28
Noche en Ciudad
—¿Qué hacías en el lugar en que apareció esa chica muerta? ¿Y por qué le dijiste a la policía que estabas trabajando para mí?
—¡Noah, no! ¿Fuiste allí? —preguntó Lizarso incrédulo.
— Aita! ¿Por qué no nos lo has dicho?
Ignoró a su socio y a su hija, solo contestó a Nash.
—Porque, de alguna manera, era eso lo que hacía. ¿Recuerdas que te ofrecí nuestra ayuda?
—Sí, pero lo que no recuerdo es haberla aceptado.
—Bueno, digamos que es algo que le debía a tu madre.
—Ni se te ocurra jugar esa carta, tú mismo me dijiste que no teníais relación desde hacía años.
—Lo cierto es que eso no es del todo así.
—Explícate.
—Después de que le diera el ictus, fui a visitarla un par de veces a ese centro donde estaba, ¿Ametz? Una vez, al poco de ingresar allí, y otra vez más, con la esperanza de que hubiera mejorado y poder hablar con ella.
—No es verdad, yo lo habría sabido —rebatió casi ofendida.
—Les pedí que no te lo dijeran.
—Aun así, me lo habrían dicho.
—Les conté un pequeño embuste, les dije que habíamos sido amantes, y que ni su marido ni su hija lo sabían, y que no quería causar un disgusto en la familia a estas alturas. Fueron muy comprensivas.
—No me lo puedo creer. —Aunque su tono delataba que sí se lo creía.
—La mayoría de la gente sigue siendo muy romántica. Es un recurso que hemos utilizado muchas veces en estos años. Pero ¿por qué no pasas y te sientas? Me llevará un rato contarte esta historia.
Por un momento pareció que ella iba a negarse, pero finalmente avanzó hasta el interior de la oficina. Se detuvo frente a la pizarra y miró con atención las fotos, en particular la de la chica pelirroja.
—¿Qué es todo esto?
—Será mejor que empiece explicándote por qué Barezzi me citó en comisaría para hablar conmigo, quién era Collin Doyle y cómo lo conocimos.
—Collin —murmuró ella como si aquel nombre la hubiera tomado por sorpresa.
—Siéntate, por favor.
Nash obedeció. Scott Sherrington agarró una silla y se sentó frente a ella.
—Sí, Collin Doyle. Como supondrás, Barezzi se limitó a preguntarnos y no soltó prenda, pero no hizo falta; ya nos suponemos por dónde van sus sospechas.
Nash habló despacio y con sobriedad, de un modo que le hizo recordar la deliberada calma del inspector Barezzi.
—Barezzi cree que Benedict Newman es la identidad que Collin Doyle tomó tras llegar a Euskadi.
Noah la miró con gesto afectado y comenzó a hablar:
—En nuestra anterior conversación te dije que llegué a Bilbao enfermo, creyendo que estaba viviendo los últimos días de mi vida, pero lo que no te dije es que, en Escocia, antes de enfermar, yo era inspector de policía.
Me dediqué allí durante años a intentar dar caza a un asesino, un asesino de mujeres, John Biblia, una leyenda que logré capturar y que se esfumó ante mis ojos cuando sufrí aquel infarto.
«John Biblia.» El nombre retumbó en su memoria, extraído de los anales de la criminología. El fantasma de Glasgow. Lo estudió como un caso sin resolver, una anomalía histórica. Y ahora, este hombre se lo servía en una oficina en penumbras como si hablara del vecino del quinto.
—Convencido de que pudo huir del país por vía marítima, en cuanto salí del hospital me embarqué hacia Bilbao tras su pista.
Entonces conocí aquí a mi socio. Lizarso era un joven policía que trataba de infiltrarse para obtener información sobre los contactos que mantenían el IRA y ETA.
Llevaba una temporada vigilando a unos irlandeses que se habían establecido en Bilbao.
Estaba muy centrado en el grupo de Collin, un terrorista irlandés muy violento.
»Sus padres murieron víctimas de una reyerta con el Ejército inglés cuando él era muy pequeño; imaginamos que se crio lleno de odio y espíritu de venganza.
Se trasladó a Euskadi para reunirse con otro grupo que ya llevaba unos meses aquí.
Por lo que se llegó a saber a través de los años, para una cumbre entre el Gobierno español y miembros de otros grupos terroristas que se celebraría en la localidad francesa de Bidart.
—No entiendo nada.
—Aquí es donde el caso que llevaba Lizarso y el del asesino huido de Escocia se cruzaron. —Y le cedió la palabra a su socio.
—Creemos que durante el viaje en barco —explicó Lizarso—, John Biblia interceptó a uno de esos irlandeses que viajaba de incógnito hacia Euskadi, un joven llamado John Murray.
Lo mató y tomó su identidad, y así es como terminó mezclándose con el grupo de irlandeses al que pertenecía Collin.
Se vio obligado a hacerlo si quería mantener su tapadera.
Obtuvo un trabajo en el puerto que estaba destinado a Murray, se integró en el grupo de los irlandeses y pronto volvió a las andadas.
—En los ochenta, el País Vasco era un estado policial. Me cuesta creer que nadie se diera cuenta de lo que estaba pasando —dijo Nash mirando a Noah.
—John Biblia es el ejemplo de asesino subrepticio, ese tipo del que nadie sospecharía, perfectamente capaz de llevar una doble vida, un experto en pasar inadvertido, en ser cualquiera.
Era discreto, amable, nada llamativo, y tenía la tapadera perfecta.
En aquella época, en la zona de Bilbao, había miles de ingleses, docenas de empresas británicas, y el tráfico marítimo con aquellos puertos les garantizaba un canal de comunicación extraordinario.
Así que, siguiendo a nuestro hombre, vimos la relación que tenía con los irlandeses.
Noah fue hasta la mesa y se sirvió un vaso de agua, se bajó la mascarilla y se lo bebió entero antes de continuar:
—Pronto comenzaron a desaparecer mujeres, pero para entonces él ya había sofisticado su método: ocultaba los cadáveres, así que no había asesinadas, solo chicas jóvenes que de pronto faltaban de su casa, de su lugar de trabajo, y que en pleno verano y en los ochenta no llamaban la atención de nadie.
Lizarso, que había permanecido junto a la pizarra, asintió con la mandíbula tensa. El recuerdo de aquellos días seguía incomodándole después de tantos años.
—El 26 de agosto de 1983, la ciudad vivió una gran inundación, seguro que has oído hablar de ella.
John Biblia, que, como te he dicho, entonces se hacía llamar John Murray, convenció a Collin de salir en barca por la ría; creemos que bajo el pretexto de mostrarle dónde tenía escondido un alijo de armas, pero en realidad lo condujo al lugar donde guardaba los cadáveres de sus víctimas.
—Nosotros los vimos subirse a una zódiac y salir desde una zona portuaria del río —prosiguió Lizarso—.
Testigos con los que hablamos después vieron a esos dos hombres en una embarcación por la ría y cómo uno de ellos caía al agua y desaparecía.
El hombre que creemos que era John Biblia logró salir a tierra.
Disparó contra nosotros, mató a nuestro amigo Rafa.
Le disparamos. Le alcanzamos. Cayó al agua y la corriente lo arrastró.
Días después se encontró su cadáver bastante lejos de la costa, como casi todo lo que la riada arrastró aquel día.
Pero el cadáver de Collin nunca se recuperó.
Nash no contestó inmediatamente. Quedó en silencio, asintiendo como si enumerase todas las cuestiones que ardían en su mente.
—Tengo unas cuantas preguntas. —Su voz era firme, la de la profesional que vuelve a tomar el control—. En primer lugar, si se recuperó el cadáver, ¿por qué os referís a él como «el hombre que creemos que era John Biblia»? ¿No hubo una identificación positiva?
—En 1983 no existían las pruebas de ADN de hoy, Nash.
El único modo era un reconocimiento visual o dental.
El cuerpo presentaba avulsión cutánea parcial, en palabras sencillas, conservaba alguna prenda pero la mayor parte de la piel había desaparecido, cosa bastante normal después de su descenso por el Nervión entre toneladas de ramas, piedras y lodo.
—¿Y la familia? ¿Nadie reclamó el cuerpo?
—Toda la familia de John Biblia en Escocia huyó tras su fuga; nunca fueron localizados. No había nadie que pudiera o quisiera identificarlo.
—¿Fichas policiales?, ¿fotografías?
—Nunca fue detenido, y sospechamos que tuvo cuidado de hacer desaparecer las fotos familiares, las identificaciones.
Lo único con lo que contábamos era con un retrato robot...
—dijo Lizarso señalando dos toscos dibujos, uno en color y otro en blanco y negro, de un hombre muy joven, los labios finos, la nariz pequeña y afilada y el cabello castaño rojizo, tan carente de alma y de aspecto humano como solía ser habitual en los retratos robot.
—Por otra parte, oficialmente no hay ninguna constancia de que John Biblia viajase a España —aclaró Noah—.
Las autoridades escocesas solo admiten que Biblia se esfumó y que lleva inactivo desde entonces.
Además, la puesta en escena de John Biblia en Bilbao difería un poco de la de John Biblia en Escocia.
—Esto, como seguramente sabrás —apuntó Lizarso—, no es tan raro en alguien que tuvo la inteligencia suficiente como para quitarse del medio, huir de un país y establecerse en otro; también la tendría para evolucionar, ser consciente de cuáles habían sido sus errores y subsanarlos.
—Un cambio de modus operandi y firma —musitó Nash más para sí misma que para ellos—. ¿Sofisticación o una adaptación forzada al nuevo terreno?
Noah la miró, sorprendido y a la vez impresionado por la rapidez de su análisis.
—Ambas cosas, era muy probable que fuesen las dos...
—Tampoco hay imágenes de Collin —continuó Lizarso—, excepto de cuando era pequeño.
Es una práctica habitual entre los terroristas evitar aparecer en fotografías y destruir las que existen para no ser identificados.
Collin y Biblia se conocieron, podemos dar fe, los vimos juntos en numerosas ocasiones.
Se relacionaban como con el resto del grupo.
Noah levantó un dedo y dijo:
—Puede que Biblia le contase su historia, aunque me parece bastante improbable, o puede que Collin lo descubriese de algún modo. Tenía fama de ser muy desconfiado, y si observó cualquier cosa rara en John Murray, seguro que lo puso bajo su microscopio.
Nash caminó hasta la pizarra. Los tres detectives la miraron, conscientes del impacto de toda la información que acababan de revelarle.
Se paró frente al tablero y observó el retrato de Benedict Newman, sin duda extraído de la contraportada de una de sus novelas, una fotografía en blanco y negro, tomada en escorzo, frente a una estantería llena de libros.
Al otro lado del tablero, la mirada sonriente de la chica.
Su alegría, congelada, era un grito silencioso contra la fría lona azul de los fardos que colgaban a su lado.
Comenzó a hablar y casi no reconoció su voz.
—La policía se presentó en el domicilio de Benedict Newman de madrugada; traían una orden de registro.
Es evidente la relación con la aparición del cadáver de esta chica —dijo con tristeza—.
Diría que el objetivo era encontrar algo que los ayudara a establecer el modo en que Newman tuvo acceso a la información de esos crímenes.
Pero en mitad del registro hicieron un hallazgo tan importante que pidieron una ampliación de la orden.
Intentando proteger a Newman, esta mañana he solicitado ante el juez una inhabilitación temporal por pérdida de juicio de realidad. Me la han concedido.
Scott Sherrington la miraba sin atreverse a hablar, temeroso de decir algo que pudiera cortar el flujo de sinceridad, la necesidad de compartir la verdad.
—Al salir de la vista —continuó Nash—, el inspector Barezzi me estaba esperando.
Me ha llevado a comisaría para mostrarme lo que encontraron durante el registro.
Hallaron un conjunto de pruebas que vincula a Newman con un terrorista del IRA, Collin Doyle, al que se le perdió la pista en 1983: su partida de nacimiento original, una boina con el lema del IRA y un arma característica de la banda.
Pero la pieza clave, la que lo cambia todo, es una agenda que contiene los códigos secretos que la cúpula del IRA usaba para reivindicar sus atentados.
Según la Interpol, es un material al que solo un dirigente pudo haber tenido acceso.
Fue Noah el que rompió el silencio tras sus palabras.
—El interés de la policía por mí, además de saber por qué estaba en la escena del crimen, era preguntarme si estaba seguro de que esos dos hombres murieron aquel día, quién era cada cual.
Un silencio denso cayó sobre la sala. Biblia, muerto.
Collin, desaparecido. Las piezas del puzle histórico estaban sobre la mesa, pero a Nash solo le importaba la única que faltaba, la que conectaba todo aquello con su propio apellido.
Regresó muy despacio hasta su silla, la desplazó de su lugar hasta que quedó a dos metros de Noah Scott Sherrington.
Se sentó frente a él, apoyó los antebrazos en las rodillas para llevar el cuerpo hacia delante y le dijo:
—Ahora cuéntame qué tiene que ver mi madre en todo esto.