27
Noche en Ciudad
Lizarso miraba la pizarra con las manos apoyadas en las caderas y un gesto en el rostro que ponía de manifiesto que aquello no le hacía ninguna gracia. La estancia, casi en penumbras, estaba iluminada por dos focos centrados en el panel frente a ellos.
Durante casi cuarenta años había sido socio de Noah Scott Sherrington y, aunque ni un solo día en su vida se había arrepentido de su decisión de dejar la Ertzaintza para fundar la agencia Lizarso Lizarso seguía conservando buenos contactos en los periódicos locales.
Dos fardos casi idénticos de lona azul, común, de la que se usaba para cubrir la leña en invierno, de la clase que podía comprarse en cualquier supermercado.
La cuerda también era común, la vendían en rollos de cincuenta metros y se comercializaba como cuerda para tender.
El modo en que se dispuso longitudinalmente para luego cruzarla en tres lugares distintos era diferente, metódico y distintivo.
Una foto de Benedict Newman y otra de una chica, viva, joven, sonriente.
La habían ampliado a partir de la foto publicada en la prensa y, a pesar de ser en blanco y negro, irradiaba una alegría interior que hacía pensar que solo un instante antes de ser capturada en aquella imagen estuvo riéndose, quizá a carcajadas.
También tenían una foto de un bolso negro, pequeño. Había pertenecido a la chica y fue encontrado en la calle veinticuatro horas antes de que alguien abandonara su cadáver en un parque.
Scott Sherrington se acercó a la pizarra, tocó las dos fotos de los fardos con los dedos y se volvió hacia Lizarso.
—Tienes que conseguir fotos de estas dos cuando estaban vivas.
—La primera está sin identificar, así que es imposible. Lo intentaré con la segunda, pero no se parecen a las víctimas de Biblia.
—Eso ya lo has dicho —susurró sin volverse siquiera a mirarle.
—Pues lo repito.
—Me da igual todo. Solo hay una cosa que tienes que averiguar: si tenían la regla cuando desaparecieron.
Lizarso frunció el ceño a punto de protestar, pero fue la reacción de la hija de Noah la que detuvo el tiempo.
No dijo nada, pero vio cómo su espalda se enderezaba casi imperceptiblemente y un fugaz destello de...
¿repulsión?, ¿comprensión?, cruzaba por sus ojos antes de recuperar su compostura profesional.
Aquel detalle, tan biológico y tan femenino, pronunciado con la frialdad clínica de su padre, aterrizó en la sala con el peso de una piedra.
—Lo que estás pensando es imposible —dijo Lizarso casi para sí, pero Noah le oyó.
—Si lo estoy pensando, mi querido amigo, es porque no es imposible —dijo clavando su mirada azul en la de su socio.
—Noah, le pegué un tiro a ese cabrón. —La voz de Lizarso se endureció volviéndose grave—. Los dos lo vimos caer al río. —Por un segundo su mirada se perdió, como si volviera a aquel momento, al instante en que se giró y vio a Noah sobre el cuerpo de Rafa.
Se sacudió como si quisiera desprenderse del frío del recuerdo.
—Lo sacaron del agua cuarenta y ocho horas después. Todavía recuerdo el olor de la riada. Yo reconocí el cadáver, Noah. ¡Yo mismo vi su rostro sin vida! Lleva treinta y siete putos años enterrado.
—No he dicho que sea John Biblia.
—¡Gracias a Dios! —respondió Lizarso con sorna.
—Tampoco he dicho que no lo sea.
—¡Joder, Noah! —exclamó perdiendo la paciencia—. ¿Y crees que un viejo como Newman, podrido de millones, es John Biblia reencarnado? Porque yo veo a un viejo enfermo y débil.
—O un gran manipulador... —apuntó Noa apoyando las piernas visiblemente inflamadas en una otomana.
—¿Por qué iba a hacer algo así? —espetó Lizarso.
Noah ni siquiera lo miró. Su vista seguía fija en la pizarra, en los hilos invisibles que solo él parecía ver.
—En primer lugar, no es tan viejo, es más joven que yo, dudo que sea mucho mayor que tú, y tiene mejor aspecto. Pero Newman no es la pregunta, mi querido amigo. Es solo una pieza que no encaja. Una anomalía. Y a mí no me interesan las piezas, me interesa el tablero.
Y Lizarso resopló, frustrado ante aquella respuesta evasiva que, sin embargo, sonaba peligrosamente lúcida.
—Me alegra escuchar eso.
—Pero tampoco voy a descartarlo, porque somos lo que somos en esencia, y cuando queda poco del barniz con el que nos disfrazamos, volvemos a ser nosotros mismos.
—Pues algo de cierto hay en lo que dices, porque tú vuelves a ser el mismo perro que vino de Escocia.
Sin hacerle caso, el detective se volvió a mirar de nuevo la pizarra.
—Hay algo que no me cuadra —admitió.
—Morimos por escucharlo —dijo su hija.
—El color del cabello. Pelirrojas. Podría tratarse de un copycat bastante aproximado si no fuera por ese detalle.
— Copycat , ¿un imitador? —se interesó su socio.
No contestó directamente; tampoco es que Lizarso esperase otra cosa.
—John Biblia mató siempre a mujeres morenas, no muy altas, delgadas, simpáticas y desinhibidas, mujeres que aceptaban su compañía y tener relaciones con la regla, mujeres que se parecían a las de su propia familia.
Y esa chica —tocando la foto de la joven sonriente— es como una princesa escocesa; ni siquiera encaja el carácter: tímida, responsable, que llama a su padre para que esté pendiente de ella en su trayecto... Esta no se habría ido con John.
—Porque de estar vivo sería un viejo.
—No tanto —respondió Noah Scott Sherrington—. No, porque a él tampoco le habría interesado.
—Ergo, no es John Biblia.
Scott Sherrington lo miró y sonrió un poquito.
—Averigua si tenían la menstruación.
—¡Por Cristo que lo voy a averiguar, para que pares de una puta vez! —Y se dirigió hacia la puerta de la oficina.
Justo en el momento en el que abrió la puerta, un rectángulo de luz brillante del pasillo se proyectó en la sala rompiendo la penumbra de la oficina.
Los otros dos se volvieron hacia la silueta que se recortaba en el umbral.
Era Nash Elizondo, que, lanzando la mirada sobre el hombro de Lizarso, la clavó en Scott Sherrington y le dijo:
—Creo que me debes una explicación.
Él sonrió mientras asentía y sacaba del bolsillo de atrás de su pantalón una mascarilla que se ajustó en el rostro.
—Adelante, Nash, te estábamos esperando.