37 #2
—Una publicación me ofreció salir en la portada coincidiendo con el lanzamiento de una de mis novelas si accedía a que me entrevistaran en el lugar donde trabajo.
Siempre me negué, porque mi casa es también la de mi familia, y porque, aunque hubiera vivido sola, considero que este lugar es parte de mi intimidad.
Pero la oferta era demasiado golosa para decir que no, así que decoré una habitación como suponía que querían verla, y la entrevista no me defraudó: era exactamente de la clase que había imaginado.
Preguntas personales sobre mi matrimonio, cómo llevaba mi marido ser el segundo de a bordo, quién ganaba el dinero, cómo se organizaba una mujer para poder ser una escritora de éxito sin abandonar su familia...
, cualquier cosa menos el contenido de la novela.
Recuerdo que hasta el fotógrafo me propuso que posase tumbada en un sofá con los pies descalzos.
—¿Descalza?
—Quizá de no haber sido una escritora de novela negra, habría aceptado.
Para la mayoría de la gente puede parecer algo inocente, pero conozco suficientes tipos de parafilias como para saber que hay un club de amigos de los pies desnudos que no quiero entre mis fans.
Al día siguiente de la entrevista desmonté el decorado y volví a montar mi estudio.
—¡Qué curioso! La editora de Benedict Newman me contó que siempre intenta convencerle de que pose en su casa, en su despacho o cocinando; por lo visto cocina muy bien, pero él nunca ha accedido.
Sin embargo, hace unos años alquiló un piso, lo decoró como se esperaba que fuera el despacho de su detective, se puso un traje de época y posó junto a su editora como si fuera Colt Star.
—Es una buenísima idea, puede que lo haga con mi próxima novela. —La invitó a entrar en la casa—. Amaia me dijo que tienes algunas preguntas.
—Sí, unas cuantas... —Suspiró—. No te pediré que me enseñes los pies, como el fotógrafo fetichista, no haré fotos de tu casa y no escribiré sobre ti.
Pero quizá lo que voy a preguntar te resulte bastante íntimo.
No conozco personalmente a ningún escritor...
Trato de entender cómo funciona una mente así.
—Amaia me habló de ti y de tu peculiar situación familiar.
—Como si eso ya fuese suficiente garantía para salvaguardar la conversación.
Notó, además, que evitaba aposta decir «tu padre»—.
Voy a intentar ayudarte. Comencemos por un café, ¿cómo lo tomas?
—Se detuvo—. Porque quieres que hablemos de Benedict Newman, ¿verdad?
Nash asintió.
—¿Lo conoces?
—No —contestó la Redondo—. Sé quién es, por supuesto, lo he leído, pero nunca hemos coincidido. Yo no me prodigo demasiado en actos, y él tampoco.
—Sí, parece que tenéis eso en común, ese afán de mantener en privado vuestra vida.
—Bueno, no sé por qué razón lo hace él, pero en mi caso es porque siento que un exceso de exposición actúa casi como una contaminación cruzada que me impide conectarme con el estado que necesito para escribir.
—¿Sabes?, yo había leído algunos de tus libros, pero hasta que no conocí a mis amigas de Elbete no supe que Amaia Salazar era alguien real.
Redondo asintió con tranquilidad, sin decir palabra.
Se movió con una calma serena hacia la encimera de la cocina, tomó un pequeño molinillo, y el silencio se quebró por el crujido rítmico de los granos de café al romperse.
El aroma intenso y amargo que inundó el aire pareció darle a Nash el permiso para lanzar su primera pregunta de verdad.
—Quiero preguntarte... ¿En cuántos de tus libros aparece Amaia, en cuatro, en cinco?
¿Cuánto tiempo tardas en escribir una novela?
¿Cuánto tiempo vive en tu mente? Después de todo ese tiempo pensando en ella y pensando como ella, ¿cómo consigues que el personaje se mantenga solo entre las páginas?
¿Hasta qué punto es posible que la frontera entre un autor y su personaje se difumine?
La escritora sonrió.
—Realmente son preguntas de escritor —apuntó mientras servía el café para Nash en una taza y para ella en un vaso ancho de cristal—.
No imagino que nadie que no se dedique al mundo creativo pudiera siquiera planteárselas.
Voy a contarte una anécdota. Me ocurrió hace un par de años.
Una mañana de invierno salí a pasear bajo la lluvia en Elizondo; es algo que me encanta hacer.
No iba pensando en nada particular, solo disfrutando de la sensación.
Entonces, mientras pasaba por una calle, pensé: «Por aquí venía a la escuela cuando era pequeña».
Fue un pensamiento fugaz, como una estrella que cruza el cielo, e inmediatamente me dije: «¡Dios mío!
, ¿cómo se me ha ocurrido? Yo no vivía en Elizondo cuando era pequeña, nunca vine a este colegio; de hecho, tendría cuarenta años la primera vez que pasé por esta calle».
Nash sintió un frío repentino a pesar del calor que emanaba de la taza entre sus manos.
Un recuerdo implantado. No era una teoría de un libro de texto, era una experiencia real contada por la mujer que tenía delante.
Pensó en las dos caligrafías, en el hombre diestro que escribía con la izquierda, en la brecha que separaba a Benedict de Colt.
Su padre no era el único que vivía con los fantasmas que él mismo había creado.
—Era un recuerdo de Amaia.
—Y ni siquiera uno de la Amaia real; era un recuerdo de mi personaje.
—Debió ser desconcertante.
—La experiencia me fascinó tanto que durante semanas le di vueltas al hecho y a cómo pudo haber sucedido.
Y me llevó a hacerme muchas preguntas más.
Mi abuelo era un hombre maravilloso, una gran influencia en mi vida en la lectura y en la escritura.
Falleció con ochenta y dos años. En los últimos meses de su vida desarrolló demencia senil.
Siempre recordaba una versión más joven de sí mismo, de cuando trabajaba, de cuando navegaba, de la guerra.
Todos los que pasaron la guerra tienen un recuerdo imborrable.
La Redondo hizo girar el vaso entre las manos. La pregunta que venía a continuación no era retórica.
—Y lo que me ocurrió aquel día me hizo preguntarme qué recordaría yo si tuviera demencia senil. ¿Qué les diría a las auxiliares de mi residencia de ancianos? ¿«Yo soy una escritora» o «yo soy la inspectora de Homicidios que capturó al Basajaun»?
Miró a Nash por encima del vaso, esperando que la pregunta aterrizara antes de continuar.
—Aquel día viví lo que llamo el «eco narrativo»: la historia que escribes te reescribe a ti. El personaje no es un inquilino en tu mente; es un arquitecto que empieza a remodelar las habitaciones sin pedir permiso.
Nash entreabrió los labios y dejó salir el aire muy despacio.
—¿Y crees que es algo anecdótico? ¿O que les pasa a todos los escritores?
—A todos no, pero sé que mi caso no es aislado.
He investigado sobre esto; en su discurso de aceptación del Premio Cervantes, Miguel Delibes dijo que cuando sus amigos, con la mejor voluntad, le deseaban que conservase siempre la cabeza, él se preguntaba qué cabeza y qué memoria conservaría, la suya o la de sus personajes.
Era consciente de que, a fuerza de tener la memoria de aquellos tanto tiempo mezclada con la suya, el reto iba a estar en distinguirlas.
Mientras Nash procesaba la idea de una memoria fracturada, sintió un peso cálido y un aliento húmedo en su mano.
El pastor vasco, Ron, apoyó la cabeza en su regazo, mirándola con unos ojos tan inteligentes que parecían comprender la densidad de la conversación.
Nash, agradecida por la interrupción, le rascó instintivamente detrás de las orejas.
El gesto la devolvió al presente, al tacto del pelo suave y a la solidez de aquel animal anclado a la realidad.
Fue ese simple contacto lo que le dio el valor para formular su siguiente pregunta.
—Entonces, ¿crees que es posible que un autor llegue a tener una relación tan potente con su personaje que empiece a actuar a través de él?
La escritora asintió con calma.
—Estoy convencida de que, si algo en la mente de un escritor comenzase a fallar, no es improbable que terminase comportándose como uno de sus personajes.
Conoce sus vivencias, sus recuerdos, su origen familiar, es capaz de recordar a sus padres, a sus hermanos y a sus amigos, incluso aunque nunca los haya mencionado en una novela.
Como ese recuerdo de Amaia caminando hacia la escuela del que te hablaba.
—Claro que no sería lo mismo para un escritor de novela romántica que para un escritor de crimen.
—¿A qué te refieres?
—Espero que esto no te ofenda, pero hay una percepción popular de que, para escribir sobre la oscuridad, hay que tener una parte oscura.
—La gente suele hacer esa pregunta al revés, doctora. No se escribe sobre el monstruo porque se comparta su naturaleza. Se escribe para construirle una jaula. La novela negra no es un retrato del mal; es un manual de instrucciones para contenerlo.
—Sí, pero ¿por qué un autor decide escribir sobre un género y no sobre otro? Alguna razón más profunda tiene que haber.
—No siempre. Estoy segura de que muchos autores eligen el género de lo que escriben según las listas de éxitos y lo que está funcionando. Inician su carrera en el fantástico, luego se pasan a la histórica, después al thriller ...
—No hablo de esos, hablo de alguien como tú o como Benedict Newman.