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—No puedo hablar por Benedict, pero que alguien pueda sugerir eso es algo ofensivo.
En una ocasión estaba en una emisora de radio, en una especie de mesa redonda en la que, además del conductor del programa, había varios periodistas.
Comenzó la entrevista y, más o menos a la mitad, tuvimos que hacer una pausa para que entrasen los informativos.
Estuve escuchando las noticias mientras los demás se tomaban un descanso.
Cuando retomamos la entrevista, uno de los periodistas me dijo: «No te leo.
Crímenes, adolescentes muertas..., demasiado violento para mí.
Me pregunto qué hay en la mente de alguien que escribe cosas así».
—¿Qué le contestaste?
—En la mente de alguien que escribe cosas así hay una gran sensibilidad, una gran empatía en la que la literatura actúa como un cedazo para cribar la realidad, que en ocasiones me resulta insoportable.
No puedes leer mis novelas porque son demasiado violentas para ti, pero te estabas descojonando de risa durante los informativos que acabamos de escuchar, en los que contaban cómo, tras los intensos bombardeos en Siria, se vieron obligados a almacenar los cadáveres de los recién nacidos en refrigeradores de helados.
Nash asintió. Se notaba que la mención aún la ofendía.
La Redondo se levantó y caminó hacia una de las estanterías, donde, entre los lomos de gruesos volúmenes, descansaba un pequeño marco de madera.
Lo tomó un instante entre sus manos —en la fotografía se la veía recostada junto a otra mujer y a un bebé recién nacido— antes de volver a dejarlo en su sitio.
No dijo nada, pero el gesto fue una declaración: su conocimiento de la oscuridad no nacía de la afinidad, sino de la necesidad de proteger aquella luz.
—¿Has escrito alguna vez sobre un crimen real? —continuó Nash, entendiendo que la pregunta ahora tenía un peso diferente.
La escritora regresó a su lugar en la mesa y se sentó de nuevo.
—No escribo true crime , si es a lo que te refieres. Pero claro, vivo en el mundo, veo las noticias, soy consciente de la violencia que vivimos. Es imposible que eso no termine reflejado en lo que escribo; en varias de mis novelas construí una ficción alrededor de una historia que me impresionó.
Nash lo pensó.
—Hay una línea que en mi profesión es sagrada: la distancia con el sujeto.
Entender, sí. Justificar, nunca. Empatizar, con un cuidado infinito.
En tu mundo, un escritor que establece una relación con un asesino para nutrir su obra, ¿no corre el riesgo de que el abismo le devuelva la mirada... y le guste lo que vea?
La escritora no contestó de inmediato. Dejó su vaso sobre la recia madera de haya, y el leve sonido resonó en el silencio que acababa de nacer.
Se levantó con una calma deliberada y caminó hacia el gran ventanal, dándole la espalda a Nash.
Se quedó allí, inmóvil, observando cómo el mar comenzaba a oscurecerse con el avance de la tarde.
La maniobra era clara: estaba tomando el control, obligando a Nash a esperar en su territorio, bajo sus reglas.
Nash no alzó la voz, pero sus palabras cortaron el silencio con la precisión de un láser.
—Es una técnica excelente: crear una pausa dramática, darle la espalda al interlocutor, usar la inmensidad del paisaje para empequeñecer la consulta... Me pregunto si la utilizas con tus personajes o solo con tus visitas.
La Redondo permaneció inmóvil un segundo más, pero Nash pudo adivinar una levísima sonrisa en su reflejo en el cristal antes de que se girara y le concediera el punto con la mirada.
El duelo alcanzó un nuevo nivel de respeto mutuo.
Solo cuando pareció haber encontrado la respuesta en el horizonte, se volvió sin prisa, pero contestó con una pregunta.
—¿Hablas del riesgo de romantizar al asesino o de romantizar el asesinato?
Nash sintió cómo su coraza profesional se agrietaba. Se inclinó hacia delante, casi como si el peso de la conversación la estuviera aplastando. Su voz, al salir, fue un susurro ronco, despojado de toda autoridad.
—No lo sé —reconoció, y la confesión era para sí misma—. Si tuvieras la oportunidad, ¿te documentarías... directamente con un asesino?
La pregunta quedó suspendida en el aire, cargada de un peso casi insoportable. La Redondo observaba a la mujer rota que tenía delante y decidió no jugar más.
—No, no lo haría —dijo categórica.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Porque tuve esa oportunidad, cariño.
—¿Conoces a un...?
—No llegué a conocerle en persona. Fue cuando escribí El guardián invisible ; la historia de la pequeña asesinada por una secta es real.
Una de tantas víctimas sin justicia, un caso olvidado durante decenios.
Cuando publiqué la novela, uno de los miembros de la secta me contactó, quiso contarme «su versión».
—Y no le escuchaste.
—Ya te he dicho que tengo claro qué lugar ocupo. Soy una escritora, me debo a la literatura. Jugar a polis y cacos es para el patio de la escuela.
—Pero ¿sería descabellado pensar que un escritor lo hiciera?
—No, no lo es —dijo pensativa—. Mira, escribir no es el sueño de mucha gente, porque de hecho es un sueño fácilmente realizable: no tienes más que encadenarte a la pata de una mesa y empezar a llenar cuartillas.
Ahora, ser escritor, el éxito, el reconocimiento...
, eso es otra cosa. Hay gente que haría lo que fuera para conseguirlo.
Ir a documentarse a la cárcel no es descabellado. Algunos lo hacen.