25
Nash miró de nuevo la primera página de la copia del informe que habían presentado ante el juez y levantó la cabeza casi como si hubiera escuchado una llamada.
Apoyado en una de las columnas de mitad del pasillo, el inspector Barezzi la miraba con calma.
Nash tembló; sintió el gris acerado de su mirada mucho antes de verlo. Se dirigió al doctor Kutz.
—Usted lo ha avisado, ¿verdad?
El psiquiatra no contestó.
Un ujier asomó en el umbral y, con un gesto parco, les instó a pasar. El mundo pareció contener la respiración. Justo en ese instante, al fondo del corredor, vio una figura que avanzaba. Era él, Benedict Newman, acompañado por la doctora Patricia Duval.
Volvió a sentir toda la fascinación que le provocaba Colt Star.
Se había cambiado; llevaba un traje gris de fina raya diplomática.
Se abrió la chaqueta, que dejaba a la vista una camisa blanca impoluta y un chaleco Oxford.
En la mano derecha llevaba un sombrero con el que se golpeaba rítmicamente el muslo.
Cogida de su brazo izquierdo caminaba la doctora Duval.
Los pasos de Colt Star eran firmes y decididos; su reflejo impecable se prolongaba hacia el mármol pulido del suelo como una estela de poder.
Su rostro estaba serio, pero sonreía levemente cada vez que se dirigía a su acompañante.
El efecto era del todo cinematográfico. Veía acercarse a un hombre fuerte, seguro.
Irradiaba una masculinidad serena, pero sin fisuras, probablemente caduca, pero, a la vez, tan auténtica.
Aun así, lo que más la desconcertó fue la actitud de la doctora Duval.
Caminaba cogida del brazo del escritor manteniendo la distancia protocolaria, pero había algo en el modo en que lo hacía que llamó la atención de Nash.
No era la jefa de Neurología acompañando a su paciente al juzgado; su gesto no era solo de amabilidad y asistencia.
Quizá la sonrisa contenida o el brillo en sus ojos; había algo distintivo en el modo en que una mujer se coge del brazo de un hombre cuando le gusta.
Y a la doctora Duval le gustaba Colt Star.
El juez ya esperaba en la sala. Era un hombre de unos sesenta años, de rostro cordial y un bronceado que parecía más propio de un yate que de un tribunal.
No levantó la cabeza del informe que tenía ante sí; su pluma se movía con una eficiencia casi quirúrgica, señalando y tachando secciones, una lanceta de tinta sobre el destino de Benedict Newman.
Habló cuando todos estuvieron sentados. Vio que el novelista lo hizo junto a su abogado.
—Buenos días. Estamos aquí reunidos para tratar el caso de la posible incapacitación del señor Benedict Newman.
Tras revisar el informe pericial presentado por la doctora Elizondo, procederemos a escuchar los testimonios del abogado del señor Newman, del director del hospital y de los expertos médicos: la doctora Elizondo, la doctora Duval y el doctor Kutz.
Después, y si procede, iré llamando a los testigos y, por supuesto, me gustaría hablar con el señor Newman.
Mitchell se inclinó y le dijo a su cliente:
—Puede que el juez desee también conocer su opinión.
El detective Colt Star asintió.
—A todas las personas que no van a intervenir —continuó el juez—, les ruego que mantengan el orden y el respeto durante la sesión, que, dada la premura del caso, intentaremos no dilatar demasiado.
Volvió atrás en el texto y remarcó una palabra con la pluma. Miró brevemente a Nash y volvió al informe mientras decía:
—Conocí hace años en los tribunales a una perito forense que se apellidaba Elizondo. ¿Tienen alguna relación?
—Señoría, la doctora Elizondo era mi madre. Falleció hace tres meses, al inicio de la pandemia.
El juez levantó la mirada del informe y la miró a los ojos.
—¿De covid? —Su voz sonó compungida.
Nash asintió.
—Lo lamento. Mis condolencias, su madre era una magnífica profesional. —Carraspeó y miró al abogado—. Señor Mitchell, tiene la palabra.
—Señoría. —Su voz, aunque firme, no lograba ocultar el peso de la situación—.
Soy Owen Mitchell, abogado del señor Benedict Newman.
Solicito en su nombre y en el de su hija, la doctora Nash Elizondo, una incapacitación provisional por manifiesta pérdida del juicio de realidad.
Como explica el informe, en fechas recientes, tras el traslado a comisaría para prestar declaración, el señor Newman comenzó a presentar síntomas de confusión, sufrió un desmayo que le causó una gran herida en la cabeza y una posible conmoción.
A partir de ese instante, después de su traslado a un hospital, se comprobó que mi cliente era incapaz de reconocer su propia identidad, creyéndose un personaje de sus novelas.
El juez levantó brevemente la vista del informe. Su pluma se detuvo sobre el papel.
—En días sucesivos, el equipo de neurólogos de la doctora Duval fue haciendo distintas pruebas para evaluar su estado, sin que en este momento hayan concluido.
En ese periodo, el señor Newman huyó del hospital y fue localizado a más de cinco kilómetros de distancia por su hija y su editora.
A pesar de que su discurso es, en apariencia, lúcido, no se corresponde ni con su identidad ni con su verdadera personalidad.
Mitchell se detuvo unos segundos, parecía emocionado.
—Prosiga, abogado.
—Los médicos no han sido capaces de hallar las causas, aunque, como refleja el informe presentado y como le explicará su neuróloga, aún le están haciendo pruebas.
Por desgracia, hay patógenos capaces de producir infecciones a un nivel que no resulta ni tan evidente ni tan fácilmente detectable.
Pero la razón por la que solicitamos la incapacitación es que la policía sigue hostigando a mi cliente, pretendiendo interrogarlo, y él, que no es consciente de su situación, se muestra abiertamente hostil hacia la policía, tal y como lo haría su personaje.
El juez no levantó la vista del informe. Solo el rasgueo decidido de su pluma sobre el papel rompía la quietud de la sala. El abogado continuó:
—Comprendemos la naturaleza cruel de los crímenes que están investigando y la importancia de recabar toda la información posible, pero, como se desprende del informe médico, mi cliente, el señor Newman, no es capaz de discernir en este momento la ficción de la realidad y, teniendo en cuenta que se trata de un prestigioso escritor de novelas criminales, tememos que en cualquier momento pudiera confundirse con uno de sus personajes e incluso llegar a autoinculparse de crímenes que, sin duda, no ha cometido, porque, como también refleja el informe, el señor Newman no es sospechoso de asesinato; la policía quiere interrogarle como testigo.
El juez asintió lentamente.
—Doctora Elizondo, solicita usted la custodia de su padre, pero además se erige como su psiquiatra. No tengo ninguna duda de que está suficientemente capacitada, pero ¿no cree que, dada la complejidad de la circunstancia que presenta el señor Newman, debería ser atendido por un equipo más amplio?
—Señoría, eso es exactamente lo que pretendo.
Asumí la custodia como psiquiatra del señor Newman para evitar su detención, traslado a comisaría y un nuevo interrogatorio, que estoy segura de que habría sido terrible para él y para su salud, ya que ni por un solo instante mientras se producían estos hechos se identificó como Benedict Newman, sino como su personaje.
No tengo intención de prescindir de los consejos médicos de psiquiatras, neurólogos y cuantos especialistas sean necesarios para tratarle.
De hecho, ya habíamos pactado con su neuróloga que fuera un paciente ambulatorio.
Él no quería permanecer en el hospital, por eso huyó, y todo el cuadro médico estuvo de acuerdo en que lo más importante era obtener su colaboración.
Nash respiró hondo antes de continuar. Sintió cómo el doctor Kutz se tensaba a su izquierda.
—Aunque no rechazo la opinión de mi colega, el doctor Kutz, respecto a la conveniencia de los diferentes tratamientos que debamos llevar a cabo, debo velar por los intereses de Benedict Newman, y la postura del doctor Kutz es permitir que la policía hable con él.
Percibió ahora cómo el doctor Kutz se erguía mientras una mano firme comprobaba el apretado nudo de su corbata.
Continuó:
—En la primera interacción con la policía acabó con una brecha de doce puntos en la cabeza después de sufrir un desmayo.
En la segunda, siempre comportándose como su personaje, agredió a un inspector de policía, y tengo que decir, señor juez, que, aunque Benedict Newman ronda los setenta años, su comportamiento y su fuerza se corresponden con un hombre de treinta y ocho, como los del personaje que cree ser.
El juez asintió lentamente y buscó otro nombre en su informe.
—Doctora Duval, ¿es usted la neuróloga que ha tratado al señor Newman?
—Así es.
—¿Sería, según su opinión, proporcionado hablar de una pérdida de juicio de realidad por parte de este paciente?
—Sí, estoy de acuerdo. Como se explica en el informe, no sabemos si será permanente ni qué provoca su conducta.
Aunque estamos en una fase muy temprana, lo cierto es que el señor Benedict Newman presenta una disociación de su personalidad.
No es tan raro. A menudo vemos este tipo de comportamientos en las primeras fases de muchas enfermedades neurodegenerativas.
Podrían corresponderse con su edad, también podrían estar relacionadas con el golpe en la cabeza o con una obstrucción temporal de una parte del cerebro.
El señor Newman tiene antecedentes de accidentes cerebrales, y esto lo coloca en una lista de riesgo de quien puede volver a sufrirlo.
—Gracias, doctora. ¿Cuál es la postura de la dirección del centro hospitalario?
El director se puso en pie.