33
Noche en Ciudad
Aún no se había borrado de su rostro la sonrisa que le había dejado hablar con la doctora Kalo.
Por su mente cruzaba un pensamiento peregrino que tenía que ver con la coincidencia del grupo sanguíneo con el suyo propio...
¿Podría ser sangre de Newman? ¿Por qué había impresionado tanto al detective Star verla en el dintel de su puerta?
Su mirada recorrió el espacio como si lo viera por primera vez sin la urgencia de antes.
La luz de la tarde entraba oblicua por los ventanales, arrancando destellos del cristal impoluto de las librerías y de la veta oscura del nogal pulido.
No había una mota de polvo, ni un libro fuera de su sitio, salvo los que ella misma había sacado y esparcido por el sofá de terciopelo.
El silencio era tan denso y ordenado como los objetos, y Nash sintió que no estaba en un despacho, sino en el mausoleo perfecto de una mente controlada hasta el último detalle, cuando percibió un movimiento a su espalda.
Se volvió sorprendida y vio que Karim aún seguía en la estancia, parado en el mismo lugar junto a la puerta donde había permanecido durante toda la reunión.
—Karim... —dijo dubitativa.
Él se encogió de hombros y sonrió mientras entraba en el despacho y rodeaba el sofá para llegar hasta ella.
—No suelo estar muy de acuerdo con Robert últimamente, pero tiene razón en que, si estás buscando algo en este despacho, yo soy tu hombre —dijo sonriendo y dejándole ver su dentadura perfecta.
Sin poder evitarlo, Nash tuvo una visión del recuerdo de su torso desnudo y húmedo de sudor y el modo en que sus brazos se tensaron cuando levantó la mano para saludarla la otra noche.
Sintió cómo, sin quererlo, tenía la necesidad de tomar más aire, desvió la mirada hacia el montón de libros que había en el suelo frente a la biblioteca oculta y se dirigió hacia allí solo para poner distancia entre ellos.
—Benedict tiene una magnífica biblioteca con miles de referencias, ahí al lado.
—Intentó que su voz reflejase serenidad—.
Observé que en su despacho solo hay muestras de las distintas ediciones de sus propios libros.
Margot me explicó que no tiene aquí libros de otros autores, por eso me llamó la atención la biblioteca oculta en ese armario.
Es evidente que los títulos no son suyos, y como profesional te digo que parece la biblioteca de un psiquiatra experto en psicopatía.
—Nash se volvió para mirarle—. Me llama la atención que esté oculta.
¿Por qué no la tiene a la vista como el resto de los libros? ¿Por qué no está en la biblioteca?
Él sonrió y se desplazó hacia uno de los armarios que Nash ya había revisado. Se inclinó, abrió las puertas y extrajo una de las cajas de cartón.
—En estos armarios se guarda toda la documentación utilizada en el desarrollo de las obras de Benedict Newman, en cada caja —levantó la tapa de cartón— hay mapas, panfletos, guías turísticas, artículos recortados de periódicos, fragmentos de crónicas periodísticas o de investigación que usó como referencias, incluso pequeños trípticos de visitas a lugares a los que Benedict se desplazó para documentarse.
Ella se acercó para ver los legajos que Karim iba sacando de la caja.
—Y a su lado, meticulosamente ordenados —señalando al interior del armario—, están todos los libros que leyó como parte de la documentación para cada una de sus obras.
En algunos casos hay uno o dos, en otros más de una docena, y hay de todo, desde ensayos modernos hasta clásicos, pasando por libros de historia.
Parte de mi trabajo en estos últimos años ha sido ordenarlo todo, fotocopiarlo, filmarlo y guardarlo como documentación que forma parte de la Fundación Newman.
Estos son los originales, pero tenemos copia de todo en la fundación.
—¿Quieres decir que estos libros forman parte de la documentación para su escritura?
—Sí, esos libros están aquí porque forman parte de la documentación para distintos libros de Benedict Newman, pero, en particular, para un ensayo que escribió hace unos años.
—No sabía que también fuera ensayista.
Karim fue hacia la pared principal, a la sección superior de la librería. Las distintas ediciones de las obras de Benedict Newman reposaban perfectamente alineadas, como objetos de exposición. Con la punta de los dedos extrajo un volumen de tapas blancas, fino en comparación con sus otras obras.
—Y no lo es, bueno, sí lo es, puesto que tiene un ensayo, recibió varios premios y menciones especiales, pero es cierto que es una de las facetas más desconocidas de su carrera.
—«Los que paran» —leyó el título mientras él se lo tendía.
Nash sujetó el ejemplar con firmeza, pasando las páginas entre sus dedos.
—¿De qué trata? ¿Cuál es su tesis?
—El propio título habla de una excepción en la regla de la aceleración en los asesinos en serie, la que dice que, una vez que se han acelerado, no se detendrán nunca, hasta que alguien los detenga.
—¿Es una obra sobre criminología? —Abrió una página al azar y ojeó el texto.
—No, en absoluto. Los que paran es un ensayo sobre la importancia de la narrativa y el lenguaje, pero sobre todo de la lectura relacionada con la conciencia de uno mismo.
En él, Newman sostiene que, del mismo modo que tras la Segunda Guerra Mundial y las contiendas de Corea y Vietnam se dio un inusitado aumento de asesinos psicópatas en serie en Estados Unidos y en otros lugares del mundo, el estudio de la psicopatía, el conocimiento de la mente psicopática y los avances en psicología llevaron también a un gran conocimiento de la entidad humana.
—Los estudios del FBI sobre la conducta criminal... —apuntó Nash.
—Pero no únicamente. Se produjo un gran impulso del humanismo que se dio con el crecimiento notable de la psicología, con la reedición de las principales obras de Sigmund Freud que en esos años se popularizaron.
La alfabetización de grandes segmentos de población, la lectura y el autoconocimiento habrían llevado a un descenso importante de esas actividades psicopáticas, las de asesinos en serie.
—El humanismo como defensa de lo humano...
Karim continuó:
—Según sostiene en el libro, el propio carácter ególatra y excepcional de este tipo de personas las llevaría a un interés profundo por lo que les ocurre, y de algún modo a controlar y moderar sus impulsos.
—El narcisismo como instrumento de autoconocimiento... —dijo ella intentando razonarlo—. Es interesante, pero no arriesga demasiado.
Karim sonrió achinando los ojos y la estudió sopesando su juicio.
—No he terminado.
Ella extendió una mano invitándole a continuar.
—Del mismo modo, Newman sostiene que, por una parte, el giro que en los últimos años ha dado la sociedad hacia una pérdida del humanismo en la educación, con el individualismo como lema, y, por otra, la pérdida de la narrativa, la limitación a ciento cuarenta caracteres de las redes sociales y la impronta rápida del ritmo de vida a la que nos ha conducido esta época de oscurantismo, en que todo se obtiene a golpe de clic, serán devastadores.
—¿Devastadores hasta qué punto?
Él abandonó su lugar junto a la librería y paseó por la estancia sin dejar de mirarla.
—Estarás de acuerdo en que nunca como hasta ahora se han dado actitudes tan flagrantes de individualismo, que, lejos de dotarnos de criterio propio, nos han conducido a un fingimiento social.
Nos llevará a adoptar personalidades adhesivas, redundará y tendrá como consecuencia un aumento de la psicopatía y de los asesinatos en serie en los próximos años de individuos que operarán por impulso, y sin ningún conocimiento de su propia entidad.
—¿Quieres decir que Newman escribió un ensayo que sostiene que un asesino en serie puede llegar a controlar sus impulsos si se educa?
—Expresarlo así es muy simple, va mucho más allá de la educación.
Tiene que ver con el autoconocimiento, con la narrativa interna, con la «intrahistoria», eso que sabemos de cada uno de nosotros, que no está destinado a ser contado, pero que, sin embargo, es la única verdad.
Como dijiste antes, no lo que los demás ven, no lo que finges ser, sino lo que eres de verdad, lo que dejas ver a los que te aman.
Nash percibió el orgullo en su voz, pero era más que eso.
Era la pasión de un creyente. Argumentaba las teorías de Benedict con una convicción tan elocuente que resultaba seductora.
Se dio cuenta de que el intelecto era, quizá, su arma más afilada.
Un hombre que defendía una idea con tanta vehemencia era un hombre con un núcleo fuerte.
—Se diría que estás de acuerdo con sus teorías...
—Espero, por el bien de la humanidad, que Newman no tenga razón y no tengamos que ver cómo en los próximos años ese narcisismo extremo de la sociedad nos conduzca a un repunte de agresores que obren dejándose llevar por el puro impulso; pero te aseguro que su tesis está bien argumentada, y el cinismo individualista que cada vez hace más mella en la sociedad no induce a pensar que se pueda esperar nada bueno.
Nash lo escuchaba con la cabeza inclinada a un lado, medio sonriendo mientras seguía con la mirada su peregrinar por el despacho. Sabía que dominaba el terreno. Disparó su pregunta cambiando radicalmente de tema.
—¿Qué es lo que haces exactamente para Benedict Newman, Karim?
Él detuvo un segundo su pavoneo, aunque enseguida recuperó el paso.
—Sí, ya sé que eres su secretario —añadió ella antes de darle tiempo—, imagino cuáles serán tus labores, pero da la sensación de que vuestra relación es mucho más estrecha.
Robert me dijo que te quedaste en la casa de invitados los tres meses que duró el confinamiento.
Eso sin duda es mucho compromiso para un secretario.
Él se detuvo ante Nash y sonrió encantador.
—Mis padres y una de mis hermanas viven en Turquía, tengo dos hermanos más que viven en París. —Sonrió—. Y no hay una señora Sahim esperándome en casa.