Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 37
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Antes de abrir los ojos, Nash Elizondo supo dónde estaba.

Tenía el aroma del despacho de su madre grabado en lo más profundo de su memoria olfativa, sin duda el archivo más fiel para recordar.

Se frotó los párpados antes de abrirlos; la luz entraba en la estancia teñida de verde por las hojas de los árboles de la calle Urbieta que casi rozaban las ventanas del despacho.

Se incorporó despacio, apartando la manta con la que se había abrigado la noche anterior.

No había tenido valor para dormir en la cama de su madre.

Recordaba haberse quitado los zapatos, vencida por el cansancio y la tristeza después de hablar con Amaia Salazar, y nada más.

Comprobó la hora. Hizo una búsqueda en internet para hallar el teléfono y marcó.

Los primeros minutos los tuvo que dedicar a saludar a uno de los compañeros de su madre que atendió la llamada.

Por supuesto que la recordaba, sintió mucho la muerte de Natalia, era una gran pérdida humana y profesionalmente.

Aquel maldito virus se había llevado a muchos de los buenos.

Nash esperó paciente hasta encontrar el momento de plantear su pregunta.

—Oh, sí, por supuesto. Dame veinte segundos para que me ponga frente al ordenador; por la fecha, ya te advierto que pueden salir varios casos de esos años.

La norma es compartirlos de modo anónimo; se explican todas las características, las sesiones, los diagnósticos y el tratamiento, pero por una cuestión de protección de datos no se menciona el nombre del paciente.

—No te preocupes, Fermín, el caso tiene suficientes peculiaridades como para distinguirlo.

—¿Sabes el año exacto?

—No, entre 1983 y 1985, que fue cuando lo derivó al otro psiquiatra.

Nash lo oyó teclear.

—¿Estás segura de los años?

—Bastante segura.

—Te lo digo porque no aparece nada, aunque no es tan extraño. El tipo de comportamientos que incluimos en el estudio no es frecuente, afortunadamente. Por si acaso voy a mirar dos años atrás y dos por delante, ¿te parece bien?

—Gracias, Fermín.

Esperó paciente.

—Nash, por detrás no hay nada, y por delante aparecen dos casos, uno en 1986 y otro en 1987. Los dos en colaboración con la Policía Nacional. Uno era un menor y el otro una mujer. Proporcióname un correo y te los mando.

—¿Estás seguro de que no hay nada más?

—No, lo siento. Si llegas a tener algún dato más preciso y quieres volver a consultarme, estaré encantado de ayudarte.

Nash se perdió dos veces antes de encontrar el acceso a la casa de la Redondo.

Y reconoció que era algo que tenía que ver con que en su mente no la imaginaba viviendo allí, sino en el corazón del valle del Baztán.

Subió por la carretera de Igueldo hasta superar el antiguo parque de atracciones; después, siguiendo las indicaciones de su navegador, se desvió hacia la derecha, por el camino que serpenteaba la ladera hacia los acantilados de Tximistarri.

Los accesos delataban que había allí más casas de las que había imaginado, pero resultaban invisibles desde la carretera, integradas en la ladera como escalones naturales, fundidas entre la vegetación y la bruma que se elevaba en el aire.

Llegó dos veces hasta el final del camino, que terminaba en una minúscula rotonda que la obligó a maniobrar para girar con el Mustang, y cuando ya estaba a punto de rendirse y llamar por teléfono para pedir indicaciones, vio una diminuta baldosa con el número y el dibujo de un sol junto a una estrecha puerta de acceso.

Tuvo que aparcar subiendo parcialmente el coche a la acera, para permitir que otro vehículo pasara.

Cuando estuvo en la puerta se dio cuenta de que lo que había tomado por un sol era una eguzkilore , la flor de cardo que en la antigua mitología vasca la Madre Tierra había dado a los humanos para defenderse de la oscuridad de la noche y de los que la pueblan.

Al verla, se sintió refrendada por un instante, solo para tener que reconocer, en cuanto la puerta se abrió, que el sesgo de representatividad no solo le había jugado una mala pasada respecto al lugar donde había esperado que viviera la escritora, sino también a cómo esperaba que fuera su casa.

Dos perros la recibieron alegres cuando el portón se abrió, un pastor alemán gris y marrón y negro y un pastor vasco de pelo amarillo como mantequilla.

La voz de la escritora le llegó desde la terraza como un desafío sereno.

—Dígame, doctora Elizondo, ¿qué le dicen mis perros?

Nash se detuvo, con la mano a medio camino del lomo del pastor vasco. Entendió al instante. No era una pregunta sobre razas o temperamentos; acababa de convertirse en un examen. Levantó la vista, buscó la silueta de la escritora y contestó, aceptando el duelo:

—Que confían en el mundo. Que no esperan una amenaza al abrir la puerta. Me dicen que su dueña no vive con miedo.

—Son Ron y Jai, y no te dejarán en paz si se te ocurre acariciarlos.

—Me encantan los perros. —Avanzó a trompicones ignorando el consejo de su anfitriona. Acariciarlos le dio una coartada para entretenerse estudiando el lugar.

No era la casa posada sobre una colina que había imaginado, sino un refugio que dialogaba con la ladera, un pliegue de modernidad integrado en la roca.

Su arquitectura era una lección de respeto por el entorno: una geometría pura de piedra lisa, madera oscura y lienzos de cristal que se abrían al mar sin reservas.

Estaba diseñada para ser casi invisible desde la distancia, un estrato geológico más en el perfil de la montaña de caliza gris y arenisca tostada, que demostraba cómo la vanguardia podía ser respetuosa con el espacio natural.

La vegetación, lejos de ser contenida, la abrazaba.

Cascadas de hiedra se aferraban a la piedra oscura, suavizando la dureza de sus líneas y anclándola a la tierra. Su madre habría adorado aquella casa.

«Cierto», la oyó en su mente.

Mientras avanzaba, Nash distinguió a un lado un acceso casi invisible que descendía hacia lo que supuso que era el garaje, una cueva excavada en la roca viva. El acceso principal, a través del jardín, no preparaba para el impacto del interior.

El espacio explotaba hacia arriba en una catedral de luz y aire.

Los techos se elevaban tres plantas en una altura vertiginosa que, desde fuera, por su astuta integración en la pendiente, era imposible de adivinar.

Nash tuvo que detenerse, y no fue solo por la belleza del lugar: fue por el golpe seco de su propio error.

Vino esperando encontrar un caserío anclado en la tradición, la guarida de una escritora que extraía sus historias de la tierra oscura de Baztán.

Había caído de lleno en la trampa del sesgo de representatividad.

Recordó el impacto en su mente al ver por primera vez la casa de Benedict Newman.

Esperaba el refugio de un intelectual excéntrico y se encontró con un museo de orden y lujo custodiado por los jardines de Darwin.

Para la Redondo, había imaginado un eco del valle y encontraba la vanguardia asomada al mar.

Comprendió entonces la ingenuidad de su propio juicio.

Juzgaba a estos creadores por la piel de sus obras, por los estereotipos de sus géneros, olvidando que una mente capaz de construir mundos enteros no podía habitar en una caja predecible.

Tenían más caras que un poliedro, y sus hogares no eran más que una de ellas, quizá la más inesperada.

Y en ese instante, tomó una decisión. Venía a buscar respuestas, a intentar comprender la mente de un hombre como su padre. No lo lograría si seguía mirando a través del filtro de ideas preconcebidas. Para entender a un creador de laberintos, primero debía deshacerse de su propio mapa.

Con esa nueva resolución, volvió a observar el espacio.

Los suelos de madera ancha y clara aportaban una calidez orgánica a una blancura que actuaba como un lienzo para aquella luz.

La cocina y el salón no eran estancias separadas, formaban un único espacio diáfano que fluía sin interrupciones hasta el exterior.

Un ventanal de suelo a techo, completamente abierto, disolvió la frontera entre la casa y el paisaje.

No había fachada; un escenario suspendido sobre el acantilado, donde el salón se fugaba hacia el azul gris infinito del mar Cantábrico.

La escritora iba de negro, con un vestido largo adornado con una cremallera longitudinal y unos botines de piel sin tacón.

La melena le caía a los lados del rostro.

Nash la observó mientras se acercaba. No era una melancolía común la que habitaba en aquel rostro; era una tristeza observadora, casi forense, la de alguien que pasaba demasiado tiempo mirando el fondo del abismo sin parpadear.

Pero entonces sonrió, y toda la oscuridad se replegó para dar paso a una calidez inesperada mientras le tendía la mano.

Como si hubiera podido leer todos los pensamientos que cruzaron por su mente, preguntó, haciendo un gesto hacia la casa:

—¿La imaginabas así?

—No —reconoció—. En absoluto. Es preciosa, estoy segura de que es una de las casas más bonitas que he visto nunca, y el lugar...

—dijo sin terminar la frase mientras miraba hacia el mar—.

No sé —añadió de pronto como sacudida por una idea—, creo que en una ocasión leí una entrevista tuya, había una foto de tu despacho, pero no se parecía en nada a esto, ¿puede ser?

La escritora sonrió mientras negaba, como ante una travesura divertida. Pareció mucho más joven.