30
Noche en Ciudad
—El otro día no te mentí —comenzó a explicar Noah—, aunque no te conté toda la verdad sobre mi relación con tu madre.
Nash dejó salir el aire por la nariz de forma audible.
—Te doy mi palabra de que te lo voy a explicar —dijo él levantando las dos manos en gesto de tregua—.
Yo fui su paciente. En aquel momento estaba muy deprimido, asumí que iba a morir y eso me causaba una tristeza insoportable, y la razón por la que estaba en Bilbao era que vine tras la huella de ese tipo que huyó de Escocia.
Me fijé el propósito de capturarlo antes de morir.
Entonces conocí aquí a Mikel Lizarso. —Hizo un gesto hacia su socio—.
Él me puso sobre la pista de los irlandeses y el tipo que los acompañaba.
Cuando le revelé a tu madre cuáles eran mis intenciones, ella también comenzó a colaborar conmigo.
Hizo algo que ahora es muy habitual, pero que entonces suponía estar a la vanguardia de la investigación: me ayudó a perfilar el comportamiento de ese asesino con la intención de adelantarnos un paso a él.
Nash asintió pensativa y dijo:
—Durante algún tiempo, antes de que yo naciera, se dedicó a hacer eso para distintas policías, formó parte durante años de un estudio permanente del comportamiento para su universidad.
Después se pasó al lado de las víctimas, a la aplicación del código NASH.
—Se encogió de hombros mientras sonreía con tristeza.
—Cuando he dicho que no te lo he contado todo sobre tu madre, no me refería solo a que me ayudó en 1983 a hacer el perfil de comportamiento de John Biblia.
Nash lo miró expectante.
—No te he mentido respecto al contacto que habíamos mantenido en los últimos años, es tal y como te dije: postales de Navidad. Yo le mandaba fotos de mis nietas y ella me mandaba paisajes, puestas de sol en Tximistarri.
La mente de Nash voló hasta el acantilado del monte Igueldo.
—El año pasado, un día sonó el teléfono y era ella.
Fue una sorpresa, porque no solía llamarme.
Estaba muy nerviosa, muy alterada, asustada.
Comenzó a hablar muy rápido, sonaba confusa, rara, apenas entendía lo que decía.
Entonces se cortó la comunicación. La llamé repetidas veces, pero no contestó.
Volví a hacerlo en los días posteriores sin que hubiera respuesta, hasta que al cabo de una semana contestó una mujer que me explicó que era su vecina.
Me contó que tu madre estaba en el hospital.
—Oh, Dios —musitó Nash—. ¿Recuerdas la fecha del día que te llamó?
—El 1 de agosto.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Es el día en que le dio el ictus —contestó ella.
—¡Oh, aita ! —exclamó la hija del detective—. Sonaba confusa y apenas entendías lo que te estaba diciendo porque probablemente en ese momento le estaba ocurriendo.
Scott Sherrington asintió pesaroso.
—Sí, creo que sí.
—¿Y no recuerdas nada de lo que te dijo? Cualquier cosa, aunque no tenga mucho sentido —rogó Nash.
Negó.
Volvió a revivir aquella noche de meses atrás.
El momento en que Enri la llamó para decirle que su madre no contestaba, y después cuando entraron y la encontraron tirada en el suelo.
La culpabilidad que sintió pensando en cuántas horas habría estado allí.
Recordaba el teléfono en el suelo; entonces había pensado que intentaba llamarla a ella.
—Como te he dicho, además de aquella llamada, en alguna ocasión habíamos compartido fotos por mensajería instantánea, pero unos meses después, haciendo limpieza de mensajes y spam de mi correo, encontré un envío de una dirección desconocida y no tenía remitente conocido ni asunto.
Aun así, lo abrí y, nada más ver la fotografía adjunta, supe que era de tu madre.
Le mostró la imagen en la pantalla de su móvil.
Tomada en blanco y negro, algo desenfocada y extraída de las páginas de un diario.
En ella aparecía un fardo de lona que podía haber sido azul, atado con cuerdas.
El texto que la acompañaba era muy breve: «Imagen del fardo hallado en la playa por unos bañistas, y que la policía ha requisado».
Y debajo de la foto, la doctora Elizondo había escrito: «¿Estás seguro? ».
—¿A qué se refería?, ¿qué significa?
Scott Sherrington contestó:
—John Biblia tenía un modus operandi muy particular.
Como te he dicho antes, en sus primeros crímenes en Escocia dejó los cadáveres expuestos para que la gente los encontrara en la calle, pero después comenzó a esconderlos, por lo que sus crímenes pasaron durante años por mujeres desaparecidas.
La noche en que yo estuve a punto de capturarlo se descubrió todo un cementerio en las orillas del lago donde vivía.
Cuando llegó a Bilbao, no contaba con una gran playa pantanosa en mitad de la ciudad donde poder esconder a sus víctimas.
Como ya no podía enterrarlas, las envolvía en fardos y las iba acumulando en el interior de un antiguo embarcadero a la orilla del río, que en aquellos años era tan apestoso y estaba tan contaminado que el hedor de los cadáveres pasaba desapercibido.
La hija del detective sirvió un vaso de agua y se lo acercó a su padre. Se lo puso delante como si se tratase de una medicina, y él lo aceptó de igual modo. Asintió y se lo tomó en dos tragos, después se lo devolvió musitando un agradecimiento. Solo entonces continuó:
—Las estuvo guardando como un coleccionista, hasta que el día de las inundaciones abrió las compuertas de par en par y la riada las arrastró junto con las vidas de las treinta y cuatro personas que murieron y los cinco que jamás aparecieron.
Lizarso tomó de nuevo la palabra.
—En las semanas posteriores a la inundación se halló en alta mar uno de esos fardos, otro se encontró trabado en el interior de la vieja caseta de la ría, dentro del puerto.
Contenían cadáveres de mujeres desaparecidas en Bilbao durante la estancia en la ciudad del hombre que creemos que era John Biblia; los demás fardos no se recuperaron nunca.
Ni la policía española ni la escocesa admitieron oficialmente que se tratase de él.
Scott Sherrington levantó un dedo largo y apuntó a la pizarra, arrastrando en su trayectoria la mirada de todos los presentes.
—... Y el aspecto que tenían los fardos era exactamente este: el mismo que el fardo que rescató una patrullera flotando en una zona portuaria hace unos días..., o el mismo que el de la foto que perturbó tanto a tu madre aquel día de un año atrás.
La mirada de Nash saltó de la foto del fardo en el móvil de Noah a la del retrato de Benedict Newman en la pizarra. El círculo se cerraba. Su voz, al hablar, sonó fría y afilada.
—... Y que aparece descrito con detalle en la última novela de Benedict Newman, que se publicó hace poco más de una semana —terminó la frase.
«Confía en mí.» Y le llegó desde muy lejos la voz de su madre.
Dejó salir el aire de los pulmones en un lento soplido, se puso en pie, incapaz de contener la energía vibrante que pugnaba por salir por las puntas de los dedos de sus manos y sus pies como una corriente eléctrica, y dirigió sus pasos hacia la pizarra.
—Noah, ¿qué edad tenía John Biblia?
El detective y Lizarso intercambiaron una mirada breve.
—Nunca lo supimos con exactitud —contestó Noah con franqueza—.
No hay fotos suyas, ni una sola. Todo hace pensar que él mismo las eliminó.
Tenemos algunos datos escolares, los justos, y según esos datos parecía más joven de lo que era.
Cuadra con lo que decían los testigos de la sala Barrowland, la discoteca de la que se llevó a sus tres primeras víctimas, entre el 68 y el 69.
Todos coincidían en que era un hombre muy joven.
Algunos llegaron a hablar de un chaval. Pero eso chocaba con la sofisticación del modus operandi , que apuntaba a alguien con experiencia previa, alguien que llevaba tiempo haciendo aquello.
Podía perfectamente aparentar una edad y tener otra.
Lizarso, que escuchaba con los antebrazos apoyados en los muslos, alzó la cabeza.
—Como ocurre con Benedict Newman, en ocasiones aparenta ser más joven, en otras parece mayor.
Nash puso mala cara. No contestó. Apartó la vista hacia la pizarra y la volvió hacia Lizarso.
—Era una característica del tipo —continuó este, sosteniéndole la mirada—.
Los asesinos subrepticios, los del tipo gris, como los llaman ahora en los manuales.
Pasan inadvertidos. Aspecto pulcro, insignificante, o muy normal.
Hombres que cuando se los describes a alguien que los ha visto suelen contestar que no lo recuerdan, o que les pareció un tipo cualquiera.
No encajan con la idea que la mayoría de la gente tiene de un agresor.
Y la edad es uno de los rasgos que se les escapan: pueden parecer mayores o más jóvenes de lo que son, según convenga.
No es un disfraz. Es la materia de la que están hechos.
Nash asintió despacio sin decir nada. La doctora Elizondo había escrito sobre eso. Lo había explicado en aulas, en informes periciales, en conferencias. Pero oírlo ahora, en la oficina de Noah, con el retrato robot a su espalda y la fotografía de Newman pegada al lado, era distinto.
De nuevo su madre en el centro de un laberinto de secretos del que ella había sido excluida. No era solo una psiquiatra brillante; fue una cazadora. Sintió una punzada de orgullo, seguida de inmediato por el hielo del resentimiento.
¿Cuántas vidas vivió esa mujer? Se obligó a concentrarse, a enfundarse de nuevo la piel de la profesional.
El hielo del resentimiento no serviría de nada.
La punzada de orgullo era un lujo que no podía permitirse.
Aquello dejaba de ser personal para convertirse en un caso.
Aquel era su territorio. Y los casos se resolvían con la cabeza, no con las tripas.
Y ahora, ella era la única doctora Elizondo sobre la faz de la tierra.
Se volvió a mirar a Scott Sherrington.
—Lo que mi madre te estaba preguntando es si estabas seguro de que John Biblia está muerto.