Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 37 #4
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—¿Y si no fuera en la cárcel? ¿Y si ese asesino no hubiera sido capturado?

La Redondo la miró, y su expresión se había vuelto seria, casi grave.

—Eso sería bailar con el diablo. —Y la frase cayó como un mazo—.

La pregunta clave no es si un escritor sería capaz de matar para tener éxito, doctora.

La pregunta es si un asesino sería capaz de no escribir sobre ello.

Algunos monstruos no buscan un escondite, sino un escenario...

y un público. La vanidad es un hambre más voraz que la propia maldad.

Mientras la Redondo hablaba del diablo, su mirada se perdió en el exterior.

El sol de la tarde comenzó a caer y el mar, antes de un azul amable, se teñía ahora de un gris acerado y profundo.

Las olas rompían contra las rocas invisibles al pie del acantilado con una furia sorda, un eco de la violencia de la que hablaban.

—Por razones obvias, no conozco ningún caso, pero al menos un escritor en China y una escritora estadounidense fueron capturados por la policía por narrar en sus novelas los crímenes que habían cometido años atrás.

El afán de éxito, de ir un paso más allá, los había llevado a desvelar detalles que solo los asesinos podían conocer.

«Y si todo el universo literario de Benedict hubiera sido una forma de gritar un secreto», pensó Nash. Contestó con una pregunta que ya no era un estilete manejado con precisión, sino una súplica torpe:

—¿Crees que en ese caso el acto de escribir sobre un crimen puede ser una forma de confesión o de aliviar una conciencia culpable?

—Lo desconozco. Creo sin ninguna duda que un trauma infantil puede ser procesado a través de la escritura para intentar superarlo, igual que las debilidades y las adicciones.

No es un secreto que muchos escritores utilizaron episodios de su biografía para completar sus novelas, desde El jugador de Fiódor Dostoievski hasta Bukowski o Marguerite Duras con el alcoholismo.

Si algo forma parte inseparable de tu vida, es normal que termine reflejándose en tu obra.

—Así que, si fueras un asesino, tarde o temprano eso también se reflejaría en tu obra.

—Lo que planteas es muy desconcertante...

—Un escritor es, en esencia, un dios en el universo que crea.

Decide quién vive, quién muere, quién sufre.

¿Ese poder absoluto en la página se queda siempre ahí?

¿O existe el riesgo de que un autor se acostumbre tanto a manejar la vida y la muerte que esa sensación de poder se filtre en su forma de ver el mundo real?

Mientras Nash hablaba, una sombra inesperada cubrió la estancia. Miró hacia el ventanal y vio cómo un frente de nubes oscuras, de un color morado y denso, avanzaba desde el horizonte, devorando el azul del cielo. El viento comenzó a silbar contra el cristal.

—Nash..., podríamos seguir hablando eternamente de mí, de mi vida y de cómo trabajo, de cómo me cuido del mal, de cómo evito asomarme al abismo.

Pero al final, esa es solo mi experiencia, mi forma de anclarme.

La pregunta importante no es sobre mí, ¿verdad?

Es sobre Benedict Newman. Leí su ensayo, Los que paran . Es brillante. Aterradoramente lúcido.

—¿Lo has leído? —preguntó sorprendida.

—Por supuesto. Creo que es, con mucho, la obra de Newman que más habla de su propia naturaleza.

Y opino como él: el poder está en el lenguaje, en la narrativa interna, en la verdad de quién eres.

Lo que varía es de dónde bebes, dónde están tus fuentes, cuál es tu palacio.

Pensemos en ello por un momento, no como médicos, sino como narradores.

La creación de un alter ego como Colt Star...

no es necesariamente una huida. En ocasiones es la forja de un instrumento.

Una herramienta con la personalidad y la dureza necesarias para enfrentarse a un mundo que el «yo» original, el de Benedict, considera insoportable o para el que se siente incapacitado.

Un escritor no siempre crea fantasmas para huir de la realidad, doctora.

A veces crea soldados para poder luchar en ella.

Recuerdo un pasaje de Henry Miller sobre la pureza y lo inmutable.

Algo así como que un ángel puede arrastrarse por el lodo más inmundo y salir incólume, porque su naturaleza es ser un ángel.

Justo en ese momento, la luz de la casa parpadeó una, dos veces, y se apagó.

Un rayo restalló, esta vez directamente sobre ellas, y siguió un terrible trueno que hizo vibrar los cristales.

Por un segundo quedaron en una oscuridad casi absoluta, solo rota por el brillo azulado de la pantalla del móvil de Nash sobre la mesa.

Otro relámpago iluminó la escena con un fogonazo cegador, congelando el rostro de la Redondo, cuyos ojos parecieron dos pozos oscuros y profundos.

Y en esa oscuridad, su voz sonó como un susurro final, devastador.

—La pregunta que debes hacerte, doctora, no es si tu padre se arrastró por el lodo. Todos lo hacemos. La pregunta es...: ¿cuál es su verdadera naturaleza?