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Noah Scott Sherrington llevaba mucho rato detenido ante la pizarra cubierta de retazos de historia: los fardos envueltos en lona azul, las páginas arrancadas de las novelas de Newman, la mirada tímida de la princesa escocesa...
, pero nada de eso le interesaba. Centró la atención en el retrato de Newman y estuvo mirándolo a los ojos hasta que todo alrededor quedó desenfocado.
Tenía un pálpito y sabía de dónde procedía.
Lo llamaban memoria del órgano. No existía ninguna evidencia científica que respaldase aquella creencia, pero miles de personas que habían recibido trasplantes de corazón alrededor de todo el mundo reportaban experiencias fascinantes, como adquirir gustos o habilidades que no tenían antes de la cirugía y que se corresponderían con el anterior dueño del corazón.
En el caso de Noah, la experiencia podría haber sido justificada por dos razones: él conoció a su donante, un joven maravilloso, casi un niño que murió entre sus brazos; la segunda razón era aún más poderosa, porque en el instante en que supo quién era su benefactor, el dolor por su muerte y la necesidad de mantenerlo vivo de algún modo se conjugaron en Noah para ser capaz de aceptar el fruto de aquel sacrificio.
Lo primero y más poderoso que le trajo portar el corazón de alguien tan extraordinario como Rafa fue la paz.
Probablemente, el inspector Noah Scott Sherrington de la policía escocesa no fue un mal hombre; tenía un elevado sentido del deber, de la justicia y ninguna dificultad para diferenciar el bien y el mal.
Si se lo hubieran preguntado entonces, habría dicho que no era un mal tipo, al menos no comparado con los demás.
Pero Rafa era bueno, bueno de verdad, con una luz y una pureza interior que le cautivaron desde el instante en que lo conoció.
Despertar con su corazón en el pecho le hizo sentir una paz y una calma que nunca antes había experimentado.
La pulsión constante que se había mantenido como una luz roja encendida en un rincón de su cerebro durante toda su vida se apagó por fin.
Aquella sensación de vértigo, de estómago vacío, de náusea contenida que lo había acompañado en su triste existencia, cesó.
Y con ella se fueron el miedo a morir solo, el temor de no ser amado jamás, el abismo de una vida que termina con la muerte, las dudas sobre Dios y las pesadillas.
Los sueños terribles de muerte y vacío, de frío estelar, de oscuridad y nada más.
La noche anterior había vuelto su pesadilla, aquella que lo había atormentado desde el infarto fulminante que lo mató y lo devolvió al mundo con una sentencia de muerte sobre su cabeza, que lo mantuvo en vela durante los meses que tardó en llegar a Bilbao buscando a un asesino antes de que su tiempo se agotara, que lo acompañó cada noche de aquel verano hasta que un muchacho extraordinario murió entre sus brazos y su corazón siguió latiendo en el pecho de Noah cuando el suyo ya no pudo hacerlo.
Aquella noche el horror había regresado.
Esta noche el horror había regresado. Supo que estaba soñando, pero la certeza no le restó ni un ápice de terror.
Volvió a sentir el agua helada bajando por su rostro, los pies hundidos en el cieno del lago Katrine.
Oyó de nuevo, incluso por encima del estruendo del viento, el crujido de las esposas cerrándose en torno a las muñecas de John Biblia y hasta experimentó el esfuerzo de incorporarse, tirando de John para evitar que aquel desgraciado se ahogase en el lodo de su cementerio particular.
Oyó aquel llanto antiguo y femenino que parecía brotar de todas las tumbas abiertas por la tormenta.
Volvió a sobrecogerse ante el dolor de las víctimas, que se le clavaba en el pecho ahogándole.
Sintió la bocanada de aire húmedo, tan necesario, entrando en sus pulmones mientras un rayo iluminaba las aguas rizadas del lago, y entonces dejaba de ser un sueño y se convertía en un recuerdo.
Un golpe, como una onda expansiva cálida y seca que sabía que era el ataque que lo estaba matando.
Caía. Su rostro se hundía en el barro y al instante notaba cómo unas manos tiraban de él para darle la vuelta.
Sus ojos habían quedado abiertos al infinito, al cielo nuboso resquebrajado en heridas por las que se colaban retazos de fulgor lunar.
Entonces lo vio aparecer ante su cara. El azul de su mirada captó la luz acerada de la luna.
John Biblia lo miraba a los ojos con una mezcla de alivio e incredulidad, escrutaba sus rasgos cubiertos de lodo tratando de decidir si lo había visto antes.
Hasta se inclinó sobre él buscando un ápice de aliento.
Sonrió al comprobar que estaba muerto. Y entonces Noah despertó.
El brillo de aquella mirada seguía persistiendo en su retina como un fogonazo. Parpadeó, no para borrar la imagen, sino para grabarla. Se sentía extrañamente lúcido, electrizado, como si el terror del sueño le hubiera purgado el cansancio del cuerpo. Se concentró de nuevo en el rostro del escritor.
Benedict Newman, un hombre culto, exitoso, brillante.
Todo en él hablaba de clase, de elegancia y opulencia.
Nada tenía que ver con el perfil de John Biblia, un hombre tan gris como para disolverse entre la humanidad, un lobo con piel de cordero, tan normal, tan anodino como para pasar desapercibido durante años en Escocia, durante semanas en Bilbao.
Un maestro de lo subrepticio que, incluso después de envolver a cuatro víctimas en lona y de liberarlas en medio de la riada más poderosa que había vivido la ciudad de Bilbao, consiguió que las autoridades se planteasen en serio si alguna vez John Biblia había estado allí.
Se giró hacia la mesa y dedicó una mirada pensativa a la portada del libro que Nash Elizondo había mencionado en su llamada.
«Noah, ya sé cómo se conocieron Newman y mi madre.
» Un profundo suspiro fue audible antes de que ella continuara hablando.
Scott Sherrington la escuchó desgranar uno a uno sus hallazgos, con una serenidad y una templanza propias del que está restañando sus heridas.
Noah sabía de eso y no se le ocurrió preguntar si estaba bien; era evidente que no.
La reciente publicación de Todas las noches, todas las ciudades había venido acompañada de la reedición de casi todas las novelas de Benedict Newman, pero necesitó visitar cinco librerías y llamar por teléfono a otras tantas antes de dar con un ejemplar de Los que paran .
De vuelta en su oficina y haciendo caso omiso de la prohibición expresa de sus médicos, Noah fue al mueble bar y se sirvió dos dedos del whisky escocés que su cardiólogo le tenía prohibido.
Su mano no tembló. Se sentó con el ensayo de Newman.
Los que paran . La tesis era brillante, casi una coartada perfecta para un hombre como Collin Doyle.
¿O era una confesión? ¿La hoja de ruta de un hombre que había logrado detener la maquinaria del odio en la que había sido forjado?
La posibilidad de que un monstruo pudiera elegir dejar de serlo era tan fascinante como aterradora.
Casi tres horas más tarde lo cerraba, con la mente bullendo de nuevas y terribles posibilidades.
El whisky seguía intacto. Se puso en pie y caminó de nuevo hasta la pizarra para mirar una vez más a los ojos de Newman.
Oyó sin volverse cómo su amigo entraba por la puerta.
Fue consciente de cómo se detenía y estuvo seguro de que había posado su mirada en el vaso abandonado sobre la mesa.
En todos aquellos años, Mikel Lizarso había aprendido a leer en él como en un libro. Debió de notar su palidez, porque de inmediato preguntó:
—¿Te encuentras bien?
—Perfectamente.
—¿Seguro?
—Sí, sí, perfectamente. Es solo... Estaba pensando. Nash Elizondo me ha llamado desde San Sebastián.
—¿Sí? ¿Qué ha dicho?
—Te lo cuento luego. ¿Tienes las respuestas que te pedí?
Lizarso estuvo seguro de haber detectado un ápice de ansiedad en su voz.
—¿No ha venido tu hija a trabajar? —preguntó evasivo y constatando lo obvio.
—Ha llamado para decir que tiene las piernas muy hinchadas. Le dije que se quedara en casa. ¿Quieres contarme de una vez lo que has averiguado?
—Primero tú —dijo prudente mientras se acercaba a la mesa y ojeaba la portada del libro. Había en la actitud de Scott Sherrington un fuego voraz, una intensidad casi juvenil que no le veía desde hacía tiempo. Una energía que a Lizarso le pareció a la vez admirable e inquietante.
—¿Has estado bebiendo?
—No. Ya sabes que no bebo, solo me lo he servido para olerlo.
—¿Otra novela de Newman?
—Un ensayo, y muy brillante, sobre criminología y narrativa interna. En él refuta la teoría de la aceleración inevitable en los asesinos y sostiene la tesis de que un asesino puede parar si toma conciencia de su propia identidad, del origen de su mal y de cómo fue manipulado.
—¡Joder!
—Sí, joder. Y ahora, ¿quieres hablar de una vez?
Lizarso se acercó a la pizarra y se posicionó junto a su socio.
—Los informes forenses de los cadáveres que aparecieron envueltos en los fardos —señaló las fotografías— mencionan cabello cobrizo o pelirrojo, igual que el de la princesa.
Scott Sherrington apartó la mirada de la pizarra y miró a su socio a los ojos mientras negaba suavemente con la cabeza.
—No lo entiendo —murmuró.
—Hay más. El estado de descomposición del primer cadáver hallado imposibilita saber si estaba menstruando.
En el informe forense del segundo cadáver no se menciona concretamente; es algo que a menudo se pasa por alto si no se está buscando el dato y, para el forense que hizo la exploración, que tuviera o no la regla no era relevante.
Pero le hizo un examen de agresión sexual que dio negativo, aunque se menciona el desprendimiento del revestimiento interno del útero en los días previos. Tenía la regla.