde se tiñó con nubes plomizas vomitadas desde el Atlántico.

Ahora, una lluvia tibia y pegajosa empañaba los cristales, haciendo sudar a la casa entera.

Afuera reinaba el bochorno propio de finales de junio, pero dentro Annie sentía un frío de morgue que le trepaba por la médula.

El aire olía a cerrado, a la humedad que devoraba las paredes y al aliento amargo de las medicinas del frasco en la mesita.

El papel pintado, un campo de flores desvaídas, se combaba en las esquinas, rindiéndose.

Había sido un mal día, no pasaba nada; últimamente casi todos lo eran.

Solo que este la había decepcionado. Arrancó el motor demasiado temprano, con la resolución de antaño, embutida en su mejor traje, con el pañuelo de seda al cuello, su único bolso colgando del hombro y unos zapatos que, por la mañana, aún guardaban las formas, pero que, a media tarde, se convirtieron en dos cepos dentados.

Un tren y dos autobuses para llegar al centro y escuchar a un abogado demasiado joven que seguro que aún vivía con sus padres y olía a colonia de bebé.

Habían transcurrido treinta y seis horas desde que la policía se había presentado ante su puerta sin previo aviso. Le soltaron que tenían motivos para creer que su hermano seguía vivo. En España. Para confirmarlo, solo necesitaban un poco de su ADN de vieja. Una nadería.

A la vieja pantera aún le quedaban garras.

Los mandó a la mierda. Collin estaba muerto; lo sentía en las tripas, en cada fibra de su cuerpo.

Su hermano, el niño al que crio a pulso tras el funeral de sus padres, el chaval rudo de pelo tan negro como el de ella y ojos de un azul imposible.

Su hermanito estaba muerto. Tenía que estarlo.

De lo contrario, habría vuelto a por ella. Su pantera. Habría dado una señal.

Daba igual, pensó mientras el whisky le quemaba la garganta.

El médico le había prohibido mezclarlo con las pastillas, pero era la única forma de comprar un par de horas de sueño antes de que el dolor la despertara aullando en mitad de la noche.

Si Collin seguía vivo y había decidido mantenerse oculto, tenía razones de sobra; que esos cabrones no esperaran que ella lo vendiera por un plato de lentejas.

Pero toda la rabia con la que salió de casa se fue por el sumidero en el despacho del abogado.

El tipo le aclaró que podía resistirse, pero solo retrasaría el hecho; al final, conseguirían la muestra, un juez podía obligarla.

El terrorismo no prescribe, le dijo. «¿De qué terrorismo hablas, muchacho?

Doyle fue un héroe de este país.» El niñato la miró con esa mezcla de condescendencia y lástima con la que miran ahora los jóvenes, sin rastro de la valentía de las miradas de entonces.

Cerró los ojos y la imagen de la última vez que vio a su hermano la golpeó.

El tufo a salitre y a pescado, la cubierta resbaladiza de un pesquero bailando sobre las aguas negras del Foyle.

La silueta de Collin, tan joven, saltando con la agilidad de un gato hacia la negrura, hacia otro barco que aguardaba en alta mar. Un fantasma borrado por la noche.

—Me cago en Gerry Adams y en la madre que lo parió —susurró.

Había cosas que nunca cambiaban, y la bota del jodido Reino Unido sobre sus cuellos era una de ellas; pero de algo estaba segura, y era de que prefería la muerte a dar a esos cabrones ni la hora.

Exhaló agotada. No podía pensar más. El dolor era un lastre.

Se metió otro trago y se echó a la boca dos pastillas más.

El timbre de la puerta aulló estridente. El corazón le dio una coz en el pecho. Volvían.

«Que os den por culo», pensó furiosa, y sus ojos de pantera refulgieron con un brillo antiguo.

Gritó hacia la puerta, la voz rota y empastada por los fármacos y la rabia. El timbre vibró de nuevo.

—¡Largo de aquí! ¡Hablen con mi abogado!

Con un quejido animal, se irguió sobre los brazos de la butaca. El dolor fue una descarga eléctrica. Recordó la tarjeta. Cojeó hasta el bolso abandonado sobre la mesa y sacó el cartón satinado con el nombre del abogado. Se lo iba a meter por los ojos.

Llegó a la puerta, la respiración agitada. Miró por la mirilla empañada mientras se preguntaba dónde habría dejado las gafas. Nada. Solo el resplandor anaranjado y enfermo del farol cercano y el latido hipnótico de la lluvia. La calle era una tumba.

Frunció el ceño. ¿Una jugarreta de las pastillas?

Confundida, regresó al sillón y se desplomó en él.

Entonces, un golpe seco en la puerta trasera.

El gato, pidiendo refugio y empujando la trampilla.

Pero, un segundo después, el quejido seco y familiar de los tablones de la cocina bajo un peso que no podía corresponder al gato.

El aire se le heló en los pulmones. El corazón, desbocado, le aporreaba las costillas.

Clavó la vista borrosa en el umbral oscuro de la cocina y se frotó los ojos intentando enfocar.

Allí, una silueta recortada contra el pálido rectángulo de la ventana.

Una silueta que su sangre reconoció al instante.

«Estoy muerta. O las pastillas por fin me han frito el cerebro. Es un fantasma.»

—¿Collin? —Su voz fue un susurro roto—. Collin, ¿eres tú?

Se acercó a ella, y la penumbra del salón le modeló el rostro. Sonreía. Era su sonrisa, esa mezcla de encanto y decisión del pequeño soldado de los Doyle.

—Hermanita, soy yo. —Y su voz era un eco que cruzó un océano de años—. He venido a por ti.

Ella le devolvió una sonrisa temblorosa que le agrietó los labios mientras tomaba conciencia de que había muerto y su hermano había venido a buscarla.

Las lágrimas le quemaron los ojos. Se puso en pie, aferrándose a la butaca, y avanzó hacia él con la lentitud de una sonámbula, los brazos extendidos, con la necesidad febril de tocarlo para conjurar al fantasma.

Cuando estuvo a su alcance, alzó una mano y le acarició la mejilla. Fría. Tersa. Como si el tiempo no hubiera dejado su marca en la piel.

Él la estrechó en un abrazo, y Annie se dejó hundir en él, aspirando un olor a noche y a tierra mojada. Era real. Estaba en casa. Fue entonces cuando él, con una delicadeza letal, tomó las dos puntas del pañuelo de seda.

Y tiró.

La sorpresa en sus ojos mutó en un terror sordo y confuso. No hubo lucha. Su cuerpo, envenenado por las drogas y la enfermedad, no respondió. Solo sintió aquel abrazo de acero, la seda mordiéndole el cuello, robándole el aire, el dolor y, por último, hasta el recuerdo.