Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 25 #2
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—Señoría, es un honor para nosotros tratar en nuestro centro al señor Newman —dijo obsequioso—.

Hemos abierto una investigación respecto a su fuga y hemos subsanado las brechas de seguridad.

Esperamos que su familia siga otorgándonos su confianza.

Por lo demás, y respecto a los criterios médicos, puedo asegurarle que el señor Newman está en manos del mejor equipo médico del país.

Cuando quedó en silencio, el doctor Kutz se ladeó para mirarle, como si esperase más. Pero el director se mantuvo firme y sereno.

—Doctor Kutz, es usted el jefe de Psiquiatría del hospital, ¿cuál es su opinión al respecto?

El médico aspiró profundamente antes de comenzar a hablar.

—Hace escasas veinticuatro horas que mis compañeros de Neurología me pidieron que valorase el estado del señor Newman. Esto es un poco precipitado.

—Doctor Kutz, no le estoy pidiendo sus conclusiones sobre lo que le ocurre al señor Newman. La pregunta es muy simple: ¿cree que Benedict Newman ha perdido el juicio de realidad? No entre en las causas ni en las consecuencias, ni si es temporal o no.

—Pues me temo que no puedo ser tan tajante como mis colegas.

Observo una disociación de comportamiento que, como sostenemos, puede estar causada por múltiples razones, pero su discurso es coherente.

Es cierto que presenta algo que solemos ver con cierta frecuencia, que se conoce como identidad prestada.

También presenta ciertas confabulaciones, pero es consciente de lo que ocurre a su alrededor, lo entiende, lo explica y puede responder a preguntas al respecto.

Huelga decir que espero poder continuar con la evaluación del señor Newman.

—Me queda clara su postura, gracias. —Levantando su pluma estilográfica y cortando la perorata del psiquiatra—. Señor —dirigiéndose a Benedict Newman—. ¿Quiere ponerse en pie y decirme su nombre y profesión?

—Buenos días, señoría. Me llamo Colt Star y soy detective privado.

El juez asintió a cada una de sus palabras mientras la fascinación por lo que estaba contemplando subía a sus ojos.

—¿Qué edad tiene?

—Treinta y ocho años, señoría.

—¿Sabe dónde nos encontramos?

—En los juzgados de Ciudad.

El juez desvió su mirada un segundo hacia los ojos de Nash, que asintió, respondiendo a su pregunta velada.

—¿Qué relación tiene con el escritor Benedict Newman? —continuó, mirando al escritor.

—No es fácil de explicar, señoría. Diría que de alguna manera somos socios.

Él admira mi trabajo y yo le proporciono cumplido detalle de mis casos una vez que están cerrados y siempre preservando el derecho a la intimidad de mis clientes.

Él es escritor, utiliza mi trabajo para documentarse y después escribe sus novelas.

—¿Diría que son amigos?

—Pues hace unos días habría contestado que no, porque nuestra relación no es tan personal, pero en las últimas horas nuestros destinos se han cruzado de un modo que me hace pensar que nuestras vidas están más unidas de lo que yo nunca habría imaginado.

El juez no quitaba los ojos de Newman, que permanecía de pie, erguido, firme como un soldado, cómodo, aunque respetuoso.

—¿Sabe cuál es el propósito de esta audiencia?

—Sí, señoría. Dirimir si el escritor Benedict Newman está capacitado para tomar decisiones, sobre todo en lo que concierne a su salud.

—¿Ha visto últimamente al señor Newman?

—No, está ingresado en el complejo hospitalario de Ciudad. Sufrió una agresión. —Hizo un gesto con los ojos hacia el fondo de la sala.

—¿Cuándo fue la última vez que lo vio?

—No nos vemos mucho. Lo cierto es que mantenemos una relación casi epistolar. Yo le envío mis diarios, una especie de cuaderno de bitácora, y él trabaja sobre ellos.

—¿Cree que debería atenderse la petición de su hija?

Colt Star no contestó. Apretó los labios, haciéndolos desaparecer. Su gesto delataba contención.

—Me interesa su opinión, señor Star.

—Bueno, no soy médico, pero su hija lo es.

La conocí cuando me contrató para llevar el caso de su padre.

Me consta que quiere protegerle. En los últimos días he tenido la ocasión de tratar con las personas de su confianza y no creo que ni uno solo de ellos tomase una decisión que lo perjudicara.

—Colt Star bajó la mirada, como si dudara entre continuar o no.

—Hable, señor Star, por favor —le animó el juez.

Colt Star se volvió a mirar a todos los presentes hasta que localizó al inspector Barezzi. Después se dirigió de nuevo al juez.

—Señoría, parece usted un hombre íntegro y sé que este no es el asunto que nos ocupa hoy, pero en Ciudad están ocurriendo cosas terribles. Esos crímenes son solamente la horrible consecuencia de la depravación y pérdida moral que sufre Ciudad.

Buscó con la mirada al Lobo.

—El señor Newman es un hombre decente, entregado a la noble labor de hacer más agradable la vida a los demás.

No merece el trato que la policía de Ciudad le está dispensando: hostigándole, persiguiéndole, acosándole.

He sido testigo de cómo se presentaban de madrugada en su domicilio como si tratasen con un peligroso delincuente.

Señoría, Newman ya no es tan joven, es frágil y, sin duda, por más que escriba novelas de crímenes, lo hace desde la literatura, desde la imaginación.

No es un hombre como usted o como yo, que conocemos los bajos fondos, las pútridas tripas de esta ciudad.

Espero, señoría, que tome una decisión que ayude a protegerlo.

Por mi parte, pondré todo mi conocimiento y mi experiencia al servicio de este caso para hallar a los culpables —haciendo un gesto con la mirada hacia el fondo de la sala— y defendernos, a Newman y a mí, de la persecución que sufrimos.

—Gracias, señor Star. Su aportación me ha sido de gran ayuda para decidirme.

Esperó a que el novelista estuviera sentado antes de dirigirse a Nash.

—Doctora Nash Elizondo, se le concede temporalmente la custodia legal de su padre, Benedict Newman.

Considero que está de sobra capacitada para tomar decisiones, siempre teniendo en cuenta los criterios del equipo médico que lo seguirá atendiendo en el hospital de Ciudad —dijo lo último mirando al hombre que tenía ante sí, y que asentía a sus palabras con una mirada cargada de respeto.

El juez se dirigió al director del centro hospitalario.

—Para garantizar su seguridad, Benedict Newman permanecerá en las instalaciones del hospital como paciente del equipo de la doctora Duval y del doctor Kutz.

Me mantendrán debidamente informado de cualquier cambio en la salud del señor Newman y me reservo la última palabra en caso de que el criterio del equipo médico y el de la doctora Elizondo entren en conflicto.

Dedicó sus últimas palabras al doctor Kutz:

—Y, por supuesto, no puede ser interrogado sobre cuestión alguna. El señor Benedict Newman no tiene juicio de realidad. Todos deseamos que su salud mejore y lo recupere, pero, hasta entonces, esta es mi decisión.

Nash se escabulló del grupo que la rodeaba en la puerta de la sala. Aún trataba de decidir si era una victoria completa o solo a medias cuando volvió a sentir clavados en los suyos los ojos del Lobo. Caminó hacia él.

—¿Usted nunca se rinde?

Barezzi levantó ambas manos a los lados de la cabeza y sonrió. A pesar de la mascarilla, algo parecido al calor subió hasta sus ojos. Presentaba un aspecto tan desgarbado que movía a la risa. Se contuvo. Aquel tipo era un payaso.

—¿Qué quiere? Ya ha escuchado al juez.

—Quiero hablar con usted. —Bajó las manos.

—De acuerdo, hable.

El Lobo hizo un gesto hacia el pasillo y se volvió a mirar.

—Aquí no.

Robert los observaba con aquella mezcla de cuidadosa intromisión de la que hacía gala.

Ella leyó en sus ojos la pregunta: «¿Todo en orden?». Asintió.

—Necesito que me acompañe a comisaría.

—¿Para qué?

—Voy a mostrarle lo que hallamos ayer en el despacho de su padre.

Nash alzó una mano para despedirse de Robert, que le respondió con una leve inclinación de cabeza. No le pasó inadvertida la fría mirada que le dedicó al policía.