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La falta de narrativa interna nos roba el relato identitario e íntimo, esencial para saber quiénes somos, qué queremos, qué nos pasa y por qué sufrimos.
B ENEDICT N EWMAN , en Los que paran
Los hospitales son como las comisarías: pasillos largos, olor a desinfectante y gente esperando a que un tipo le diga si su suerte ha cambiado para bien o para mal.
La diferencia es que, en la comisaría, la mayoría ya sabe que ha cambiado para mal.
Caminaba a su lado, sintiendo las miradas de las enfermeras.
No veían a un paciente, veían a un hombre con traje escoltando a la jefa.
Por un momento, el mundo tuvo un orden que casi me pareció correcto.
—No tienes por qué acompañarme hasta el despacho.
—Una dama no debería volver sola a la escena del crimen, doctora. Aunque sea la suya.
Su despacho era un islote de calma en un mar de desgracias.
Olía a papel, a café y a ese perfume suyo que se te mete bajo la piel sin pedir permiso.
Se movía con una eficiencia silenciosa, preparando el café en una pequeña cafetera de cápsulas, como si fuera un ritual sagrado.
Era su territorio, y yo el único animal peligroso al que le había permitido entrar.
Me senté frente a su escritorio mientras ella me daba la espalda, observé la curva de su cuello y la forma en que el pelo se recogía sobre la nuca.
—Ha sido un buen día para el escritor. —Dejó una taza humeante frente a mí—. El juez ha entendido la necesidad de protegerlo.
Saqué un cigarrillo del paquete que llevaba en mi americana. Lo levanté mostrándoselo, pidiendo permiso. Ella asintió abriendo una ventana. Lo encendí y aspiré una profunda calada.
—Newman es un buen tipo —contesté—, pero a veces, y sobre todo los buenos tipos, necesitan que alguien les quite los lobos de encima.
Los escritores son frágiles, viven en su mundo imaginario, y cuando se alcanza el nivel de éxito de Newman corren todo el tiempo el riesgo de delegar demasiado su realidad en otros.
En ese sentido, creo que hace tiempo que el novelista dejó de tener los pies en la tierra.
—Supongo que es fácil dejarse querer.
—No soy la clase de hombre que se deja seducir por los halagos o la pleitesía, y supongo que sí, que va con el cargo, pero tendrías que ver la caterva de lameculos de la que se rodea.
Patricia Duval se reclinó en su silla, estudiándome por encima de su taza.
—Pareces conocerle bien. —Su voz era suave, pero la afirmación era afilada como un cuchillo—.
Y quizá eso podría ayudarme, porque también es mi paciente, y Newman sigue siendo un misterio para mí.
Sin ninguna duda, es un hombre fascinante, un escritor inteligente, culto, un creativo puro, pero también es probable que su bloqueo, el hecho de que no recuerde quién es, pueda estar motivado por un trauma, por algo que sea tan terriblemente doloroso que prefiera dejarlo a un lado.
Tú lo conoces, señor Star, ¿en qué anda metido Benedict Newman?
—Cariño, en primer lugar, ya va siendo hora de que me llames por mi nombre. El señor Star era mi padre. Llámame Colt.
—Lo haré —dijo en un susurro, sonriendo. Y esa sonrisa me desarmó más que una pistola contra el pecho.
—Respecto a Newman —continué, apagando el cigarrillo en el platillo del café—, yo también me planteé esa pregunta, en qué puede andar metido nuestro escritor.
La respuesta es que Benedict Newman es un buen hombre, es lo que ves.
Un hombre refinado, centrado en su carrera, con una clase de ego que va siempre unido a su trabajo y a la percepción que los demás tienen de él.
Me vas a perdonar la expresión, pero sin la clase de sangre que corre por las venas de los verdaderamente malvados.
Y sé de lo que hablo, Patricia, he conocido a muchos de esos.
—Entonces, ¿crees que la policía comete un error con él?
—Es demasiado pronto para hacer una afirmación así. Si algo he aprendido en todos los años que llevo siendo un sabueso es a no confiar en las primeras impresiones, ni siquiera en las mías.
—Entonces...
—Mira, cielo, llevo mucho tiempo colaborando con él, pasándole las notas de mis casos para que dé verosimilitud a lo que escribe.
Para él eso siempre ha sido capital. Lo que debo discernir ahora es si la fascinación que siente por el crimen lo ha llevado quizá a buscar otras fuentes.
Que yo sea su confidente no significa que sea el único.
Hay varios casos de escritores que se empeñan en entrevistarse con asesinos, como si fueran Robert Ressler, en asomarse al abismo para ver el corazón del monstruo. Creo que los tiros pueden ir por ahí.
Justo en ese momento, un picahielo al rojo vivo pareció clavarse en mi sien derecha. Un latigazo. Apreté la mandíbula, conteniendo el aire, y me llevé una mano a la cabeza, masajeando la zona con los nudillos.
Su tono cambió al instante, la doctora volvía a tomar el timón.
—El escritor está protegido, Colt. Ahora hablemos del detective. Esos dolores de cabeza... no son normales.
—El dolor es el peaje por estar vivo, doctora. Y no se paga con dinero, los tipos como yo lo pagan con porrazos en el cráneo.
Duval se puso seria, adoptó su rol de neuróloga, pero su preocupación era personal. Se inclinó sobre la mesa, y sus ojos de whisky me atraparon.
—Escúchame, Colt. La brecha se está curando, pero el golpe fue en la base del cráneo.
Un impacto así puede provocar un hematoma subdural tardío.
Podrías acostarte sintiéndote bien y no despertar.
O despertar sin saber quién eres, sin poder hablar.
O con convulsiones. —Su mirada se intensificó—.
Y hay algo más. Esas migrañas tan violentas...
A veces, un trauma severo como el que sufriste no crea problemas, sino que nos muestra algo que estaba ahí escondido, dormido.
Quiero hacer más pruebas. Quiero descartar cualquier sombra que no pertenezca al golpe.
La palabra sombra removió algo en mi interior. Me incliné también, interesado.
—¿Qué tipo de señales estás buscando? ¿Qué es lo que podría ser preocupante?
—Sin duda, y en primer lugar, esas migrañas tan potentes y repentinas.
El modo en que aparecen y el momento en que se manifiestan, lo que estás haciendo, lo que estás pensando, la tensión a la que estás sometido en el instante en que se producen nos puede dar una señal sobre el lugar lesionado.
Pero también otras cuestiones como la dificultad para recordar palabras, olvidos que antes no se producían, confusión en cualquier momento. Visiones, pesadillas, voces...
Sonreí.
—Cielo, ¿de verdad me has preguntado si escucho voces? Pensaba que esa clase de cosas solo me las preguntaría el doctor Kutz.
—Hablemos en serio, Colt —me riñó. Me encantó que lo hiciera.
Dejé la broma a un lado. Ella se merecía la verdad, o al menos la parte de la verdad que un tipo como yo puede compartir.
—He olvidado algunas cosas. Hay ropa mía en casa de Newman, así que entiendo que he debido de ser su huésped en más de una ocasión.
—Di un sorbo al café, dejé la taza—. ¿Pesadillas?
Claro que tengo pesadillas, encanto. Es parte del trabajo.
Cuando bajas al sótano del alma humana, es imposible no mancharse los zapatos de barro.
Veo cosas, sí. Sombras con deudas pendientes, presencias en habitaciones vacías.
Oigo sus voces, pero no me hablan a mí. Son como una radio mal sintonizada en la habitación de al lado.
Hice una pausa, valorando si contárselo o no. Decidí que ella lo merecía.
—Hay una pesadilla recurrente, la he tenido toda mi vida.
Ocurre en mitad de un sueño normal, de pronto me miro las manos y están cubiertas de sangre.
—La miré a los ojos para tranquilizarla y también para que supiera que estaba siendo absolutamente sincero—.
Nunca le he dado importancia. Creo que es una especie de recordatorio para mi trabajo, para que no olvide hasta qué punto debo implicarme, y que bajo ninguna circunstancia debo dejar que mis manos se manchen de la inmundicia que manejo.
No es que sea fácil, pero hasta ahora lo he logrado.
Hay otro tipo de sueños, no los llamaría pesadillas, son confusos, inquietantes.
Gente que habla, sombras que se mueven, oigo sus voces, pero no veo sus rostros.
—¿Oyes esas voces en otros momentos?
Me reí, esta vez a carcajadas. Estiré la mano sobre la mesa y tomé sus dedos. Ella no retiró la mano.
—Cielo, no oigo voces, y distingo perfectamente cuando estoy soñando de cuando estoy despierto.
Créeme, la única voz que escucho ahora mismo en mi cabeza es preciosa, es la tuya, y me encanta.
—Le solté la mano antes de que lo hiciera ella, solo para comprobar que no la retiraba.
La mantuvo en el mismo lugar sobre la mesa.
—Colt, quédate en el hospital, deja que te haga algunas pruebas. Quiero monitorear tu sueño; tenemos habitaciones especiales en el área del sueño, ya verás, es como un apartamento, estarás cómodo y podrás trabajar —me pidió mirándome a los ojos.
Me habría encantado aceptar, pero no podía.
—Cielo, la oferta es muy tentadora, pero tengo una deuda con la hija del escritor. Le prometí limpiar el nombre de su padre. No puedo hacerlo desde una cama con barrotes.
—Tu poder deductivo va a mermar, Colt. Puedes seguir trabajando desde aquí. Te conseguiré una habitación tranquila, tus cuadernos, un teléfono, un ordenador, todo lo que necesites. Solo tienes que hacer una cosa: dejar que te cuide. Confía en mí.
«Confía en mí.» Palabras que había oído mil veces. Casi siempre eran una trampa, pero en sus ojos no había engaño, había un miedo honesto y una fuerza que no esperaba. Con ella no me sentía como un paciente o como un caso. Me sentía un hombre.
Asentí muy despacio.
—Lo haré, Patricia, porque confío en ti, pero sobre todo, y no te equivoques...
—Bajé un poco el tono—: Que te quede claro, tú me gustas.
Entiendo que ahora mismo soy tu paciente y tú eres mi doctora.
Esas son las reglas del juego. Pero este juego se acabará, y ese día vendré a buscarte a este mismo despacho. Y no será para tomar café.