26 #2
—Newman es un escritor, y uno muy bueno —dijo—.
A menudo, las investigaciones que lleva a cabo para documentar sus novelas incluyen la recopilación de material auténtico.
Pudo comprarlo en cualquier subasta; hay frikis en eBay que venden pistolas de la Segunda Guerra Mundial y cruces gamadas de los nazis.
Conozco el caso de una escritora que se inspiró en una amiga mía, una inspectora de la Policía Foral, para escribir sus historias, hasta tal punto que la gente ya no sabe si esa inspectora es real o solo una ficción.
—Nash, esa agenda es un documento secreto de alto nivel. En todos estos años, la Interpol solo ha tenido acceso a fragmentos de esos códigos. Un documento como ese está reservado para un dirigente de la banda.
—Espera, ¿qué me estás diciendo ahora?
Antes de contestar, el inspector regresó a su lugar detrás de la mesa. Extrajo de la carpeta otro documento que desplegó ante Nash. Estaba escrito en inglés y festoneado de sellos oficiales.
—Lo que te estoy diciendo es que hemos pedido los datos de tu padre a Estados Unidos y no hay constancia de ningún Benedict Newman nacido en Los Ángeles en las fechas que se corresponderían con la edad que dice tener.
—Hizo una pausa mientras dejaba que ella lo asimilase—.
Aunque también nos advirtieron de que, antes de la informatización, no era difícil conseguir una nueva identidad en Estados Unidos.
Los registros son estatales, y con solo obtener un certificado de nacimiento falso se podía solicitar nueva documentación en otro estado.
Se llevó, nerviosa, una mano a la nariz, y se dio cuenta entonces de que llevaba puesta la mascarilla y de que su gesto, aquel picor incontrolable, delataba su incomodidad, su desconcierto, su incomprensión total por lo que estaba ocurriendo; aun así, no pudo controlarlo.
—Creo que tu padre miente, Nash. Creemos que Benedict Newman es un nombre falso, la identidad que Collin tomó en España cuando decidió desvincularse del IRA.
Las autoridades inglesas son muy herméticas con este tema, pero hemos obtenido bastante colaboración de la policía irlandesa.
Por lo visto, Collin tenía una hermana pequeña que aún vive y, aunque en este momento, debido al covid, las restricciones complican viajar a Irlanda, vamos a tratar de obtener su ADN y lo compararemos.
«No tienen nada», oyó clara la voz de su madre.
Levantó la cabeza y habló imitando la parsimonia habitual en el Lobo.
—El caso es que entraste en la casa de Newman buscando pruebas que lo relacionasen con la muerte de esa chica, o con la persona que lo hizo.
Y habéis encontrado pruebas de que Benedict Newman puede ser un seudónimo, algo que no es tan raro.
—No podía verle la boca, pero estuvo segura de que se estaba mordiendo el labio inferior.
Esta vez fue ella la que se puso en pie.
—Habéis encontrado también lo que podría ser la documentación para una novela sobre un terrorista irlandés.
Y en base a esto me dices que puede que Benedict Newman no sea Benedict Newman, sino un terrorista irlandés que pudo estar ocultándose en España durante todos estos años y que consiguió crearse una identidad como escritor con la que tiene mucho éxito, y que además ahora decide ponerse a cometer asesinatos como los que describe en su libro.
Ilústrame, inspector Barezzi, ¿con qué fin haría eso?
—Pues no lo sé. Tengo muchas dudas, en parte puede ser porque no tengo ni puta idea de cómo funciona la mente de esos tarados, pero sé que un escritor haría lo que fuera por el éxito. Y de lo que estoy seguro es de que tu padre tuvo acceso a esa historia de primera mano.
Nash permaneció en silencio. Aquella parte era inexplicable.
—Te doy mi palabra —continuó él— de que cuando lo interrogamos la primera vez creí que quizá alguien le contó la historia y él se limitó a escribirla, pero ahora no estoy tan seguro. Alguien que ha traspasado la frontera de matar puede volver a hacerlo con más facilidad.
—Pues en esto sí que te puedo asesorar: hay una gran diferencia de motivación, comportamiento y cesión a los impulsos entre ser un combatiente ideológico y un asesino en serie.
—¿Quién ha hablado de un asesino en serie?
—Tú lo has hecho, si atribuyes la muerte de la chica de ayer a la misma persona que envolvió a esas mujeres en fardos.
Tienes tres, dos puestas en escena distintas, pero tres víctimas.
¿No irás a decirme que no te has dado cuenta?
Ya has oído al juez esta mañana: mi madre era una de las mejores, crecí entre secuencias, códigos y perfiles de comportamiento. Y ya te digo yo que no encaja.
Ahora fue él quien levantó la mano hasta tocar la mascarilla que le cubría la boca. Un signo de contención. Algo que estaba a punto de decir y prefería callarse. Pero sus ojos le delataban; en ellos brillaba la admiración. Y ahora fue ella la que le sostuvo la mirada.
—Y la razón por la que yo estoy aquí y no Benedict Newman es porque no tienes ninguna prueba de todo esto que me estás diciendo.
No son más que teorías. ¿Qué digo? Ni siquiera llegan a conjeturas, porque están basadas en una información incompleta y contaminada por un sesgo de prejuicio.
Puede que no sea la hija de Benedict Newman, pero soy la hija de la doctora Elizondo, y te digo: no tienes nada, inspector Barezzi.
Si lo tuvieras, no estarías hablando conmigo, sino con un juez.
Él bajó la mirada y rio entre dientes, como para contrarrestar el golpe.
—Me encantas, doctora Elizondo, pero lo mismo se puede aplicar a ti. Si tú estuvieras tan segura de que tu padre es inocente, ¿qué razón tendrías para contratar a Scott Sherrington para que lo investigue?
Lo miró extrañada. Iba a replicar:
—Yo no he...
Pero él la interrumpió:
—No te molestes en negarlo, ayer andaba merodeando por la escena del crimen, y él mismo lo admitió.
Creo que en el fondo sospechas como yo que Newman miente, que esto es una patraña, un intento de tirar balones fuera, de fingirse enfermo mental para estar justo donde él quiere estar, donde tú lo tienes: en un hospital, intocable, inimputable.
Ella se puso en pie y caminó hacia la salida.
—Doctora Elizondo —la llamó antes de que ella alcanzara la puerta—, Nash —corrigió.
Ella se volvió a mirarle. Él se apartó la mascarilla del rostro. El gesto fue deliberado, casi un desafío. Quería que ella lo viese. Y lo vio. Vio al inspector, al Lobo. Vio al adversario que le ofrecía una extraña y peligrosa tregua. Y lo que más la desconcertó fue lo que le hizo sentir.
—No te equivoques de enemigo. —Con aquel tono salvajemente veraz que ya había utilizado con ella la noche anterior—. Esto no es personal. Daría lo que fuera por tener a alguien que me defendiera así.