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Desconocer la propia naturaleza es algo que jamás ocurre a un animal, solo a los humanos. Llamar animales a las bestias que vagan entre nosotros es un agravio al sistema natural.
B ENEDICT N EWMAN , en Los que paran
Noche en Ciudad
«Soy un viajero afiebrado que vaga en este desierto de desesperanza», pensé mientras miraba el cielo raso del hospital.
Abandoné la cama, me senté en el quicio de la ventana y apoyé la cabeza en el marco, tomando de nuevo conciencia de mi herida.
Hacía un par de horas, mi enfermera favorita me había sometido a la dulce tortura de quitarme los doce puntos, cortesía del Departamento de Policía de Ciudad.
Me llevé los dedos hacia el lugar un poco inflamado que hacía despuntar los pelos que seguían creciendo ajenos al desastre.
Acaricié la zona con las yemas, venciendo el impulso de rascarme.
Encendí un cigarrillo y me concentré en pensar, sintiendo cómo, casi de inmediato, la migraña regresaba, como un reflejo a cualquier intento de reflexionar, como un eco no del porrazo del pipiolo, sino de la pregunta que me había dejado aquel visitante en la penumbra de mi primer despertar: «¿Me recuerdas? ».
No era una pregunta simple; albergaba otras que yo estaba seguro de tener que responder para calmar aquella inquietud creciente en mi alma.
¿Qué sabes?, ¿cuánto sabes? A pesar de la amenazante migraña, me devanaba los sesos buscando entre mis recuerdos aquella mirada que anhelaba saber cuánta información quedaba en los archivos dañados de mi memoria; quería confirmar cuánto sabía.
¿Qué pieza del puzle tenía yo sin ser consciente de ello?
Esta teoría se había vuelto certeza en las últimas horas, provocándome una profunda melancolía, como si hubiera despertado enfermo de una depresión ajena.
Y aquella mirada azul...
No, maldita sea, no lo recordaba. No podía estar seguro de si era debido a que jamás lo había conocido o a que el golpe que me había sacudido el pipiolo había fundido la mitad de mi memoria interna.
Ojeé de nuevo el cuaderno de bitácora y la palabra subrayada con aquella letra imperiosa y ajena.
Casi un arañazo en la piel de papel. «Imperdonable.
» Sentía que en alguna parte de mi cabeza estaba la respuesta, tras una puerta cerrada de la que había perdido la llave.
Aspiré una profunda calada y cerré los ojos, dejando que el veneno de la nicotina hiciera su trabajo. Aquella mirada: «¿Me recuerdas?».
Justo cuando mi mente rozaba el significado, una taladradora al rojo vivo se clavó detrás de mi ojo derecho. El dolor, un guardián feroz, me apartó de golpe de ese recuerdo prohibido. Jadeé en silencio.
La puerta de la habitación se abrió sin ruido. Era Matilda, mi enfermera de noche. Una mujer construida con silencios y miradas largas, de esas que parecen sopesar el alma. Se movía con la eficiencia de quien ha visto demasiado.
Me encontró junto a la ventana, apurando el cigarrillo. Se detuvo a mi lado y se inclinó para inspeccionar el estado de mi herida. El humo del tabaco se mezcló con el olor a antiséptico y a la vida dura que ella arrastraba.
—¿Qué tal la cabeza, detective?
—El cráneo está bien, es el cerebro lo que me preocupa.
—¿Cómo es eso?
—Hay una especie de confusión que me atenaza hasta doler cuando intento pensar, todo se vuelve oscuro y denso, como gelatina.
Su labio inferior desapareció engullido en su boca mientras tomaba aire por la nariz. Suspiró.
—Es este lugar. Estas paredes se comen el color del alma, detective. La dejan gris; lo llaman depresión hospitalaria, pero yo creo que es el peso de los muertos.
El peso de los muertos. Sabía a qué se refería.
—¿Tú lo sientes? —pregunté, aunque ya sabía que sí.
—Hay noches que pesan más que otras —dijo mirando a través del cristal las luces lejanas de Ciudad—. ¿Piensa en la muerte, detective?
Me arrebató el cigarrillo de entre los dedos, sacó uno del bolsillo de su uniforme y lo encendió con el mío antes de devolvérmelo.
Le di una calada profunda y contesté:
—No es la muerte lo que me preocupa, Matilda. Es no recordar a quién le debo la próxima bala.
No sonrió, pero sus ojos lo hicieron por ella, una chispa fugaz de comprensión en la oscuridad. Estuvo allí, fumando en silencio y mirando los halos parpadeantes de la urbe hasta consumir el cigarrillo. Aplastó la colilla en el alféizar, en el mismo lugar donde lo hice yo, y dijo:
—No es ninguna tontería eso que dice, detective. Si la mitad de los que vagan heridos por el mundo supieran a quién le deben la próxima bala, la vida de muchos cobraría sentido.
Se acercó a la cama y dejó una pastilla blanca en mi mesilla.
—Sea un buen chico, señor Star. Tráguesela. Necesita descansar y descargar parte de esta oscuridad que atenaza en las noches de hospital.
Para contentarla, me acosté y me dejé hacer. Matilda me arropó con una eficiencia casi maternal.
—¿Le debes una bala a alguien, querida?
—Más de una... —contestó pensativa.
—Buenas noches, Matilda. Que la noche te sea leve.
Asintió con esa media sonrisa suya y se fue.
Esperé quince minutos antes de salir de la cama y comprobar que el pasillo estaba vacío.
Esa noche no había estudio, ni cámaras, ni micrófonos.
Deshacerme del camisón del hospital fue como arrancarme una piel que no era la mía.
Vestirme con mi ropa —la camisa, el pantalón, la corbata— fue un ritual. Volver a ser Colt Star.
Justo antes de moverme, mi reflejo me devolvió la mirada desde el cristal oscuro de la ventana.
Era yo, con mi corbata y mi cansancio. Pero, por un instante, un parpadeo, no eran mis ojos los que me miraban.
Eran dos fragmentos de un cielo helado, una mirada azul y penetrante que no era la mía, ni la de Newman, ni la del visitante.
Algo me estaba ocurriendo, algo cortocircuitaba en alguna parte.
Miré de nuevo la habitación del modo en que uno lo hace cuando deja los lugares donde fue moderadamente feliz, aunque sabe que no regresará.
Pensé en Patricia y en su beso, y una sonrisa se dibujó en mi rostro.
No podía olvidar el modo en que me había acompañado al juzgado, cómo me había advertido sobre el doctor Kutz; le debía hasta este refugio que me había conseguido en el laboratorio del sueño.
Me gustaba, me gustaba de verdad; quizá por eso sentí una punzada de remordimiento por traicionarla fugándome de nuevo.
Pero ¿qué iba a hacer? Me había dado una ventana para hombres, no para pájaros enjaulados.
Se abría lo suficiente. Treinta centímetros de libertad.
Mis zapatos cayeron primero, un golpe sordo en los arbustos.
Luego la chaqueta, con el cuaderno de bitácora en el bolsillo interno.
El aire cálido de la noche de Ciudad escalaba la colina sobre la que se encontraba el hospital, se mezclaba con el perfume de las flores que solo se abrían a la luna y con otro aroma que me recordó al salitre.
Dediqué una última mirada a la única habitación del hospital que no lo parecía.
Y decidí que encontraría el modo de conseguir que Patricia me perdonara.
Pero Matilda tenía razón, hasta que aquella bala no tuviera grabado un nombre, mi vida no tendría sentido, y lo peor de todo es que otras vidas estaban en juego.
La hija de Newman se había convertido en mi cliente, sí, pero también en mi norte.
Y mi honor me exigía proteger ese norte a cualquier precio.
Ella, sin saberlo, era la única llave que me importaba encontrar.
La tubería de desagüe bajaba paralela a una conducción de cableado; apoyándome en ambas, las convertí en mi escalera hacia el infierno o la salvación.
El estucado de la pared gruesa y rugosa me brindó un agarre más que decente para los pies, enfundados solo en los calcetines.
El descenso fue torpe, un diálogo de quejidos entre mis músculos y el metal.
Mis pies encontraron el saliente que circundaba la fachada. El último salto fue un acto de fe.
Aterricé en cuclillas, entre el olor a tierra.
Me puse los zapatos, me ajusté la corbata y salí de la zona ajardinada para ser una silueta más en la noche.
A mi espalda, el hospital era una mole de luz estéril.
Delante, la carretera poco transitada a aquellas horas descendía hacia el centro de Ciudad, donde las calles parpadeaban, llenas de mentiras y neón. Empezaba la caza.