Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 35 #2
41%

35 #2

Nash se quedó en silencio, asimilando el peso de aquella última pieza.

Un nombre falso, en aquella época y en aquel lugar, dejaba de poder catalogarse como un simple engaño para pasar a ser una declaración de guerra.

Asintió, no porque estuviera de acuerdo, sino porque, por fin, empezaba a comprender la magnitud del miedo de su madre.

Se levantó, dejando el vaso casi intacto sobre la mesita.

Pero aún había algo que no la dejaría dormir.

La imagen de Newman firmando los ejemplares de sus novelas con la mano derecha; el detective Colt Star, recostado sobre su escritorio, escribiendo con la mano izquierda.

Las caligrafías, tan distintas como dos personalidades.

—Entonces, en las sesiones que tuviste con él, ¿Benedict mostraba algún síntoma de disociación? ¿Era plenamente consciente de sí mismo y de sus circunstancias?

—Desde luego. Un hombre anclado en la realidad, luchando con su pasado, no huyendo de él.

—En mi paciente eso es diferente. Ahora mismo, el escritor ha desaparecido. Otra personalidad, que se hace llamar Colt Star, ha tomado el control por completo. Disocia permanentemente. Actúa, habla y se mueve como una persona por completo distinta.

La expresión de Muniategui se volvió impenetrable. Su tono, antes empático, se tornó frío y didáctico, el de un clínico a punto de corregir un error de diagnóstico elemental.

—Nash. Escúchame con atención. Estamos hablando de un hombre de casi setenta años que presenta un cambio de personalidad agudo.

Antes de saltar a conclusiones sacadas del cine, un buen clínico agota primero todas las posibilidades orgánicas.

¿Han descartado un tumor en el lóbulo frontal?

, ¿un proceso degenerativo?, ¿una infección del sistema nervioso, una mala interacción medicamentosa, un tóxico?

Hizo una pausa y su mirada no admitió concesiones.

—Voy a serte muy claro, como lo habría sido tu madre.

El trastorno de identidad disociativo, para mí y para una gran parte de la psiquiatría seria, sencillamente no existe.

No es una entidad clínica real. Es una fantasía, una construcción cultural popularizada por el cine, que en la consulta se manifiesta como un artefacto iatrogénico: una historia que el terapeuta, a menudo sin querer, ayuda a construir en un paciente muy sugestionable y fragmentado por un trauma real.

Nash se dio cuenta de que su indignación era genuina.

—Lo que describes, esa «otra personalidad», es una payasada, Nash.

Una peligrosa payasada. Buscad un tumor, buscad una infección, buscad un tóxico en su sangre.

Buscad al hombre y su cerebro enfermo, no a los fantasmas que crees que lo habitan.

Y si todo eso no es suficiente, me inclinaría por una identidad falsa, como la que usó entonces, y con la misma intención que tuvo entonces, eludir su responsabilidad.

Miles de delincuentes en todo el mundo crean falsas identidades a diario.

Existe un mercado negro para eso en la red profunda.

Créeme, Nash, hay una gran diferencia entre tener documentación falsa y estar disociando.

—Gracias por tu tiempo, Asier —dijo Nash mientras se dirigía hacia la salida, dando por terminada la conversación, aunque en su mente se reproducía todo lo que habría podido decirle.

Que ya habían descartado las drogas, los tumores, las infecciones.

Que seguían buscando incluso uno de esos raros hongos indetectables, capaces de transformar el cerebro de un ser humano.

«Pero tú no lo has visto, Muniategui, tú no lo has visto como lo he visto yo. No es un alter ego ocasional, no fluctúa. No se cree grande: de hecho, cree ser alguien menos importante que un famoso y acaudalado escritor. No es euforia, no son alucinaciones, no es psicosis. No.»

La petición de Muniategui, pero sobre todo su tono, la habían sorprendido.

—Derívalo, Nash —rogó el psiquiatra—. Por el simple hecho de que en el pasado haya tenido una relación con tu madre, no es sano que lo trates. Cualquier colega lo entenderá. Puedo pasarte varios contactos.

Nash se detuvo junto a la puerta abierta y se volvió a mirarle.

Muniategui tenía ese aspecto de padre que esperas tener cuando rondas los cuarenta.

Sólido, como un roble, con aquel cabello gris indómito sobre su cabeza, la sonrisa franca y fácil, con unos kilos de más que no le hacían parecer gordo, sino firme, fuerte, como un templo.

Un pensamiento fugaz: le habría gustado que realmente fuera su padre.

Pero no lo era. Ella ya tenía un padre, y lo que dijo a continuación la dejó triste durante días, mientras se daba cuenta de que era la primera vez que lo admitía.

—Benedict Newman es mi padre.

La tristeza se le pegó a la piel como un sudario mojado.

Condujo hasta el centro de la ciudad y aparcó el Mustang en el parking del Buen Pastor.

Al emerger a la calle desde las escaleras subterráneas, vio las torres de la catedral donde unos meses atrás se había celebrado el funeral por el alma de su madre.

Necesitaba fe, necesitaba ser reconfortada, necesitaba a Dios, pero no entró en la catedral.

Salió a la calle San Martín y desde allí a la calle Easo.

Caminó frente al antiguo parque de bomberos mientras recordaba que, cuando era adolescente, evitaba pasar por allí porque los bomberos hacían sonar las sirenas al verla.

Durante años los odió en secreto por eso.

A pesar de que junio avanzaba cálido y hacía un día radiante en Donostia, sentía la clase de frío que solo se quita con un abrazo.

Parapetada tras su mascarilla, llegó a Alderdi Eder.

El chillido agudo de las gaviotas que parecían suspendidas sobre su cabeza, casi colgadas del cielo sobre la bahía, le llegó como un eco lejano, un sonido alegre de un mundo en el que ya no participaba.

Anduvo pegada a la barandilla que separaba el paseo de la playa hasta el emplazamiento secreto de su templo particular.

Se detuvo en un punto concreto, en el que había parado un millón de veces durante su vida, entre el club náutico y la primera rampa de acceso a la playa, que cuadraba frente a la bocana que se abría al Cantábrico, entre la isla de Santa Clara y el puerto donostiarra.

Se retiró la mascarilla lo justo para sentir la brisa en el rostro.

La belleza de aquel lugar logró sosegar su alma mientras pensaba que jamás se había sentido tan sola.

Fue consciente de la mirada adusta de una mujer que la estuvo observando hasta que volvió a colocarse la mascarilla y, como si no lo tuviera decidido desde el momento en que le había dicho a Robert que quizá no regresaría aquella noche, echó a andar hacia la casa de su madre.

Subió en el antiguo ascensor de madera y botones de cobre, miró melancólica el asiento tapizado de terciopelo rojo.

Cuando salió en su planta, con la llave en la mano, oyó el eco del piano que sonaba en la academia de ballet de la entreplanta y se detuvo, dudosa, ante la vivienda de Enriqueta.

Decidió que no tenía fuerzas para hablar con ella.

Abrió la puerta de la casa en la que había vivido su infancia y entró.

Los recuerdos se agolparon de una forma tan rápida y dolorosa que los ojos se le llenaron de lágrimas de inmediato.

Tuvo que apoyarse contra la puerta para sostenerse, y solo cuando hubo recuperado las fuerzas reunió el valor para avanzar.

Recorrió la casa de su madre buscando el consuelo de su presencia, pero, al contrario que en su anterior visita, la casa la recibió con un silencio pesado, casi acusador.

Seguían allí sus cosas: los vestidos largos colgando de las perchas de su armario; las cajitas y los pequeños joyeros donde guardaba los tiques de las compras, dinero y algunas de sus joyas sobre el tocador; la pastilla de jabón con la que Nash se había lavado las manos la última vez que estuvo allí.

Los reflejos tintados de la lámpara de Tiffany que desde la mesa de su despacho derramaba luces como joyas de colores por el suelo de la estancia.

El sofá tapizado de terciopelo que en aquel instante encontró tan parecido al que Benedict Newman tenía en su despacho.

—¿Qué hiciste, ama ? —susurró.

La vieja doctora Elizondo no contestó.

—¿Qué hiciste? —elevó la voz.

Nada.

—¿Qué hiciste, ama ? ¿Qué me hiciste? —gritó.

Pero la doctora Natalia Elizondo nunca se dejó apabullar por los gritos de su hija. La trató como a una niña recalcitrante y malcriada y la castigó con su silencio. Nash la imaginó sentada tras su mesa, con aquel gesto tan suyo.

«Si quieres que hablemos, hablaremos, pero para eso tendrás que calmarte. Ni siquiera voy a intentar razonar contigo si me gritas. Sal de mi despacho y, cuando estés dispuesta a comportarte como una adulta, de igual a igual, regresa. Y hablaremos.»

Y en ese instante, Nash lo comprendió. Su madre siempre le había exigido que actuara como una adulta, mientras que la trataba como a una niña a la que se le ocultan los monstruos.

La lógica implacable de su madre, su control férreo, era, en sí misma, la mayor de las traiciones.

Nash se dejó caer en el sofá llorando. Estuvo así mucho rato, abandonada a la angustia y el silencio de una casa que ya no le daba consuelo.

Cuando consiguió calmarse, se irguió, se sentó y miró alrededor.

—No soy una niña —murmuró—. Y no voy a calmarme. Guárdate tus respuestas, como has hecho siempre. Para hablar de igual a igual, no eres la persona adecuada.

Sacó su teléfono y buscó un contacto.

—Nash, me alegra saber de ti —contestó al otro lado la voz de la inspectora Amaia Salazar, cálida y firme, anclada a la realidad de una forma que Nash sentía haber perdido por completo.

Nash solo fue consciente de que seguía llorando cuando oyó su propia voz.

—Perdóname por llamarte, pero necesito respuestas y no conozco a nadie más que sea hija de un asesino.