Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 33 #3
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—Es más que un trabajo, Nash. Es la convicción de que la cultura no es un lujo, es una necesidad. Y tu padre es una de las personas más generosas que he conocido en ese aspecto. Ha puesto su fortuna y su alma al servicio de esa idea.

Nash tuvo la sensación de que el discurso estaba bastante ensayado, algo que no era tan raro, porque en muchas ocasiones, como director ejecutivo, tendría que exponer las funciones de la fundación.

—Entonces, ¿lo admiras? —insistió ella forzándole a revelar sus verdaderos sentimientos.

—Es un genio creativo, y eso es como tener cerca un caballo salvaje. No puedes dominarlo, no lo comprendes del todo y sabes que nunca podrás montarlo, pero puedes admirar su naturaleza. Es algo que todo el mundo percibe.

—Me gusta el símil. ¿Dirías que lo conoces bien?

—Diría que, en el ámbito profesional, me parece perfecto.

Nash le dio la espalda para disponer sobre la mesa las dos páginas manuscritas que había tomado de una de aquellas cajas de cartón.

—¿Es esta la letra de Newman?

Sintió cómo él se inclinaba a su lado, rozándola un poco con el brazo de un modo que podría parecer del todo casual.

—Sí, Benedict escribe todo su libro a mano, al menos el primer borrador, y luego lo pule mientras lo va pasando al ordenador.

Nash retrocedió hasta su maletín y tomó el cuaderno de bitácora que se había llevado de la oficina del detective Colt Star.

—¿Y esta?, ¿es quizá tu letra?

Su desconcierto fue evidente. Agarró la libreta, la alzó y fue pasando hojas. Miró a Nash, casi demandando respuestas.

—No, no es mi letra. ¿De dónde la has sacado?

—De esa especie de decorado de oficina de Colt Star que Benedict tiene en el centro de la ciudad. ¿Qué es lo que no te cuadra?

—Que el estilo es el de Benedict, parece un texto suyo, pero la letra desde luego no es la suya.

Claro que, si lo encontraste en la oficina de Colt, se me ocurre que quizá cuando hicieron la sesión de fotos, alguien pudo copiar en uno de estos cuadernos parte de un texto de Newman.

Su letra es bastante inteligible y, quizá para las fotos...

—Sí, tiene sentido, lo más probable es que fuera así —zanjó el tema.

Nash, sintiéndolo muy cerca, le preguntó sin circunloquios:

—¿Por qué me estás ayudando?

—Porque nadie más lo hará en esta casa. Margot es la guardia pretoriana de Benedict, Elisa lleva tantos años al servicio de Newman que ya no distingue entre lealtad y fanatismo, y Robert... No deberías fiarte de él.

—¿Y de ti?

Él alzó una mano hacia el rostro de ella y con infinito cuidado le rozó el cabello con el envés de los dedos. La mirada arrobada, los labios entreabiertos. Y luego, volviéndose tímido de pronto, retiró la mano y se disculpó.

—Perdona, eres la hija de mi jefe. No debería... Mi comportamiento está fuera de lugar.

Nash lo estudió mientras trataba de dilucidar si fingía. Decidió que su desazón era real. Karim retrocedió hasta la entrada, pero cuando parecía que se iba a ir se detuvo.

—Sería mejor que no trabajaras en el despacho de Newman —le dijo—.

Puedo ponerte una mesa en la biblioteca o en un mirador precioso que hay al otro extremo de la casa.

Incluso podemos habilitar un espacio en la casa de guardeses o en el pabellón de invitados, donde suelen quedarse los becados de la fundación.

Desde el principio de la pandemia está vacío.

Un lugar en el que puedas trabajar y tener cierta privacidad.

Nash asintió como si estuviese de acuerdo, pero dijo:

—Estaré bien aquí.

—Nash, yo también tengo que trabajar, debo seguir con las labores de la fundación, y mi lugar de trabajo siempre ha sido el despacho de Newman.

Ella se preguntó hasta qué punto los avances o intentos de seducción por parte de Karim iban destinados a sacarla de allí, a convencerla de que trabajase en otro lugar. Pareció que Karim iba a replicar, pero Nash lo cortó cuando dijo:

—Gracias, Karim, trabajaré aquí, pero, por supuesto, tú puedes trasladarte a la biblioteca o a ese precioso mirador que has mencionado.

Él sonrió con aquella magnífica sonrisa suya y se volvió en dirección a la puerta. Antes de que saliera del despacho, ella lo detuvo.

—Karim, una última cosa. Dime, ¿Newman es diestro o zurdo?

—Benedict es diestro —contestó Karim.

Cuando comprobó que él había cerrado la puerta al salir, Nash sacó del maletín de aluminio la otra muestra que se había llevado del despacho de Benedict: el folio donde él había escrito «Nash Elizondo» y, debajo, «hija de Benedict Newman».

La caligrafía era idéntica a la del cuaderno de bitácora.

Comparó las dos muestras de escritura y confirmó que la nota de Colt Star y el cuaderno compartían la misma letra.

Recordó perfectamente la noche en que fue a buscar a Colt a su oficina: el modo en que se inclinaba sobre el escritorio para tomar sus datos.

Era zurdo. Regresó hasta el maletín y tomó una de las cartas que Newman le había enviado a su madre; era idéntica a la de los manuscritos, sin duda era su letra, pero era del todo distinta de la del cuaderno de bitácora de Colt.