Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 31 #3
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La editora resopló y se irguió de forma perceptible antes de contestar. Se desplazó hasta un extremo del sofá y se sentó allí.

—Newman no es un terrorista si es a eso a lo que te refieres, pero siempre he sospechado que no era su verdadero nombre. Una vez me lo insinuó.

Nash alzó una ceja interrogante.

—Estábamos hablando de la imagen que tenía como escritor y me dijo algo como que en ocasiones era necesario construir el personaje, lo que la gente esperaba que un escritor fuera, y eso a veces implicaba dejar cosas atrás.

—¿Cosas como una identidad?

—No es tan raro, muchos escritores utilizan seudónimos para firmar sus obras.

Nuevas identidades, nombres y apellidos que suenan más literarios o que incluso implican una actitud cercana a lo que escriben.

Es muy común en las escritoras de novela romántica.

Si lo piensas, es casi una denominación simbólica: Newman, el hombre nuevo, como un renacido.

Cambiarse el nombre en Estados Unidos es tan común como cambiar de profesión.

—Diría que hay una gran diferencia entre utilizar un seudónimo para firmar tus obras y falsificar una identidad —contestó Nash.

—¿Y tienen alguna prueba de eso? ¿O simplemente han expuesto lo que les gustaría? —preguntó Robert.

—Lo están investigando. De cualquier manera, como dice Margot, obtener una nueva identidad en los sesenta y setenta en Estados Unidos no era difícil.

No era tan fácil en Europa, y eso también lo están investigando.

El terrorismo no prescribe, así que la Interpol está tratando de localizar a la hermana sobreviviente de Collin Doyle. Pretenden solicitar una prueba de ADN.

El rostro de Robert se tensó.

Nash registró la secuencia completa: primero, la breve contracción en la mandíbula del mayordomo, una sacudida de pura tensión.

Y después, el gesto correctivo, el de quien se descubre desnudo y se apresura a cubrirse.

Nash supo que no estaba presenciando una simple reacción, sino el esfuerzo consciente por sofocarla, por recomponer un aplomo que solo ella notó flaquear. ¿Por qué?

—Esto es increíble —se indignó Margot—. No he visto este nivel de persecución ni en la ficción. Así que ha pasado de ser sospechoso de describir las hazañas de un asesino a ser sospechoso de terrorismo.

—Parece que una cosa no quita la otra —dijo Nash—. La policía tiene pruebas de que, en 1983, Collin Doyle tuvo relación con un hombre huido desde Escocia y sospechoso de haber cometido los asesinatos de varias mujeres...

—Los crímenes que Benedict Newman describe en sus novelas... —terminó Karim.

Margot lo miró y explotó.

—¡Ah, no! ¡Eso sí que no! ¡Por el amor de Dios, Nash! —buscando su piedad—. ¿No te das cuenta del nivel de hostigamiento que esto supone?

Pero fue la observación de Robert la más acertada:

—¿Eso es lo que haces aquí? ¿Buscas pruebas de que tu padre es un asesino o un terrorista?

Margot miró a Robert mientras hablaba y después a Nash demandando respuestas.

—¿Sabéis a qué me dedico? Soy psicóloga forense.

Hago autopsias psicológicas. Mi trabajo consiste en desentrañar la mente de mi paciente, como hace cualquier psicólogo; la diferencia es que la mayoría de las veces mis pacientes están muertos, son desconocidos que no tengo delante o personas que han perdido por completo su capacidad para comunicarse.

Aunque a mí eso me da igual, porque no importa lo que dicen, lo que los demás dicen, lo que pretenden ser o la identidad que muestran.

—Pero... ¿vas a ayudarle? —dijo esperanzado Robert.

—A mí solo me importa la verdad, y suelo descubrirla.

—No tienes derecho a hacer esto —musitó Margot llevando la mirada de Nash a la estancia, como si contemplase un expolio.

El teléfono de Nash comenzó a sonar en su bolsillo. Lo extrajo, miró la pantalla y, al ver que era la doctora Kalo, contestó.

—Eneka, dame un segundo y estoy contigo. —Cubrió el micrófono para contestar a Margot—. Quizá no has oído bien al juez: Benedict Newman está bajo mi custodia. Es mi paciente. Y a partir de ahora trabajaré aquí, de hecho, ya he comenzado.

Después, dándoles la espalda, contestó la llamada mientras los escuchaba salir del despacho.

—Hola, mi ciela. Tengo los resultados de tu análisis, es sangre —dijo Kalo arrollando con su información.

—¿Humana?

—Sí, tengo el grupo sanguíneo por si te sirve de algo, cero positivo.

—¿De hombre o de mujer?

—Cariño, tu muestra me ha llegado hace un rato.

—La imaginó apoyada en uno de los altos bancos de su laboratorio: la bata impoluta que nunca se abrochaba dejaría ver su ropa ajustada, negra como siempre, su estrecha cintura; la melena rubia y suelta hasta mitad de la espalda, y las punteras de sus zapatos afilados y de tacón—.

La rehidraté y obtuve esto. Pero para lo que me pides tendría que hacer una secuencia de ADN entera, y desde que no estás en la universidad, el doctor Herzog me mira el culo con lupa.

—No, gracias, Eneka, te agradezco muchísimo lo que haces por mí. Esto me sirve.

—A mandar, reina —contestó Kalo.