Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 23
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Barezzi introdujo sus largos brazos por las mangas de plástico de la bata desechable, se la subió hasta los hombros, pero se la dejó sin atar, se puso los guantes de goma y, antes de acercarse a la mesa de autopsias, observó a Ruano; pertrechado con bata, gorro y calzas sobre los zapatos y la mascarilla de rigor, parecía que él mismo fuera a realizar la autopsia, aunque sabía de sobra que no se movería durante todo el examen de aquel lugar junto a la pared donde podrían escribir su nombre, como si tuviera allí reservada una plaza de aparcamiento.

Caminó hasta colocarse junto a la médico forense y, mientras lo hacía, no pudo apartar la mirada del cuerpo yaciente sobre la plancha de acero.

Al inspector no le impresionaban las autopsias; el cadáver sobre la mesa estaba más cerca del de cualquier paciente en un quirófano que el de la víctima tirada sin cuidado en la calle.

La doctora Cánovas había avanzado en la primera fase y el cuerpo se veía estirado, las manos colocadas a los lados, las piernas largas y blancas, los pies juntos.

El cabello, que hacía unas horas aparecía desparramado por el suelo, lo habían peinado con una peineta fina a fin de recoger cada semilla, cada pelusa adherida, cada pelo ajeno.

Ahora estaba colocado en dos gruesos mechones que se enroscaban a los lados de la cabeza como serpientes cobrizas.

Aunque Cánovas le había cerrado los ojos, los párpados no llegaban a cubrir por entero el globo ocular, y el verde del iris era visible entre los ojos entreabiertos y enrojecidos.

Podría dar la impresión de que estaba despertándose, de no ser porque en la palidez de su piel habían comenzado a dibujarse vetas marmóreas que semejaban la piedra de Calacatta, y porque el cordel con el que había sido estrangulada aún colgaba del cuello.

—Buenos días, doctora Cánovas —murmuró Barezzi.

—Buenos días, inspector —contestó ella—. He empezado con la primera fase de recogida de muestras: cabellos, semillas y fibras. También he realizado el test de agresión sexual. Como suponíamos, la violaron.

Asintió.

—Pero he querido esperar para que vieras esto con tus propios ojos.

La forense se inclinó sobre el rostro de la joven y señaló el cordel incrustado en su garganta.

Formaba una línea entre rojiza y azul que no había sangrado.

Un nudo sencillo remataba el lazo y los dos extremos colgaban a un lado, pero entendió enseguida que se refería a las marcas oscuras y redondeadas que aparecían divididas y seccionadas por la cuerda.

—Cuando la vi en el parque, aún no eran visibles, pero según pasan las horas van tomando un color más oscuro.

—Usó las manos primero, quizá no pudo terminar y por eso acabó con la cuerda... —sugirió el policía.

La doctora pellizcó con dos dedos enguantados la tela de su mascarilla antes de responder.

—Me temo que es bastante peor que todo eso, y no te puedo decir por qué razón usó el cordel, pero no fue por falta de fuerza.

Se dirigió a un aparador de metal y regresó con un soporte cervical.

Hábilmente lo introdujo bajo la nuca de la joven haciendo que el cuello se curvase, lo que mostró la crueldad de la herida.

Cánovas tomó un bisturí y seccionó el cordel respetando el nudo, lo introdujo en la bolsa que el inspector sostenía y tiró de la lámpara del techo para iluminar bien los hematomas.

—Ya sé que el cordel es lo que llama la atención, pero creo que es solo atrezo. La estranguló con las manos.

—La chica era bastante alta y atlética. Tenía que ser un tipo muy fuerte —apuntó el subinspector desde su plaza de aparcamiento.

—¿Por qué no te acercas hasta aquí y lo ves tú mismo? —respondió Barezzi mientras tomaba por la muñeca una de las manos de la joven—. Tiene una uña rota y hay un poco de sangre debajo de otras dos. Seguro que el tipo se llevó unos buenos arañazos.

—Ya he tomado muestras —informó la doctora Cánovas—, pero teniendo en cuenta dónde aparece la acumulación de sangre, creo que es de ella. Casi se arrancó las uñas mientras luchaba para que la soltase, al menos las dos o tres primeras veces.

Barezzi la miró interrogante.

—Ruano tiene razón —dijo Cánovas—; el tipo debía de ser fuerte, porque no la estranguló una vez, sino muchas, cinco o seis antes de matarla. Y ya había fallecido cuando apretó el cordel.

—¿Estás segura?

—Es una manera terriblemente cruel de matar a alguien.

La asfixió hasta que estaba a punto de desmayarse; después aflojó y la dejó respirar un poco, lo suficiente para que recuperase la consciencia, y después volvió a apretar hasta llevarla casi a la inconsciencia, solo para dejarla respirar y volver a empezar, una y otra vez.

»Las marcas grises que aparecen por todo el cuerpo y que producen ese efecto de mármol se volverán azules y después más oscuras, es la evidencia de la falta de oxígeno en todo su organismo.

Estoy segura de que, cuando veamos la garganta por dentro, encontraremos las huellas de la estrangulación bien enclavadas en la musculatura, y miles de petequias delatoras de la asfixia.

Barezzi sintió cómo se le revolvía el estómago. No era la sangre, ni las vísceras, ni siquiera el olor dulzón de la muerte mezclado con el perfume cítrico que la chica usó en vida y que aún emanaba del cuerpo.

Era imaginar esos minutos. Los ojos de la joven abriéndose cada vez que recuperaba el conocimiento. Creyendo cada vez que podría salvarse. Y después, la oscuridad otra vez. Una y otra vez.

—¡Qué vileza! —musitó al fin, tan bajo que solo la doctora, que estaba a su lado, pudo escucharlo.

—Lo es —asintió ella conmovida.

Él también la oyó suspirar antes de que volviera a tomar un nuevo escalpelo con el que dibujó sobre la piel de mármol la característica V, desde los hombros hasta confluir en el esternón, pero antes de descender hacia el abdomen, la forense llevó el corte hacia arriba para descubrir la garganta.

La carne se veía florecida en miles de pequeñas gotas sanguinolentas, y la tráquea aparecía aplastada, como el fuelle de un acordeón abandonado bajo la lluvia.

La doctora tocó uno de los anillos con la yema de su dedo enguantado y, de pronto, un grito terrible y sostenido salió del cuerpo.

De la boca entreabierta de la chica brotó un sonido gutural, ronco y atragantado.

Como si alguien gritara desde el fondo de un pozo seco.

Barezzi retrocedió por instinto mientras miraba la boca de la joven y el rostro que, por lo demás, permanecía impasible.

La doctora se apartó levantando las manos mientras pedía calma.

Un estruendo como de loca carrera sonó a sus espaldas y, por un instante, ambos apartaron la vista del cuerpo para ver cómo Ruano resbalaba y acababa sentado en el suelo mientras su infructuoso pataleo le impedía ponerse en pie.

Mientras tanto, el cadáver seguía gritando. Un grito largo y constante, gutural e infrahumano.

—Calma, por favor, calma —pidió la doctora—. No pasa nada.

—¿Que no pasa nada? ¡Está gritando! —chilló el subinspector, que consiguió ponerse en pie y se encontraba a medio camino entre el lugar donde solía aparcarse y la puerta de la morgue.

—He sido yo, he sido yo, culpa mía.

El inspector la miró interrogante, desplazando su mirada entre la doctora y el rostro de la joven.

—Barezzi, he sido yo —insistió ella intentando elevar su voz por encima del grito que seguía sostenido, aunque comenzaba a perder fuelle—. Solo es aire.

—La estoy oyendo. —Como si la evidencia estuviera por encima de cualquier explicación.

—Lo he causado yo —se justificó ella—. Ha sido al perforar la tráquea.

Los pulmones estaban llenos de aire, hemos eliminado el cordel de la garganta y la posición con el sostén cervical ha abierto las vías.

La tráquea estaba aplastada; al tocarla, se ha abierto el lugar donde estaba rota y el aire ha comenzado a desplazarse a borbotones.

Se produce un efecto de succión o expulsión que hace que el aire, al pasar por las cuerdas vocales, las haga vibrar.

—Se diría que está respirando.

—Los pulmones se están vaciando como los fuelles de una gaita, pero no es voluntario, es un reflejo por el modo en que quedó la musculatura en el momento del óbito, y porque el rigor comienza a desaparecer. Os juro que está muerta.

El sonido se fue extinguiendo poco a poco hasta que el cadáver volvió a quedar en silencio.

—La madre que me parió —dijo desde el fondo de la sala Ruano—. Por poco me tienes que hacer la autopsia a mí también. ¿Cómo cojones es eso de la succión...?

—Se llama grito gutural cadavérico. Aquí no es tan común, porque no es costumbre embalsamar los cadáveres, pero cuando estaba estudiando en Estados Unidos trabajé en una funeraria.

Allí casi todos los cadáveres se embalsaman.

En ocasiones, al introducir el trócar, que es como una especie de aguja con una goma que la conecta con una bomba de vacío, se succiona el contenido del estómago, pero en ocasiones, cuando se perfora la tráquea, se produce ese sonido que habéis escuchado.

—Joder —dijo Ruano negando con la cabeza.

En ese instante las puertas batientes del quirófano se abrieron y un par de ayudantes asomó la cabeza.

—¿Estáis todos bien?

—Sí, ha sido el cadáver, aunque no os lo creáis. Hemos perforado la tráquea y, como tenía los pulmones llenos, ha expulsado todo el aire de golpe. Un reflejo raro, pero no imposible.

Las figuras envueltas en sus EPI asintieron.

—Pues nosotros lo hemos oído desde el box de atrás, así que el padre de la chica, que está en la sala de espera, seguro que también lo ha oído.

—Me cago en mi puta vida —exclamó Barezzi.

—Ya voy yo —se ofreció Ruano, que se moría por salir de allí.

—Y una mierda, Ruano, ni se te ocurra. A saber qué mierda dirías. —Avanzó hacia él mientras se arrancaba la bata plástica.

Lo había oído. Estuvo seguro en cuanto se asomó a la sala. Su rostro pálido, cansado y doliente reflejaba también el horror de lo que acababa de escuchar.

—Óscar —saludó tendiéndole la mano—. En media hora la doctora terminará el examen de su hija. Después la prepararán y se la entregarán para que pueda llevársela.

—He oído un grito, un grito terrible.

Asintió.

—Hay familias en otras salas —inventó sobre la marcha—. Por desgracia, en este lugar las noticias nunca son buenas, y cada uno expresa el dolor como puede.

—Supongo que es la influencia de este sitio, pero me pareció que era ella...

—Sé que es terrible pensar en nuestro ser querido ahí dentro, pero le aseguro que esto es como un quirófano y las personas a las que se la ha confiado cuidan de su hija con el mismo respeto que si estuviera viva.

—Dígame una cosa, inspector, y dígame la verdad.

Soy un hombre fuerte, he pasado por muchas cosas en la vida, perdí a mi esposa cuando mi hija era apenas un bebé, la he criado solo, y ahora que ella ya no está, voy a necesitar un motor para vivir.

Sé que le parecerá difícil, pero necesito la verdad.

Contestó:

—Le doy mi palabra de que le diré la verdad.

Los ojos del padre se llenaron de lágrimas antes de hacer la pregunta, y cuando terminó de hablar, el llanto ya corría por su rostro como un río.

—Mi vecino trabaja en las ambulancias, dice que estaba desnuda, que la agredió sexualmente. ¿Sufrió mucho? ¿La hizo sufrir?

Tomó nota mental para hacerle una visita al fulano de las ambulancias y partirle la cara. Después miró al padre de aquella chica, pidió perdón a Dios y le mintió:

—Quizá llegó a asustarse un momento, pero el ataque fue muy rápido. La privó de todo oxígeno, perdió la conciencia y nunca llegó a recuperarla.

El hombre asintió despacio, aferrándose a aquellas palabras como un náufrago a un madero. Barezzi lo vio alejarse por el pasillo, los hombros hundidos, y supo que acababa de regalarle la única paz que podría tener en lo que le quedaba de vida. Una paz falsa. Pero paz al fin.

Regresó a la sala de autopsias. Algunas mentiras eran necesarias, incluso justas.