31
Nash detuvo su Mustang frente a la fastuosa entrada de la mansión de Benedict Newman.
Había conducido disfrutando de la maravillosa sensación de viajar sola en él sin mascarilla, con el rostro expuesto a la brisa templada del atardecer.
Pero ahora, frente a la mansión del escritor, el placer se esfumaba.
Permaneció quieta dentro del coche, observando la casa.
A los costados de la señorial fachada, el ala de la cocina y la biblioteca del escritor se extendían simétricamente.
Los pensamientos iban y venían a gran velocidad, acaparando su mente y provocándole una inmovilidad física que ya había experimentado en otras ocasiones cuando estaba trabajando.
Cuando la gravedad del pensamiento casi pesaba.
La puerta principal, al abrirse, interrumpió el flujo de sus pensamientos. Elisa apareció en el umbral de la mansión.
—Señorita, la he oído llegar hace un rato, ¿no va a entrar?
Nash asintió tranquila, aunque su respuesta acudió desacompasada, tres o cuatro segundos después.
—Sí, sí, Elisa, tengo que entrar.
Caminó despacio hacia la puerta, rebasó a la mujer rechazando con amabilidad su ofrecimiento de prepararle algo para comer y subió a su habitación.
Abrió el armario y rescató del fondo el maletín de aluminio que le habían donado las Mitxelena y en el que guardaba todos los legajos de su madre.
Dedicó una mirada alrededor como si buscase algo en concreto.
Algo que no halló. Retrocedió hasta la cama y se sentó en el borde con el maletín sobre las rodillas.
La cerradura cedió con un clic limpio. Apartó el ordenador, los recortes plegados que su madre había guardado durante años, los informes y los cuadernos.
Buscó las cartas. Las treinta y una atadas con una cinta de algodón, todas con la misma letra firme y elegante, todas dirigidas a la misma destinataria que ella misma había sido y ya no era. Sacó una al azar.
La fecha estaba escrita en la esquina superior derecha. «12 de febrero.» No miró el año.
Sus ojos saltaron sin querer al encabezamiento. Un nombre. El que había tenido antes de llamarse Nash. Apartó la vista antes de demorarse en él, como quien retira la mano de un objeto que aún no ha decidido si va a tocar.
Empezó a leer.
«Aunque es probable que nunca llegues a leer esta carta...
» Hablaba del frío en la costa. De las gaviotas que volaban tan bajo que se confundían con la espuma.
De Bastian, un nombre que para ella no significaba nada entonces y que ahora sabía que era el del mayordomo anterior, que había llevado el correo aquella mañana sin hablar y a quien él agradecía el silencio como un acto de cortesía.
Tres frases. No pudo seguir.
Se preguntó si el hombre que escribía sobre las gaviotas y el silencio educado de un mayordomo, el mismo hombre que firmaba novelas y triunfaba en las listas de ventas de libros, el hombre cuya foto de contraportada ocupaba el centro de la pizarra de Scott Sherrington, podía ser el mismo que envolvía cadáveres en fardos azules.
Dobló la carta despacio, por la misma línea por la que él la había doblado treinta y tantos años atrás, y la devolvió al fajo. Volvió a atar la cinta. Cerró el maletín. Lo sostuvo un momento sobre las rodillas, mirando el frío metal, antes de levantarse.
Salió de la habitación llevándolo con ella y, como si una brújula interior la guiase, bajó hasta la primera planta y se dirigió a la biblioteca.
Se detuvo en el centro de la habitación, como intentando extraer la información que aquel lugar contenía.
La elipse perfecta, el sillón en el centro, la luz proyectada como en un escenario.
Avanzó hasta la puerta escamoteada y, empujando la estantería, entró en el despacho de Newman y, de nuevo, consciente de la importancia que para su trabajo tenía ser capaz de absorber las impresiones que sus pacientes imprimían en los lugares por los que transitaban en su vida, dejó simplemente que el espacio le hablase.
Posó su maletín sobre el sofá de terciopelo y avanzó hacia la mesa imaginando la presencia del escritor; la rodeó y apartó el sillón de cuero deslizándolo sobre la suave alfombra de seda.
Con el mismo cuidado que si estuviera viendo a través de los ojos de Newman, se fue inclinando hasta quedar sentada para obtener la visión que él tenía cuando estaba allí, en su trono, en su espacio de poder.
Recorrió con su mirada el escenario de la vida de aquel hombre misterioso, rodeado de lujo, de buen gusto y pulcritud.
Se fijó en el gran espejo veneciano situado a distancia suficiente como para parecer parte de la decoración, pero estratégicamente colocado para permitir que Newman obtuviese una visión de su propio mundo con solo alzar la mirada.
Para muchas personas resultaría intimidante: enfrentarse constantemente a la propia imagen y, por lo tanto, a los propios defectos.
Para cualquiera con un funcionamiento psicológico ordinario, estar horas expuesto a sí mismo acaba siendo insostenible; la mirada continua sobre el propio rostro agota e interrumpe el pensamiento interno.
Se posicionó de frente y sostuvo su propia mirada. Suspiró mientras observaba su reflejo y luchaba contra el natural impulso de dejar de verlo.
Aguantarlo, en cambio, hablaba mucho del tipo de carácter.
Podía ser perfeccionismo extremo, la obsesión por estar siempre evaluándose.
Podía ser narcisismo: la vanidad de quien necesita teatralidad privada, un público aunque fuera uno mismo.
O podía ser algo más frío y depredador: un hombre que se mira sin juzgarse porque se siente por encima de cualquier juicio, y usa el espejo como herramienta de dominio sobre su propio mundo.
Apartó la mirada del cristal. Se inclinó un poco hacia delante apoyando los codos sobre los muslos.
Pero la hipótesis que para Nash tomaba más fuerza era otra.
El uso voluntario del espejo podía ser un mecanismo de defensa sofisticado: si al mirarse uno no llegara a reconocerse del todo, el espejo se convertía en una pantalla de cine donde veía a un personaje que escribía, y a la vez en un ancla, la confirmación visual constante, obsesiva y casi enfermiza de que seguía ocupando un lugar en el espacio físico y no se disolvía en su propia mente.
Se acercó a la mesa.
Rozó con las puntas de los dedos cada uno de los escasos objetos que había sobre el tablero.
El secante de cuero, el teclado y el marco de una enorme pantalla; vio el cable que colgaba huérfano después de que la policía se llevase la torre, un pisapapeles de cristal con forma de esfera, un antiguo tintero de plata, una pluma estilográfica Montblanc y un abrecartas.
Hizo rodar el asiento hacia atrás, se puso en pie y recorrió el perímetro de la estancia, pasando pegada a las librerías mientras observaba los lomos oscuros de los libros ordenados por idiomas y ediciones.
Reparó en que algunas de las secciones tenían en su parte baja armarios cerrados con puertas.
Se inclinó y los fue abriendo. En el interior, ficheros de cartón etiquetados con los títulos de las novelas.
Deslizó una tapa y vio que contenían folios sueltos, manuscritos, apuntes y notas de cada novela.
Y todo aparecía ordenado por fechas y títulos.
O la policía tuvo el cuidado que había prometido, o Karim se había esmerado en las últimas horas.
Tomó un par de folios del montón y reconoció la letra elegante y clara, los trazos firmes y de ritmo constante, de las cartas que cada año Newman le había enviado el día de su cumpleaños.
Dejó la muestra de escritura sobre la mesa y regresó a su lugar para seguir probando cada una de las puertas hasta que llegó a una que estaba cerrada con llave.
No era una cerradura de seguridad ni nada por el estilo, pero la llave no estaba.
Se incorporó y miró pensativa alrededor hasta que localizó sobre la mesa de Newman el abrecartas de plata con forma de espada.
Volvió junto al armario e introdujo la punta de la daga por la estrecha rendija de unión de las puertas, dio un fuerte tirón hacia arriba y el pequeño pestillo saltó con un clac casi imperceptible.
Dentro había libros. Iba a cerrarlo de nuevo cuando reconoció el color característico de una edición que identificó nada más verla.
Tiró del lomo del ejemplar y vio que, en efecto, era El yo y el ello de Sigmund Freud.
A su lado, La interpretación de los sueños , del mismo autor.
Considerada el nacimiento del psicoanálisis, exploraba la teoría del psiquiatra sobre los sueños como reveladores de deseos reprimidos.
Eran libros populares; millones de personas en todo el mundo se habían sentido atraídas por las ideas de Freud, sobre todo en la década de los cincuenta y sesenta.
Más llamativo le pareció el resto de la biblioteca: Inteligencia emocional de Daniel Goleman, El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl, El poder de los hábitos de Charles Duhigg.
Cautivada, se sentó en el suelo mientras los iba sacando de su lugar y apilando a su lado.
Había obras de Erich Fromm, como El corazón del hombre , o Pensar rápido, pensar despacio de Kahneman, e incluso La tabla rasa.
La negación moderna de la naturaleza humana de Pinker.
Era una biblioteca fascinante, propia de un psicólogo o de un psiquiatra.
La segunda balda solo lo confirmaba, aunque su naturaleza viraba en una dirección concreta: La máscara de la cordura de Hervey Cleckley.
Sin conciencia.El inquietante mundo de los psicópatas que nos rodean de Robert D.
Hare, en una de sus primeras ediciones. Lo abrió para ojearlo y vio que alguien había subrayado párrafos enteros.
Tomó algunos de los libros del montón de al lado y comprobó que en todos aparecían secciones señaladas con un lápiz tan oscuro como un carboncillo.