Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 24
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El comisario Ferrer observó a través de los cristales espejados a los dos hombres que esperaban en la sala de interrogatorios. Exhaló todo el aire, consultó la hora en su reloj y se volvió hacia el inspector Barezzi.

—Primero Newman y ahora Scott Sherrington. ¿A quién sentarás ahí mañana, a Elvis?

No contestó, pero las palabras del comisario alentaron el interés de Ruano.

—¿Ese tipo también es famoso? —preguntó.

El comisario se puso en pie y miró al subinspector con disgusto.

—Ese hombre es el padre de la victimología moderna. Todos los criminólogos del mundo saben quién es. —La observación estaba cargada de intención.

Ruano formó un círculo con los labios.

—Oh, ese Scott Sherrington.

—Ese Scott Sherrington —repitió tajante Ferrer—.

A principios de los ochenta estableció la actividad de un asesino en serie en Escocia solo a partir del perfil de mujeres que faltaban de sus domicilios.

El asesino mató a tres mujeres a finales de los sesenta y luego aparentemente se esfumó.

Pero Scott Sherrington elaboró un perfil de las víctimas y se dedicó a compararlo con todas las mujeres que desaparecían, voluntaria o involuntariamente.

Su sistema quedó validado cuando llegó a capturarlo.

—Joder.

—Su técnica se sigue aplicando con muy pocas variaciones —añadió Ferrer.

—¿Y ese hombre?, ¿qué hace aquí?

—Eso es lo que quisiera saber yo —respondió irritado el comisario volviéndose a mirar a Barezzi.

—Ayer, cuando salimos del registro de la casa de Newman, me di una vuelta por la escena del crimen...

El comisario sopló el aire dentro de su mascarilla, poniendo de manifiesto su impaciencia. Sobre sus cabezas, un fluorescente parpadeó dos veces, emitiendo un zumbido casi inaudible.

—La zona estaba tranquila, todos los efectivos se retiraron con la excepción de la patrulla de costumbre. Me costó convencerlos de que debían seguir allí toda la noche —mintió.

Ferrer lo dudó, pero no dijo nada, esperando que por fin soltase prenda.

—Cuando ya me iba, me percaté... —Hizo una pausa.

El único sonido en la sala era el ronroneo de los servidores en el cuarto contiguo, un murmullo constante que a Barezzi siempre le recordaba a una bestia enjaulada—.

Un individuo acechaba desde el interior de un coche aparcado a un costado de la calle.

Estaba a unos doscientos metros del lugar, con todas las luces apagadas, sin quitar ojo al coche patrulla.

Seguí como si no lo hubiera visto, pero tomé la matrícula.

—¿Y?

—Pues que era tu eminencia de la criminología.

—¿Scott Sherrington? —preguntó asombrado—. ¿Cómo? ¿Qué? ¿Por qué?

—Eso es lo que voy a averiguar —contestó el Lobo dirigiéndose a la sala de interrogatorios.