Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 36 #2
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Lizarso estudió el rostro de Noah, que asentía con calma, más como si estuviera asimilando un revés que comprendiendo los datos. Prestó especial atención a cómo reaccionaba mientras decía:

—La princesa escocesa también tenía la regla.

Un fuego antiguo ardió en los ojos de Scott Sherrington.

—¿Y?

Lizarso asintió antes de hablar, maravillado ante el instinto de Noah y el modo en que siempre sabía cuándo había algo más.

—Los de Rastros encontraron tres tampones tirados cerca del cuerpo, uno de ellos usado.

—Joder, es él —exclamó Noah.

—No la violó.

—¿Están seguros?

—No hubo penetración, de ningún tipo, aunque si quieres mi opinión, la puesta en escena entera es una violación; que no hubiera penetración es lo de menos.

—Newman podría sufrir impotencia.

—No, no cuadra. Biblia violó a todas sus víctimas. Y que sean pelirrojas tampoco cuadra, Noah. Y estamos de acuerdo en que un asesino puede variar muchos aspectos de su modus operandi , pero no el principal: el tipo de víctima que elige.

—Sí —afirmó Scott Sherrington lacónico.

—Entonces no puede ser John Biblia.

—Y sin embargo...

Lizarso sabía a qué se refería; él también lo pensaba.

—Escucha, Noah, yo también lo veo. Suficientemente parecidos, suficientemente diferentes: los dos primeros crímenes parecen calcados de los que Biblia realizó en Bilbao en 1983, cordel de tender, envueltas en fardos, liberadas en el mar; el siguiente es como los que Biblia cometió en Glasgow en 1968.

Es como si alguien estuviera mandando un recordatorio, alguien que conoce todos los pasos de John Biblia.

Casi como si estuviese exponiendo su historia en cada una de sus fases, cómo mataba en un momento, cómo mataba en otro.

Lizarso se frotó la nuca. Noah seguía con los ojos clavados en la pizarra, sin volverse. Lo dejó que digiriera y continuó:

—Supone un gran conocimiento que solo puede tener el asesino o alguien que hubiera estado muy cerca de él, alguien que hubiera llegado a conocerlo íntimamente.

Empieza a barajar la probable teoría de Barezzi de que Newman sea realmente Collin Doyle, que conoció y trató personalmente a John Biblia, que llegó a conocerlo bien.

—Voy a regresar a Escocia —dijo Noah con una calma que contrastaba con la pasión que parecía dominarlo.

Lizarso no contestó de inmediato. Necesitó un segundo para que las palabras aterrizaran.

—¿Qué estás diciendo? Es una locura —dijo superado.

—No lo es. Tiene todo el sentido, socio. Hay algo que se me escapó en alguna parte, y si hay algún lugar donde puedo encontrarlo es en el origen. «Cada nuevo comienzo proviene del final de otro comienzo.» Debo buscarlo en el primer comienzo.

—Eso es de Closing Time y no creo que los Semisonic se refirieran a lo mismo que tú —dijo Lizarso—.

Me parece mentira siquiera tener que decirte esto, Noah...

—añadió indignado—, pero ¿eres consciente de que el mundo acaba de sufrir una pandemia global?

Las fronteras están cerradas. Viajar al extranjero supone pasar quince días confinado en un hotel antes de poder dar un paso.

Y luego está lo más grave, Noah: acabas de salir del hospital.

No puedes hablar en serio cuando dices que vas a viajar a Escocia. ¿Sabe Maite algo de esto?

Noah miró a su socio, negando suavemente con la cabeza como cuando se habla con un niño recalcitrante.

—Ya tengo el billete. Estoy decidido y nada que digas me hará cambiar de opinión. Y ya he tenido en cuenta la cuarentena obligatoria. Mi estado de salud es excelente; mi paso por el hospital fue un puro trámite. Y, por el amor de Dios, no mezcles a Maite en esto.

Lizarso se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros, como hacía siempre que la frustración lo desbordaba, y caminó en dirección a la ventana, incapaz de mirar a su amigo a la cara.

Noah lo siguió.

—La doctora Elizondo, la nuestra, guardaba entre sus cosas dos cuadernos de los que utilizaba para tomar los apuntes de las terapias.

Uno era el mío; el otro, el de Benedict Newman.

Tachó su nombre, pero esa hija suya es muy lista; encontró al terapeuta al que ella lo derivó cuando se enamoró de él.

El psiquiatra se olió que Benedict Newman no era su verdadera identidad y se lo dijo a Natalia.

Ella lo confrontó con él y, cuando supo quién era, lo sacó de su vida y de la de su hija.

Lizarso lo interrumpió con calma, revelando su propia carta.

—Noah, Nash también me ha llamado a mí.

Noah se detuvo. La sorpresa fue genuina. Lizarso fue consciente de tener toda su atención.

—Y lo que evitas decir —continuó Lizarso, ahora tomando el control de la conversación— es que el psiquiatra que lo trató habla de un tipo completamente torturado por su pasado, consciente de haber sido adoctrinado, arrepentido del mal que causó, queriendo comprender el mecanismo de la manipulación y del autoperdón.

Noah, todo eso cuadra perfectamente con un joven cuyos padres fueron asesinados y que creció entre el odio y la sed de venganza.

El psiquiatra y Nash creen que Benedict Newman es en realidad Collin Doyle.

Un terrorista, Noah, un soldado, entrenado para matar, que al tomar distancia del conflicto logra ver el dolor que causó.

No sé si fue eso o el amor lo que lo redimió.

Pero creo que nuestra doctora Elizondo también pensaba que era Collin Doyle, y por eso se separó de él.

Noah iba a contestar, pero el móvil de Lizarso sonó estridente, y esperó mientras su socio respondía.

—Sí, inspector Barezzi... Entiendo...

Noah, desde el otro lado de la habitación, levantó una mano para llamar su atención y se llevó un dedo a los labios, negando con vehemencia. El gesto era claro: silencio sobre el viaje.

Lizarso abrió los ojos como platos mientras extendía la mano izquierda hacia Noah, incrédulo. Y con gran profesionalidad, contestó:

—Sí, claro. Estaremos allí. Sin problema.

Lizarso colgó el teléfono y miró a su socio mientras el silencio se extendía entre ellos, tan indescifrable como el rostro de Noah.

—Espero que estés satisfecho. Ahora me toca a mí no dormir en toda la puta noche pensando qué mierda le voy a contar a Barezzi para justificar que no vayas.