Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 32
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Nombrar lo que nos ocurre no lo resuelve. Pero sin nombrarlo, no existe la posibilidad de resolución.

B ENEDICT N EWMAN , en Los que paran

Noche en Ciudad

Abrí los ojos y vi que estaba allí. O quizá abrí los ojos porque él estaba allí; días después seguiría barajando ambas posibilidades.

La visión podría haberse reducido al recuerdo de un sueño, algo que se olvida porque no importa.

Cuando abrí los ojos lo vi y, de alguna manera, fui consciente de que él me miraba.

No me alarmé; vestía como cualquier médico: ropa blanca de hospital, un gorro quirúrgico y, como todos en este maldito tiempo, una mascarilla que le cubría parte del rostro.

Inmóvil, desdibujado por la niebla mental que me aturdía.

Estaba a punto de catalogarlo como una alucinación cuando se inclinó un poco más y susurró:

—¿Me recuerdas? —Su voz sonó como el eco de una tormenta.

Parpadeé incrédulo mientras sentía cómo un martillo pilón golpeaba mi cabeza y mi realidad se fundía a negro.

Cuando desperté de nuevo, el techo era de un blanco ofensivo.

Cada pulso en mi sien era un eco del mazo del juez declarando senil al viejo escritor; la brecha que me regaló el acólito de Barezzi en la comisaría seguía pasando factura.

Instintivamente, me llevé la mano izquierda a la nuca, sentí la cicatriz seca y tirante, los puntos de sutura pugnando por romperse.

Me miré las puntas de los dedos y vi que no había sangre, pero las uñas aparecían teñidas de oscuro, como si sin darme cuenta me hubiera estado rascando el cráneo herido.

Levanté la otra mano y vi que alguien me había puesto en el dedo corazón un sensor de pulso.

Una ventosa que estaba pegada en mi frente saltó de su lugar; recordé que tenía más en el pecho, en las piernas, en la cabeza.

Cerré los ojos. Dolía, dolía como todos los demonios y, por un momento, la idea de quedarme quieto en esa cama esterilizada no sonó como una condena, sino como una tregua.

La puerta de la habitación se abrió y mi doctora favorita entró sonriendo, iba acompañada por una enfermera y un coro de zumbidos lejanos: el pitido rítmico de un monitor en el pasillo, el siseo constante del aire acondicionado, el chirrido de unas suelas de goma a lo lejos.

—Veo que estás despierto, ¿te encuentras mejor?

—Supongo que sí —admití—, aunque no recuerdo cómo comenzó la migraña.

La doctora Patricia Duval se inclinó sobre mí. Eso me gustó.

—¿No lo recuerdas? ¿Qué es exactamente lo que no recuerdas?

—No recuerdo el momento en que comenzó la migraña.

Con las puntas de los dedos desplazó mis párpados para verme los ojos. Sentí sus manos frías y suaves como seda.

—Te explicamos la naturaleza de la prueba que te hemos realizado, una polisomnografía.

Lo recordaba. Patricia me convenció de la importancia de aquella prueba; podría ayudarlos a determinar el origen de mis migrañas, descartar apnea del sueño y los problemas de memoria asociados.

Me habían colocado bandas torácicas y abdominales y me habían pegado una gran cantidad de sensores por la cabeza y el rostro.

—Estuviste escribiendo un rato mientras te relajabas. —Señaló mi cuaderno de bitácora sobre la mesilla—. Y de pronto estalló una migraña.

—Ahora lo recuerdo.

—Habrá que repetir la prueba, porque tuvimos que sedarte para calmar el dolor, y para este estudio es indispensable que el sueño se produzca de modo natural...

Pero lo bueno es que te teníamos monitorizado durante todo el ataque.

Los datos que obtuvimos nos ayudarán a determinar cómo se produce la migraña y a tratarla.

La miré pensativo.

—Cariño, ¿viniste a verme antes?

—¿Antes?

—Mientras dormía. Me desperté y había alguien junto a mi cama. Me habló.

—No, seguimos la evolución del sueño desde una sala donde recibimos todos los datos a través de monitores.

También hay algunas cámaras que te graban mientras duermes para recoger tus movimientos involuntarios.

La consigna es que no entre nadie, precisamente para no alterar el ritmo normal del sueño.

¿Ha entrado alguien en la habitación? —Miró a la enfermera.

Esta negó mientras iba despegándome los sensores.

Yo asentí sin ningún tipo de duda, y ella lo notó.

—¿Qué es lo que viste? —Percibí su interés como médico.

—Nada, a alguien vestido como un médico, por eso pensé que podías ser tú —mentí.

Cuando la enfermera terminó de quitarme todos los electrodos, cerré los ojos para concentrarme en el dolor residual que, como una tormenta en la noche, tras descargar con fuerza se alejaba sobre el mar iluminando de vez en cuando el horizonte.

—Colt. —Sentí su aliento cálido cerca de mi rostro y el deseo de besarla me sacudió todo el cuerpo—. Sé que no quieres estar aquí, pero te pasa algo, algo grave, y yo voy a ayudarte, lo prometo. Pero tú tienes que ayudarme a mí.

No abrí los ojos, no quería que la sensación de tenerla tan cerca se esfumara.

—Intenta descansar un rato, volveré más tarde —susurró.

Sin abrir los ojos, extendí la mano y tomé la suya antes de que se alejara.

—Gracias, cariño. No lo olvidaré.

Patricia cogió mi mano entre las suyas, tirando de ella.

—¿Qué te ha pasado?, ¿cómo te has hecho esto?

Abrí los ojos. Tenía los dedos manchados de algo oscuro.

—Es solo un poco de sangre seca; supongo que mientras dormía me rasqué la herida de la cabeza. Me pica bastante.

Sujetándome de la barbilla, giró mi rostro para verme la nuca. En ese instante deseé besarla con todas mis fuerzas. Me contuve. Pero no me privé de imaginarlo. Mi cara debió de mostrarlo, porque ella me preguntó:

—¿Estás bien?, ¿te pasa algo?

—Me muero por besarte —confesé como un crío, entre avergonzado y excitado.

Sonrió, se inclinó sobre mí y me dio un beso en la mejilla, peligrosamente cerca de la boca. Un beso pausado, lento y muy dulce. Me encantó; no obstante, me quejé.

—No lo imaginé así.

—Guardemos el resto para el día en que vengas a buscarme.

Después, y como si en un segundo hubiera recuperado toda su determinación, tomó mi mano derecha y la observó con el mismo cuidado que había puesto antes en la brecha de mi cabeza. Levantó las sábanas y pasó los dedos suavemente por encima de las manchas pardas que quedaron.

—No se aprecia sangrado en la cabeza. Prefiero que la herida esté al aire, pero le pediré a la enfermera que te ponga un apósito para dormir. El picor es normal, pero la zona está un poco irritada y tengo miedo de que termines saltándote un punto.

—Lo que digas —asentí mientras la veía alejarse. Tenía unas piernas preciosas.

Esperé hasta oír el clac de la puerta para incorporarme.

Me sentía feliz. Tomé mi cuaderno de bitácora, el bolígrafo, y repasé las notas de mi caso.

Como siempre cuando trabajaba, iba realizando una lista pormenorizada de los actores de aquella siniestra obra.

Tomar notas se había convertido en una costumbre que me ayudaba a pensar con claridad.

Primero hacía una lista de los implicados y, a continuación, iba escribiendo todo lo que me inspiraban.

El inspector. El Lobo. Un perro hambriento que olfatea un ascenso.

Una punzada en la base del cráneo me hizo apretar la mandíbula.

El recuerdo del suelo de la comisaría, frío y definitivo.

¿Qué mejor trofeo que la cabeza de uno de los escritores más famosos del mundo?

Mancillar su nombre, declararlo un monstruo senil y, de paso, quitarme de en medio.

Dos pájaros de un tiro. Sus actos tienen un eco del pasado que no puedo obviar: el Lobo, hijo del Lobo.

Su padre se lo contaría mientras le enseñaba a atarse los zapatos.

Un lobato intentando terminar la cacería que el viejo Lobo dejó escapar.

¿Y qué hay del viejo? Un fantasma con placa.

Un hombre que en su día ridiculizó la idea de un asesino en serie.

Quizá ahora, desde su sillón apolillado, quiere reescribir la historia.

Demostrar que él siempre supo quién era el monstruo.

Resucitar el caso para poder cerrarlo él, aunque sea a través de su hijo.

Una última medalla para una solapa llena de polvo.

¿Y si Barezzi no anda desencaminado? ¿Y si el pirómano es el propio escritor?

Una idea retorcida. Un escritor que mató en papel de todas las formas posibles.

¿Cuál es el siguiente reto? ¿El más difícil todavía?

No escribir el crimen perfecto, sino hacerlo en la realidad.

Ver cómo su ficción, su Colt Star, se enfrenta a un asesino de carne y hueso que es un eco de su propia creación.

Un juego de espejos demencial solo para sentir algo nuevo.

Puedo dar cabida a la posibilidad de que, para él, yo no sea más que una marioneta. Quizá ha decidido cortar mis hilos para ver si puedo bailar solo.

Pensar en Benedict arrastrando un cuerpo en plena noche para abandonarlo en un parque es como imaginar a un canario derribando un edificio.

Ridículo. El viejo apenas puede con su pluma y su ego.

No, él no es el asesino. Es el escenario.

La pregunta no es si él lo hizo, es quién está usando su teatro para su propia obra sangrienta.

Y aquí es donde la cosa se pone fea. Porque en mi mundo, en Ciudad, los incendios los causan los pirómanos, pero a menudo los reviven los bomberos. Buscan la gloria, la adrenalina de enfrentarse a las llamas que ellos mismos, en secreto, avivaron.

¿Un bombero nostálgico?

Hice dos trazos debajo de la palabra nostálgico .

Alguien que estuvo allí, en los ochenta.

Un policía, un periodista, un forense. Una vieja gloria que vio cómo el caso se enfriaba y su momento de protagonismo se desvanecía.

¿Y si ahora, sabiendo que Newman estaba en la ciudad, había decidido darle al interruptor?

Resucitar al monstruo para poder cazarlo de nuevo.

Para ser el héroe que no pudo ser hace casi cuarenta años.

Un bombero jugando con gasolina para sentirse importante una última vez.

El dolor de cabeza era una niebla, pero la conclusión era clara como el filo de una navaja.

Alguien estaba resucitando a un fantasma.

Y fuera un escritor jugando a ser Dios o un viejo policía jugando a ser un héroe, el resultado era el mismo: mujeres muertas.

Y yo estaba en una cama de hospital. Tenía que salir de aquí.

Y entonces lo vi, y estuve seguro de que mi visitante de dormitorio había sido real. Con trazos furiosos, casi arañados en el papel, los de alguien que apretaba el bolígrafo como si fuera un arma, alguien había añadido una nota al pie de las mías.

IMPERDONABLE.