Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 35
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Asier Muniategui tenía sesenta y cuatro años, los ojos claros y el pelo gris y abundante sobre una cabeza poderosa.

—Háblame de tu paciente y dime por qué crees que yo podría haberlo tratado.

—Mi madre previó con años de antelación que sus pacientes se te derivasen directamente si algo le ocurría.

—Es una práctica habitual. Nadie está libre de un accidente o de una enfermedad imprevista o incapacitante, como lo que le ocurrió a tu madre... Se suele tener apalabrado con un colega de confianza.

Nash asintió.

—Y me consta que durante sus años de práctica te había derivado algún paciente en otras ocasiones.

—Como sabes, la psiquiatría también es una cuestión de piel.

A veces sucede que simplemente no se establece una buena comunicación con un paciente; si notas que eso está ocurriendo, lo mejor es derivarlo a otro colega.

En muchas ocasiones, que un paciente se abra es solo cuestión de que le caigas bien.

Parece una simpleza, pero es la base de la comunicación humana.

—Creo que el paciente al que me refiero fue uno de esos. Creo que pudo habértelo derivado a finales de 1985 o principios de 1986, y creo que podría ser el hombre que ahora es mi paciente.

Muniategui apretó los labios, que desaparecieron bajo su espeso bigote.

Nash abrió su bolso, extrajo un ejemplar de Todas las noches, todas las ciudades y, abriéndolo, le mostró la foto de la solapa.

El psiquiatra asintió con gravedad. Después se puso en pie.

La consulta de Asier Muniategui no se parecía en nada al palacio de orden que era el despacho de Newman.

Era un refugio de conocimiento y calma, con el suave olor a cuero viejo, papel y cera de limón.

Las paredes estaban forradas de libros que no eran de exposición, sino compañeros de una vida, con lomos gastados por la relectura.

Un único grabado abstracto, en tonos tierra, presidía la pared tras su sillón.

El psiquiatra caminó hasta un aparador que había al fondo de la estancia, abrió una puerta, sacó dos vasos y una botella sin etiqueta con un líquido ambarino y, alzándola, se la mostró a Nash con un gesto interrogativo.

Ella asintió antes de preguntar.

—¿Por qué te lo derivó mi madre?

El psiquiatra se tomó su tiempo. Vertió un poco del contenido en cada uno de los vasos y se acercó con cuidado, tendiéndole uno a Nash. Volvió a sentarse, cruzó las piernas, tomó un sorbo y contestó:

—Porque estaba manteniendo una relación con él. Se iban a casar. —Esperó para ver la reacción de Nash. Al comprobar que no se inmutaba, continuó—: Me dijo que se había enamorado. —Se encogió de hombros—. Ya sé cómo suena, pero somos humanos, no estamos libres. Y ella hizo lo correcto.

—¿Durante cuánto tiempo fue tu paciente?

—Algo menos de un año. No es mucho tiempo, pero él se mostraba muy proclive a la terapia. Uno de esos pacientes que desea ser tratado, que presiente, o sabe casi con certeza, que esto lo ayudará.

—¿Y a qué conclusión llegaste?

Muniategui suspiró levemente, como quien accede a un recuerdo complejo y pesado.

—Recuerdo a la perfección mis sesiones con él.

Tu madre me derivó el caso en un punto muy delicado...

Mira, Nash, lo que yo encontré fue un cuadro de trauma complejo de una severidad que rara vez se ve.

Hablamos de una infancia sometida no solo a violencia, sino a un adoctrinamiento brutal.

Él no creció, fue forjado en un molde de odio.

Bebió otro trago, que casi terminó con el contenido del vaso.

—La fase en la que yo lo traté fue la que llamo de «desolación posconcienciación».

Era un hombre que acababa de despertar y se había encontrado con las manos manchadas y la memoria llena de fantasmas que no sentía como suyos.

Había una profunda disociación entre el «yo» que había sido y el «yo» que estaba tratando desesperadamente de construir.

—Disociación —repitió muy despacio Nash mientras pensaba en las dos vertientes de la escritura de Newman.

El psiquiatra volvió a ponerse en pie, se dirigió de nuevo al mueble bar y se sirvió otra ración de whisky.

—Poseía un intelecto extraordinario, una cultura vastísima.

No era un paciente pasivo; devoraba la teoría, buscaba entender los mecanismos de su propia mente.

Quería el mapa de su laberinto para encontrar la salida.

Y en el centro de todo, había un motor potentísimo: su amor por tu madre.

Veía en Natalia la encarnación de esa vida nueva que él sentía, casi con una convicción feroz, que merecía.

La terapia, para él, no era para curarse de un mal, sino para construir las herramientas para el autoperdón.

—Entiendo el trauma. Pero, en todo ese proceso..., ¿observaste en él algún rasgo, algún comportamiento compatible con la psicopatía?

Su respuesta fue inmediata y firme, sin un ápice de duda.

—No. En absoluto. Un psicópata carece de empatía y no siente remordimiento.

Benedict estaba ahogado en remordimiento.

Su problema no era la ausencia de sentimientos, sino el exceso de ellos, mal gestionados durante toda una vida.

Estaba traumatizado por su pasado, sí. Y sentía una rabia inmensa, pero no era una rabia depredadora hacia el mundo; era la rabia de una víctima contra sus verdugos, contra los que le robaron su identidad.

Todo su ser, cada fibra de su voluntad, estaba enfocado en una sola cosa: dejarlo todo atrás.

Quería construirse una vida nueva. Una vida con tu madre.

—¿Le contaste esto a mi madre?

—Tu madre ya lo sabía.

Un frío helado recorrió la espalda de Nash, más cortante que cualquier confesión anterior. Las palabras resonaron en su cabeza, alterándolo todo. Entonces, no fue una víctima. No fue engañada. Ella eligió. Nash apretó el vaso con un poco más de fuerza, sintiendo el cristal frío contra sus dedos.

—¿Lo sabía? —repitió, y su propia voz le sonó lejana.

—Sí, ya había llegado a esa conclusión. Me lo pasó en el informe del tiempo que estuvo tratándolo. Eso fue, en parte, lo que me permitió avanzar tanto con él. Lo evalué cuando llegó a mi consulta y llegué a las mismas conclusiones que ella.

—Has dicho que lo trataste durante algo menos de un año. ¿Qué ocurrió?

—Que terminaron su relación y se separaron. Me llamó y me dijo que se iba. Nada más.

—Pero tú sabes qué fue lo que ocurrió...

Él asintió gravemente antes de contestar.

—Tu madre descubrió que Benedict Newman era una identidad falsa. No era su verdadero nombre.

—Y fuiste tú el que se lo dijiste...

—Algunas cuestiones que habían salido a relucir durante las sesiones me hicieron sospechar. Nash, siempre he querido muchísimo a tu madre. Pensé que debía saberlo. No conozco los detalles, pero imagino que se enfrentó a él, él lo admitió... y terminaron la relación.

Su madre también había descubierto que Benedict no era Benedict; que su apellido encerraba más verdades que su nombre.

—Así que mi madre sabía que había experimentado violencia desde su infancia, que creció adoctrinado y traumatizado, y aun así tuvo una relación con él —dijo casi para sí misma. Muniategui también lo había interpretado así; no contestó.

«Nadie como tú conoce las viejas cicatrices que me gobernaban en aquella época», resonaron en su mente las frases de Benedict.

—Hay una cosa que no entiendo. Si estuvo dispuesta a empezar una relación con un hombre en esas circunstancias y a asumir que tenía ese pasado, ¿qué hay tan grave en descubrir que ocultó su identidad para que la llevara a terminar su relación?

—Nunca se lo pregunté, Nash. Bastante difícil era la situación.

Pero una cosa es admitir que alguien haya vivido violencia, e incluso que la haya ejercido, y otra muy distinta es saber quién es exactamente la persona que duerme a tu lado.

Nash, eran los ochenta. En el País Vasco vivíamos bajo el yugo del terrorismo.

La sociedad entera estaba muy sensibilizada.

Creo que algo así le resultó inadmisible, intolerable, imposible de aceptar, además de ser muy peligroso. No sé qué fue lo que más pesó.

—Deduzco que no tendrás, por casualidad, los informes de entonces.

—No, yo los guardo durante diez años después de que el paciente haya sido dado de alta o deje de venir, y es bastante; después los destruyo. Pero estoy seguro de que tu madre los guardaría.

—Encontré un cuaderno en el que el nombre aparecía tachado, pero no hay más documentos en casa.

—Claro que no, necesitaría un hangar. Sin embargo, tu madre formaba parte de la comisión permanente de investigación de la conducta criminal de la Universidad de Deusto.

—No veo la relación.

—Como parte del estudio, los miembros compartían de modo anónimo cualquier caso que tuviera que ver con el comportamiento criminal. Estoy seguro de que formará parte de los archivos del estudio.

—Tenía una microfilmadora en casa, era un aparato muy raro, se parecía a un foróptero, como los que utilizan los oculistas —dijo pensativa.

—Pregunta en la universidad; seguro que no te cuesta encontrarlo, con el nombre de tu madre y el año.

—¿Y ella no te dijo nada?

—No. De hecho, pagué un precio por revelárselo.

Yo sabía que corría ese riesgo; a menudo ocurre cuando te conviertes en el mensajero que trae malas noticias.

Después de que él me comunicara que no regresaría a terapia, la llamé.

Me dijo que aquello era pasado y que estaría agradecida si no volvía a mencionárselo.

No lo hice, sobre todo porque nos distanciamos muchísimo; creo que me evitaba.

Volvió a derivarme algún paciente, pero para entonces nuestro trato era solo profesional y telefónico, y no volví a verla en persona hasta que cuatro o cinco años después coincidí con ella en una convención.