Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 34 #2
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Nash sabía que el hecho de que aquellos cuadernos estuvieran en casa de su madre tras su enfermedad era en sí mismo una anomalía.

Como todos los psiquiatras, su madre tenía una especie de testamento vital por el que legaba sus casos a un colega.

Era como un seguro por el que todos los profesionales tenían establecido a quién irían a parar sus casos y sus pacientes si a ellos les ocurriese algo.

Cuando sobrevino el ictus, y ante la mala previsión que presentaba desde el principio, un colega de su madre que conocía de toda la vida asumió sus casos activos, sus ficheros, sus grabaciones y sus cuadernos.

El caso de Noah parecía concluido, pero las notas del otro sugerían la necesidad de terapia a largo plazo.

Los apuntes se detenían abruptamente con una D mayúscula, y Nash sabía lo que aquello significaba.

Lo que la asombraba no era solo que su madre los hubiera conservado; habían estado años escondidos en algún lugar de su despacho, un lugar que le había revelado a su mejor amiga, con la orden de destruirlos.

Con cuidado fue recogiendo todo el material en el maletín mientras miraba a su alrededor tratando de localizar su teléfono móvil entre el desorden.

—Nash —saludó Robert accediendo a la estancia desde la puerta escamoteada a la biblioteca.

Llevaba entre sus manos una bandeja—. No has venido a cenar, he pensado que quizá tendrías hambre.

—Se dirigió a la mesa de Newman. Ella se puso en pie y se apresuró a quitar de la superficie las muestras de escritura que había estado comparando.

Se le pasó por la mente rechazar la comida.

Robert dispuso un par de pequeños bocadillos de jamón, una jarra con agua y un plato con queso y frutos secos.

El plato no contenía un queso cualquiera, sino una selección cuidada: unas lascas de un queso ahumado de olor penetrante, con el inconfundible recuerdo a leña de haya, junto a unos dados de un azul intenso, casi picante, veteado como un mármol enfermo.

Su estómago no estuvo de acuerdo, y la selección era tan...

sensata. No era una cena, era combustible para el cerebro.

Se dio cuenta de que Robert no la trataba como a una invitada a la que servir, sino como a una profesional en mitad de un trabajo.

Fue un gesto de respeto inesperado y, por alguna razón, extrañamente íntimo.

—Oh, gracias. No me había dado cuenta de que era tan tarde —dijo Nash consultando la hora en su teléfono.

—Puedo traerte una copa de vino, o una cerveza si lo prefieres.

—No, gracias, el agua estará bien —dijo pensativa mirando a Robert—. ¿Suele Benedict comer aquí?

—No, jamás, él es muy metódico, y... bueno, nunca comería aquí. No significa que esté mal.

Su explicación delataba su intención de no molestarla. Aun así, ella insistió en ese particular.

—¿Y no te parece mal que yo lo haga?

—Ahora eres tú la que trabaja aquí. —Miró alrededor—. Si a ti te parece bien, no tengo nada que objetar.

—Margot y Karim no opinan igual.

Robert asintió antes de hablar.

—Margot es muy leal y protectora con el señor Newman. Durante años lo ha visto trabajar en esta estancia, y ahora de pronto está en el hospital y tú estás aquí, tocando sus cosas. No se lo tengas en cuenta; le mueve el cariño.

—¿Y qué mueve a Karim?

Robert se encogió de hombros.

—No lo sé, pero es cierto que actúa como si este despacho fuese su feudo. En alguna ocasión hemos tenido diferencias al respecto, porque considera que solo él, junto con el señor Newman, debería tener acceso a este lugar.

—Sí. —Estudió con atención las reacciones de Robert—. He notado cierta animadversión entre vosotros, y diría que es anterior al conflicto que surgió por la diferencia de opinión respecto al futuro de Benedict.

Robert sonrió levemente.

—No sé a qué te refieres.

Nash asintió. Robert prefería no entrar al trapo a pesar de que se lo había servido en bandeja. Lo azuzó un poco más.

—Me ha advertido de que no me fíe de ti.

Robert terminó de colocar el tentempié, se tomó una pausa y la miró con sus ojos de un azul abisal, tranquilos, casi divertidos.

—La desconfianza, doctora, suele ser un espejo. A menudo refleja más al que mira que al que es mirado. Yo duermo tranquilo.

La respuesta la dejó sin réplica. No había defensa, ni ataque, solo una verdad tranquila y afilada.

Por un instante, la imagen del mayordomo se disolvió y vio a un hombre de una inteligencia y una entereza formidables, y no se le escapó que la había llamado doctora.

Karim llenaba la habitación con su presencia; Robert, en cambio, creaba un pequeño y desconcertante oasis de calma y lucidez.

Y a Nash, de repente, le pareció que ese oasis era un lugar mucho más interesante.

Decidió jugar con una carta de confianza.

—Mañana debo salir de viaje; es probable que esté una noche fuera, aún no lo sé, pero quiero encargarte que veles para que nadie entre aquí.

—Por supuesto, Nash. —Se dio cuenta de que esta vez usaba su nombre—. Puedes estar tranquila. Yo tengo las llaves de las dos puertas; jamás las hemos cerrado, pero nadie entrará hasta que tú regreses.

De nuevo a solas frente a la bandeja de comida, se dio cuenta de cuánta hambre tenía.

Miró de nuevo alrededor, consciente de lo que le faltaba.

Los últimos meses de convivencia con las Mitxelena le habían aportado muchas cosas: tomar café a cualquier hora del día y de la noche, conocer el origen y naturaleza de todos los alimentos que ingería, vivir con una perpetua banda sonora de la música que era una constante en aquella casa, pero una de las que más la había marcado fue la de no volver a comer sola.

Durante sus años de estudiante, incluso mientras todavía vivía con su madre, comer sola fue algo normal, hacerlo en su habitación o en la barra de la cocina sin apenas prestar atención a los alimentos.

Pero con ellas el gesto de comer o cenar llevaba implícita una liturgia ceremonial, hermosa y familiar que echaba de menos.

Marcó el teléfono de Susana y esperó a que cogieran la llamada antes de empezar a comer.

Había sido un día largo, tenía mucho que contar, y lo hizo como si hubiera estado sentada a la mesa con ellas, como si a través de sus voces pudiera transportarse a la cocina del caserío Mitxelena y sentir en su regazo la presencia pequeña de Amy mientras comía.

—¿Y qué vas a hacer ahora, Nash?

—Ese es el problema, cuando trabajo siempre sé cuál es el siguiente paso.

Lo que ocurre es que ahora no solo analizo e investigo a Benedict Newman, también analizo a mi madre.

Me siento arrastrada por la marea que me lleva mar adentro; sé que no debo resistirme porque solo conseguiría agotarme y ahogarme, pero eso no implica que no me dé miedo.

—Hizo una pausa de un par de segundos—. Lo siento, chicas, supongo que estoy siendo muy derrotista, pero necesitaba decirlo en voz alta, y os echo tanto de menos...

—Deberías hablar con la inspectora Salazar —la interrumpió Beth.

Nash no contestó. Lo hicieron Susana y Eva.

—Sí, creo que si alguien puede entender lo que estás sintiendo es ella. Seguramente es así como lo vivió cuando tuvo que asumir quién era realmente su madre.

Cuando colgó el teléfono, sobre la bandeja quedaban solo las migas. Buscó otro número en su agenda. Comprobó la hora, casi las once de la noche. Aun así, marcó.

Al oír la voz masculina al otro lado, dijo:

—Hola, Asier, soy Nash Elizondo. La doctora Elizondo.

Él la saludó cordial, aunque en su voz se hizo patente la sorpresa. Ella casi pudo imaginar su sonrisa, aunque la última vez que había visto al colega de su madre fue en el funeral, y aquel día estaba muy triste. Cuando se extinguieron los primeros saludos y las preguntas corteses, ella le dijo:

—Será mejor que me hagas un hueco entre tus consultas de mañana, tenemos que hablar de un paciente de mi madre.

Él titubeó unos segundos antes de responder. Su tono cambió cuando lo hizo.

—Estoy para ti si te apetece hablar, pero sabes que no puedo darte esa información —dijo muy serio—; ya solo que me lo pidas es muy irregular.

—Seguro que podrás. Ahora es paciente mío, y creo que es un asesino.