Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 31 #2
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Era una colección única que delataba un gran interés por la mente psicópata.

Pero más llamativos le parecieron los libros técnicos, más propios de la criminalística: Elaboración de perfiles criminales , Manual de psicología forense criminalística , El factor psicópata , La sabiduría de los psicópatas .

Reconoció por su lomo El que lucha con monstruos de Ressler.

La imagen de esa misma edición, con su inconfundible tapa azul, apareció nítida en su mente: había un ejemplar idéntico en el despacho de su madre.

El recuerdo fue tan vívido que casi pudo oler el perfume de ella.

La biblioteca oculta de Newman no era un simple hallazgo, era un eco perturbador de su propio hogar, de su propia historia.

Un eco que lo contaminaba todo. Se puso en pie y comenzó a acarrear libros hacia el Chester de terciopelo, disponiéndolos en orden sobre el respaldo.

Sus movimientos delataban una lentitud deliberada, silenciosos, sedosos como los de un gato.

Cada mirada estaba destinada a comprobar la textura de aquel mundo, a extraer la huella real de la presencia de Newman en aquella estancia.

Se inclinó para abrir el maletín y entonces percibió un movimiento junto a las puertas acristaladas que daban al pasillo.

Margot y Robert entraron en el despacho.

Karim, que venía unos pasos por detrás, se detuvo, cruzándose de brazos y apoyándose en el quicio de la puerta.

La unión de aquel grupito hacía aguas desde la intervención del secretario en la reunión con los médicos, y su declaración a favor de la incapacitación de Newman en el juzgado la había terminado de rematar.

Karim sonrió al ver a Nash; fue el único que lo hizo, y desde la entrada elevó una mano a modo de saludo.

—Elisa nos ha dicho que estabas aquí... —dijo Margot deteniéndose, sorprendida de pronto—.

¿Qué estás haciendo! —exclamó alarmada mientras avanzaba hacia el interior del despacho.

Sus ojos saltaban del armario a los libros en el suelo, del sillón desplazado de su lugar a los ejemplares abiertos sobre el respaldo del sofá.

Nash no dijo nada. Robert se detuvo y la observó. Margot llegó hasta el Chester, tomó uno de los libros y lo cerró mientras demandaba respuestas.

—¿Ha regresado la policía?

—No —contestó Nash lacónica.

—Creía que Karim ya lo había ordenado todo...

—Y lo hice —intervino el aludido desde su posición junto a la puerta.

Nash observó a Margot, consciente de su desazón y del modo en que iba cerrando los libros y apilándolos en su regazo, como si portara un bebé.

—He sido yo —dijo con calma.

La editora la miró incrédula.

—Pues espero que tengas una buena razón para esto.

Nash pensaba. Desde que salió del despacho de Scott Sherrington, y mientras conducía en dirección a la mansión, se había sumido en un estado de aparente catatonia que avanzaba como una marea creciente que asolaba su interior y que la envolvía en una calma conocida, y amada, que experimentaba cuando hacía su trabajo.

Se acercó a Margot, con suavidad y firmeza le quitó los libros del regazo y los volvió a apilar sobre el sofá.

—Supongo que venís del hospital.

El desconcierto en el rostro de Margot era evidente; aun así, la mención del hospital pareció renovar su claro desacuerdo.

Nash lo esperaba; la petición de Barezzi de que lo acompañase a la comisaría había truncado cualquier posibilidad de reproche a la salida del juzgado, pero sabía que las reclamaciones llegarían.

—Debiste insistir al juez para que nos permitiera traerlo a casa.

Estaba muy desconcertado, yo diría que enfadado.

Le prometimos que podría regresar; la jefa de Neurología consiguió convencerle de que tenía que pasar la noche allí para hacerle esa prueba de sueño, pero no estoy muy segura de que vaya a ser fácil retenerlo.

Nash no contestó. Como si una poderosa voz la llamase desde allí, sus ojos se posaron de nuevo en los libros apilados en el suelo junto a la estantería.

Caminó hasta el montón y se inclinó para recoger otro par de ejemplares que llevó hacia el sofá.

La perplejidad de la editora era tan palpable que la hizo encogerse de hombros mientras se volvía a mirar a Robert buscando colaboración. Él se la brindó.

—El abogado del señor Newman nos dice que quizá dentro de unos días se pueda volver a solicitar una modificación de las condiciones.

Nos explicó que si elaboras un nuevo informe recomendando el traslado a su domicilio, el juez lo contemplaría.

Mitchell cree que no sería difícil obtener un informe favorable de la jefa de Neurología.

—Newman está bien donde está —contestó Nash autoritaria mientras colocaba los libros junto a los otros.

—¿Estás buscando algo? —preguntó desconcertado el mayordomo, mirando a su alrededor para poner de manifiesto lo extraño de su actitud—. Karim podría ayudarte.

—Sí —dijo mirando a los tres y fingiendo animarse—. Estoy buscando al hombre que dice llamarse Benedict Newman. Seguro que todos podéis ayudarme.

La desazón en el rostro de Robert y Karim fue genuina, pero Margot abrió la boca sorprendida; fue solo un instante, como si fuera a decir algo y se hubiera arrepentido.

Nash asintió con calma, retrocedió dos pasos hasta tocar el escritorio, se apoyó ligeramente y dijo:

—Yo vengo de la comisaría. —Habló muy despacio y consciente de cómo captaba la atención de los tres—.

El inspector Barezzi me ha mostrado lo que encontraron en el registro.

La intención, como todos imaginábamos, era hallar algo que relacionase a Benedict con el autor de esos crímenes y el modo en que obtuvo esa información, pero la naturaleza de lo que descubrieron es muy distinta.

—¿Qué? —preguntó Robert impaciente.

—Encontraron prendas identificativas del IRA, como una boina con su lema y un arma característica de la banda. Encontraron también la documentación sobre la identidad de un terrorista, Collin Doyle, al que se le perdió la pista en Bilbao en 1983.

—Podría ser documentación para una novela —sugirió Robert—. ¿Os dijo Newman que tuviese intención de escribir algo sobre el IRA? —añadió mirando a Margot y volviéndose para incluir a Karim.

El secretario negó; Margot se extendió más.

—No, pero eso no tiene nada de raro. Benedict siempre es muy reservado sobre la temática de sus próximas novelas.

Me cuadra perfectamente, siempre va muy adelantado con la documentación y a menudo dice en sus entrevistas que siempre tiene más de diez novelas en la cabeza, y yo le creo, su creatividad no tiene límite.

Podría ser documentación para una novela futura.

Conozco a otros escritores que se agencian una réplica del arma que usan en el texto.

—La que la policía ha encontrado es un arma auténtica, no una réplica, pero aun así te lo compro.

Podría ser —admitió Nash—, de no ser porque entre esas cosas apareció también una libreta con códigos, unos códigos muy particulares, los que la cúpula del IRA utilizaba para comunicarse en clave con la policía y reivindicar sus atentados.

Desde la Interpol dicen que es imposible que alguien que no hubiera estado en la dirección de la banda hubiera tenido jamás acceso a un material tan delicado, pero están de acuerdo en que es probable que Collin los tuviera.

Pero es que hay más... —El desconcierto en sus rostros era palpable; no obstante, Nash dejó que lo masticaran antes de hablar—.

El Departamento de Interior estadounidense no tiene constancia de ningún Benedict Newman nacido en Los Ángeles en su fecha de nacimiento; siguen tratando de hallar su rastro.

—Dios mío —exclamó Robert—. Esto va en serio.

—A ti no te sorprende, ¿verdad, Margot? —preguntó Nash mirándola de frente.