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Noche en Ciudad
El contraste era brutal.
La caligrafía de Colt era expansiva, casi territorial.
Había un espacio generoso no solo entre las palabras, sino también entre las propias letras, como si cada una necesitara su propio feudo, su propio aire para respirar.
Eran trazos angulosos y enérgicos que se plantaban en la página con la fuerza de una afirmación rotunda y clara.
La de Benedict, en cambio, era un ecosistema en sí misma.
Una escritura fluida, controlada, donde las letras se daban la mano para formar palabras en un único trazo elegante y continuo.
No había conquista del espacio, sino una armonía perfecta, un río de pensamiento ordenado que discurría sin esfuerzo y, sin embargo, por momentos ininteligible.
No eran solo dos letras distintas. Eran dos mentes, dos maneras opuestas de ocupar el mundo. Y se suponía que ambas habitaban en el mismo hombre.
Pensativa, rodeó la mesa, apoyó las manos en la suave piel del sillón y se inclinó para olerlo; no había rastro de tabaco.
Se sentó y, casi como si repitiese la coreografía que había llevado a cabo en el despacho del detective Colt Star, fue abriendo uno a uno los cajones.
El interior estaba compartimentado y ordenado; había recambios de tinta, plumas, un par de pendrives y una libreta de tapas negras que abrió solo para comprobar que aparecía cubierta con la caligrafía de Newman.
No había rastro de tabaco, ni encendedores ni ceniceros, y de su interior emanaba aroma de madera y una leve nota de almizcle.
Pasó suavemente los dedos por la madera pulida y se inclinó de nuevo para captar los aromas.
Nada de tabaco tampoco. Se puso en pie y caminó despacio hasta el sofá, escuchando la estancia.
Se sentó y abrió su ordenador. Hizo varias búsquedas en internet bajo la misma premisa: «Entrevista a Benedict Newman», «Presentación de la novela de Benedict Newman»...
El modo de conducirse era similar en todas, exquisitamente educado, agradable, con una simpatía controlada.
Nash observó su rostro mientras escuchaba cada pregunta que le hacía su entrevistador; permanecía serio, alerta, y en los primeros segundos, casi en guardia, hasta que identificaba el tono y el fondo de la pregunta.
Entonces, la preocupación inicial se disipaba dando paso a una microsonrisa ¿aliviada?
Aquel hombre se enfrentaba a las entrevistas como a un tribunal al que temía y deseaba agradar.
Pensó en el contraste con el comportamiento de Colt Star aquella mañana ante el juez; respetuoso, pero dispuesto a defender su postura, a ser divergente.
Trató al juez de igual a igual, calibrando su honradez y decidiendo que podía ser digno de su confianza.
Colt Star eligió una posición ante el mundo consciente de que eso lo colocaba enfrente de muchos, lo asumía con la naturalidad cínica del personaje bien definido.
A Colt Star no lo preocupaba importunar.
Hizo otra búsqueda de diferentes actos en los que se veía a Benedict Newman firmando los ejemplares de sus novelas para sus lectores; siempre con la mano derecha.
Más relajado que con los periodistas, atento, algo contenido, sonreía a los halagos con un gesto pequeño, sin falsa modestia ni sobrada altanería.
Cerró el ordenador y cruzó las manos sobre la tapa mientras su mirada vagaba sobre las cubiertas de los libros de psiquiatría y desde allí, como si una mano invisible la guiara, al contenido del maletín de aluminio.
Tomó al azar otra de las cartas que Benedict había escrito a su madre y leyó de nuevo en el encabezado:
«Amor mío».
Las había leído una a una y varias veces.
Tras la muerte de su madre, y desde la noche en que sorprendió a Enriqueta, la vecina y amiga íntima, llevándose aquellos documentos de su casa para cumplir la petición que la doctora Elizondo le había hecho en su lecho de muerte, aquellas cartas se habían convertido en su obsesión.
Nash las había dividido en tres categorías. Las destinadas a recordar, o más bien a impedir que su madre olvidara los momentos felices que habían vivido juntos.
La segunda categoría era para las de puro amor, en las que Newman se explayaba sobre sus sentimientos, sobre lo mucho que la amaba, sobre lo mucho que la amaría siempre. Le llamaba la atención en estas la ausencia de esperanza, ni siquiera encubierta; parecía asumir que jamás volverían.
Había una tercera categoría, la menos abundante, solo tres cartas.
En ellas se intuía una suerte de justificación, un intento vago de dar explicaciones, pero tan encubierto, tan parapetado en el lenguaje, en ese código que manejan los que comparten un secreto, que el fondo apenas resultaba descifrable.
Vagas disculpas, palabras veladas, sobreentendidos para no mencionar abiertamente las ofensas.
Nash había copiado cada una de las frases que, cargadas de pesadumbre y dualidad, se movían entre la asunción de culpa y la petición de perdón.
«Aquel hombre que te falló es hoy un fantasma al que ya no reconozco.
Mi brújula se rompió entonces y anduve perdido, sin norte, sin ti.
Fue una fiebre, un delirio del que solo tu recuerdo ha podido curarme.
Aquellos rostros sin nombre son hoy los eslabones oxidados de la gruesa cadena de culpa que arrastro a solas.
Eran solo ecos en una habitación vacía, sombras que, te lo juro, no dejaron huella en mí.
Mi dolor de entonces era una niebla tan espesa que me impedía ver el precipicio a mis pies.
Nadie como tú conoce las viejas cicatrices que me gobernaban en aquella época.
Fui el actor de una obra terrible que otro escribió, y yo la interpreté sin entender el guion.
Mi equivocación es un abrigo pesado que, incluso ahora, no sé cómo quitarme.
Un solo tropiezo en la oscuridad no puede ser la condena que defina el camino entero de un hombre.
Intento mirar atrás y solo veo a un hombre roto actuando desde la herida.
Buscaba en otros lugares un perdón que únicamente tú podías darme y que yo no merecía. »
Cuando las leyó por primera vez, tres meses atrás, había asumido que aquella fiebre, aquel delirio, aquellos rostros sin nombre a los que se refería habían sido mujeres.
Que una infidelidad, una deslealtad, había roto la relación de sus padres.
Por eso, al conocer a Margot, le insinuó que quizá Newman fuera un mujeriego.
Pero todo lo que Noah Scott Sherrington le había contado, todo lo que el inspector Barezzi había encontrado en su registro, le daba una nueva lente con la que leer aquellas cartas.
«Fui el actor de una obra terrible que otro escribió, y yo la interpreté sin entender el guion.» «Intento mirar atrás y solo veo a un hombre roto actuando desde la herida.»
¿Podría ser que de algún modo su madre hubiera descubierto el terrible pasado del hombre que tenía a su lado y eso hubiera sido el motivo para poner distancia entre ambos?
Pero había sobre todo una frase que resonaba en su mente cargada de intención: «Nadie como tú conoce las viejas cicatrices que me gobernaban en aquella época». De la frase se infería que ella conocía aquel pasado. «Nadie como tú.»
Nash se inclinó sobre el maletín y extrajo el viejo álbum de recortes de crímenes violentos que se remontaban a finales de los años ochenta.
Para Nash, lo único extraño de aquel álbum era que su madre hubiera encargado destruirlo.
Su madre se había dedicado durante años a colaborar con la policía perfilando delincuentes y formó parte de la comisión permanente de investigación de la conducta criminal de la Universidad de Deusto; Nash la recordaba armada con sus afiladas tijeras y extirpando de entre las páginas de los periódicos noticias truculentas.
Lo abrió y examinó noticias al azar. Al principio aparecían más ordenadas, cuidadosamente pegadas en las páginas del álbum; se extendían hasta bien entrados los años 2000.
A partir de ahí, su madre fue acumulando los recortes ya sin orden, doblados y aprisionados entre las últimas páginas.
Uno a uno los fue abriendo, pasando con suavidad las yemas de los dedos sobre el papel poroso para poder leer textos que en ocasiones ocupaban menos de diez líneas.
No encontró ninguno que ni por asomo recordase a la foto de un fardo atado con cuerdas que su madre había enviado a Scott Sherrington el día en que un ictus le fulminó el cerebro.
Colocó bien los recortes que había entre las últimas páginas del álbum destinado a contenerlos y sacó del maletín los dos cuadernos de tapas marrones que Nash recordaba haber visto por docenas entre las manos de su madre.
Eran cuadernos sencillos de tapas recicladas y toscas y con un rayado longitudinal en su interior, donde su madre iba apuntando —a pesar de que grababa siempre las sesiones con sus pacientes— cuestiones menores, ideas peregrinas, datos, afirmaciones llamativas.
Nash se había educado en el máximo respeto a todo el material de trabajo de su madre.
Ni cuando era muy pequeña le había vetado jamás la entrada a su despacho, pero tenía terminantemente prohibido tocar el magnetófono o las cintas donde grababa las sesiones, y, por supuesto, aquellos cuadernos de tapas marrones.
Suponía que fue obedeciendo a la orden interna que prevalecía en su interior, y se limitó a hojearlos, sin leerlos.
Sobre la tapa del primero aparecía el nombre del paciente: «Noah Scott Sherrington».
El último apunte era de agosto de 1983. El propio Noah le había explicado su situación entonces.
En el segundo cuaderno, el nombre del paciente había sido tachado con un grueso rotulador negro y permanente.
No solo en la tapa, sino en cada una de las ocasiones en las que hacía referencia a él o a ella en todo el cuaderno.
El último apunte tenía fecha de finales de 1985.