26
Nash estudió la sala donde se encontraba.
Era una estancia amplia, con media docena de mesas, las superficies desiertas, una pizarra en blanco y, como decoración, un cuadro del rey y cartelería del Ministerio del Interior.
Por momentos hacía casi frío, como si una corriente proveniente de algún lugar que no podía identificar la alcanzase de vez en cuando.
Había una fuente dispensadora de agua que dejó escapar dos gruesas burbujas cuando el inspector Barezzi regresaba con sendos vasos.
Se preguntó si aquel sería el mismo lugar donde habían interrogado a Benedict Newman la noche fatídica.
Como si hubiera escuchado sus pensamientos, Barezzi dijo:
—No fue aquí.
Ella lo miró interrogante.
—La entrevista con su padre —aclaró— fue en una sala de interrogatorios.
—Una galletera —contestó Nash—, como a un sospechoso.
—Galletera —repitió apreciativo—. Es curioso, hacía años que no escuchaba llamarlas así. Le garantizo que, al menos en nuestro país, las garantías para un investigado son absolutas. Aquí nadie recibe «galletas».
—Pero sí hostigamiento.
El zumbido proveniente de la fuente pareció acrecentarse. El policía miró hacia el aparato con disgusto.
—Pues ya que lo menciona, vamos a comenzar por ahí. —Puso los vasos sobre la mesa y le acercó uno de ellos con un gesto lento. Sus dedos rozaron los de ella al soltar el vaso.
Nash retiró la mano como si el plástico quemara, una reacción tan rápida que dudó de si él la habría notado, y se encontró preguntándose si el contacto le había gustado o no. El frío del vaso que ahora sostenía era un ancla a la realidad en la extraña calidez que sintió por un instante.
El inspector giró la pantalla del portátil hacia ella y le dio al play para reproducir el vídeo que estaba pausado.
Ante sus ojos comenzaron a reproducirse, en dos recuadros, imágenes frontales y cenitales de la entrevista a Benedict Newman. La corriente de aire frío que flotaba como un fantasma en la sala volvió a alcanzarla, provocándole una inquietud sorda que le recorrió el cuerpo.
—Su abogado tiene una copia, y hemos enviado otra al equipo médico del hospital.
Aceleró las imágenes hasta el momento en que le mostraban las fotografías de los crímenes y se producía el cambio en la actitud del escritor, el instante en que fundió a negro y se fue al suelo.
Nash quedó en silencio mientras valoraba lo que acababa de ver.
—Nadie le puso una mano encima —dijo Barezzi muy serio, casi en un susurro.
—Bueno, pero está claro que su comportamiento no era normal, y aun así continuaron con el interrogatorio, a pesar de que su abogado pidió en varias ocasiones que cesaran.
—En eso estamos de acuerdo, era raro, pero yo no soy médico, no tenía modo de saber lo que estaba pasando o si estaba fingiendo. No puede imaginar la variedad de numeritos que montan los detenidos durante los interrogatorios y, como le dije el otro día, fingirse enfermo es el más habitual.
—Si me ha hecho venir hasta aquí para decirme que cree que Newman finge, está perdiendo el tiempo.
La miró a los ojos y la tuteó:
—No lo llamas padre.
—¿Qué? —Desconcertada de pronto.
—Siempre dices Newman. Incluso hoy en el juzgado, cuando estabas tratando de obtener su custodia, en ningún momento has dicho «mi padre»; decías Benedict Newman, como si fuera alguien ajeno. Ni siquiera llevas su apellido.
Tuvo que hacer esfuerzos para sostenerle la mirada.
«No es asunto suyo», oyó en su mente la voz de su madre.
Pero Nash admitió que el maldito Lobo inquisidor había dado en la diana: nunca lo había llamado «padre» porque Benedict Newman todavía no se había presentado.
La habían arrastrado hasta aquel hospital, hasta aquel juzgado, hasta aquella custodia, y lo único que tenía era un nombre en un informe médico y una grabación en la que aquel hombre ni siquiera era él.
—Es una cuestión personal —contestó— que no tiene nada que ver con el tema que tratamos, y que no tengo ninguna obligación de explicar, pero aun así lo haré.
Mis padres se separaron poco antes de que yo naciera.
En estos años no he tenido ninguna relación con Benedict Newman.
Ni siquiera sabía que él era mi padre. —Bajó la mirada—.
Pero hace tres meses, tras el fallecimiento de mi madre, se puso en contacto conmigo; a través de una tercera persona, me comunicó que quería conocerme.
Lo cierto es que no he tenido tiempo ni de pensar si quería hacerlo o no.
Me llamaron del hospital reclamando mi presencia.
Las circunstancias precipitaron que, al ser su única pariente viva, tuviera que hacerme cargo de tomar las decisiones relativas a su salud.
Se llama responsabilidad fiduciaria y he podido comprobar que es ineludible.
—Lamento que te esté utilizando así. —Y a su pesar pareció genuino.
—Si va a seguir con eso, me voy. —Nash se puso en pie.
—No. —La detuvo él, y abrió el cajón de la mesa, del que extrajo una carpeta—. Como te he prometido, voy a mostrarte lo que hallamos en el despacho de Benedict Newman. Y por favor, trátame de tú, Nash, estamos en el mismo barco.
«Y una mierda», oyó con claridad la voz de su madre.
Nash volvió a sentarse.
Con lentitud deliberada, Barezzi abrió las tapas de cartón y le mostró la fotografía en color de un legajo amarillento dentro de un sobre plastificado y etiquetado.
—Lo que tienes delante es una copia. El original está debidamente custodiado y en este momento lo tienen en nuestro laboratorio.
Se trata de un certificado de nacimiento expedido en Derry, Irlanda, en 1960, donde aparecen los nombres de los padres, el lugar de nacimiento y el nombre de la criatura.
Nuestros expertos ya han comprobado su autenticidad; tanto la data del papel como los sellos son oficiales.
Verás que está expedido a nombre de Collin Doyle.
Ella asintió.
—Pues bien, el único Collin Doyle nacido en esa fecha y en esa localidad fue un muchachito cuyos padres murieron en una reyerta con el Ejército inglés y que, cuando creció, acabó siendo miembro del IRA.
Uno de sus integrantes más idealistas y entregados a la causa.
Las últimas noticias que se tienen de él lo sitúan en Euskadi en 1983.
Se cree que estaba en la zona para asistir a una cumbre que se celebraría en la localidad francesa de Bidart.
En aquellos momentos las cosas estaban muy revueltas con ETA y el IRA.
En agosto de 1983 se le pierde la pista y no se vuelve a tener noticias de él.
Nash permaneció en silencio, todavía no sabía a dónde pretendía llegar Barezzi. Él se puso en pie, caminó hasta la mesa contigua y regresó con una caja de cartón.
Abrió las tapas y extrajo una bolsa de plástico que contenía lo que a Nash le pareció una prenda de ropa.
—Junto a este certificado de nacimiento hemos hallado una boina negra con un bordado en el interior con el lema Tiocfaidh ár lá , que se traduce como «Nuestro día llegará», y que es uno de los lemas tradicionales del Ejército Republicano Irlandés.
Según nuestros expertos, la sombrerería que la confeccionó en Irlanda cerró hace más de treinta años.
Además —continuó mientras extendía ante ella una colección de al menos diez fotografías de otros tantos documentos—, en el mismo lugar, encontramos un arma, una Browning Hi-Power.
—Le mostró la fotografía de una pistola—.
Un arma usada por el IRA, y a su lado una pequeña agenda.
Doblados con cuidado entre sus páginas, hemos encontrado una selección de recortes de periódico de la época.
Barezzi fue extendiendo ante ella copias de fotos en blanco y negro.
—Todos son artículos de prensa sobre algunos de los atentados más graves cometidos por el IRA a finales de los setenta y principios de los ochenta.
Nash levantó una mano pidiendo tiempo.
—Espera un momento, ¿a dónde quieres llegar?
—No he terminado. —Dejó sobre las anteriores un nuevo grupo de fotos. En ellas aparecía la agenda que había mencionado y fotografías de textos que resultaron indescifrables para Nash.
Barezzi se puso en pie y rodeó la mesa hasta quedar a su espalda. No solo fue consciente en todo momento de su presencia, sino de hasta qué punto la ponía nerviosa no verlo. Como si fuera un conejo que de pronto ha perdido de vista a su depredador.
Podía sentir el calor de su cuerpo detrás de ella, oír el levísimo roce de su ropa al moverse. El aire cambió, se volvió más denso. Cuando oyó su voz junto a su oído derecho tuvo que reprimir un temblor involuntario que no tenía nada que ver con la corriente de aire de antes.
Haciendo un esfuerzo, aflojó la presión en las manos, que había mantenido apretadas en dos puños debajo de la mesa, y se obligó a extenderlas relajadas sobre las rodillas. Estaba segura de que él la observaba.
—Como muchos grupos terroristas de la época —comenzó él—, el Ejército Republicano Irlandés utilizaba unos códigos alfanuméricos que, en ocasiones por teléfono y otras a través de la prensa, hacían llegar a la policía para autentificar y reivindicar la acción de sus atentados.
La pequeña agenda negra es el manual de uso.
Contiene más de cien páginas con todo el código y las instrucciones para componer los mensajes.
Y los lemas con que debían firmarse las reivindicaciones dependiendo de los resultados del atentado: si había habido muchas bajas, si los fallecidos eran niños, soldados, o si eran comunicaciones de ánimo para sus presos.
La Interpol no tiene dudas de que es auténtica.
Incapaz de contenerse, Nash se volvió para poder verlo.