22
Los pasillos del juzgado olían a papel viejo y a justicia aplazada.
El mármol del suelo, gastado por miles de pasos desesperados, devolvía un eco frío, indiferente a las tragedias que se susurraban entre sus paredes.
La justicia no era una diosa ciega aquí; era una funcionaria cansada mirando el reloj, esperando la hora del café.
Nash Elizondo sentía calar a través de su ropa el frío pulido del banco del pasillo del juzgado. Sentada junto al abogado de Benedict Newman, repasaba con la punta de los dedos la copia del informe que había preparado; un documento que, aunque apresurado en su elaboración, creía conciso y claro.
—Mitchell, no sé... ¿Me estoy equivocando?
—Doctora Elizondo, tu decisión es, de hecho, la más responsable, y debo decirte, la más valiente.
No es un paso en falso, es un movimiento de protección.
Eres su hija y su psiquiatra. Ahora, la ley te ve como la única persona con la autoridad para actuar, y además es tu obligación legal, se llama deber fiduciario.
Asintió, sí, Susana le había hablado de aquella mierda de obligación, que lo mismo te podía llevar a tomar decisiones sobre la salud de alguien que a tener que elegir su ataúd.
—Tu informe es impecable —dijo Mitchell, y puso la mano sobre la de ella con el gesto de quien cierra un trato que ya está ganado—.
Confía en tu instinto. Es la única vía para garantizar que reciba tratamiento antes de que la policía vuelva a por él.
Además, conozco a este juez, es un gran defensor de la familia. Eso obra a nuestro favor.
No había lugar a errores, no en aquel instante. La urgencia de la madrugada había dictado sus términos y ella había respondido con la premura que la situación exigía, intentando tejer una red de protección para un hombre que, a ojos de la ley, bien podría ser un violento sospechoso.
Frente a ella, en otro banco, el director del hospital, con cara de circunstancias, incómodo, parecía no saber dónde mirar, y el doctor Kutz, jefe de Psiquiatría, se mantenía erguido, con el ceño fruncido y un gesto adusto que no prometía nada bueno.
Nash sentía el peso de su desaprobación como una presión atmosférica que nadie más en aquel pasillo parecía notar.
Aquella mañana las cosas en el hospital no habían salido como ella esperaba.
El doctor Kutz se mostró muy ofendido al enterarse de que ella era, de la noche a la mañana, la psiquiatra a cargo del caso Newman. Su autoridad había sido quebrantada.
Hizo llamar de inmediato al director del centro, una llamada que, a juzgar por la rigidez de su mandíbula, estuvo cargada de quejas por la intromisión.
Él era el jefe de Psiquiatría de aquel hospital y, mientras Newman permaneciera ingresado, su criterio debía ser el que primase o, al menos, así lo había manifestado con una indignación que no ocultaba.
Intentando apaciguarle, Nash trató de explicar que su intervención había sido una estrategia desesperada para impedir la detención del paciente, un movimiento necesario para salvaguardar su frágil situación mental.
Incluso le recordó, fingiendo calma, que había sabido por el propio inspector Barezzi que el doctor Kutz, en un principio, no se opuso a que Newman fuera interrogado. Mencionarlo había sido un error, un paso en falso que solo avivó el fuego de su resentimiento.
Ahora, en el pasillo del juzgado, el rumor de las voces contenidas traía ecos de decisiones cruciales. La figura imponente del doctor Kutz se erigía como un muro silencioso entre ella y una posible resolución favorable.
Lanzó una mirada furtiva, buscando apoyo, y vio a Margot, Robert y Karim unos pasos más allá. Murmuraban, pero el silencio entre sus frases era más ruidoso que cualquier palabra, lleno de acusaciones no formuladas y lealtades que se resquebrajaban bajo el peso de la mañana.
Sus rostros, aunque preocupados, ofrecían un mínimo consuelo.
Sabía, con una certeza que le oprimía el pecho, que toda la responsabilidad, el peso de cada palabra que estaba a punto de pronunciar, de cada decisión que se tomase, iba a recaer sobre ella.
Era su informe, su reputación y el destino de Benedict Newman lo que estaba en juego.
«¿Estás segura de lo que haces?», preguntó su madre en su mente.
No, no lo estaba. Se sintió sola, a pesar de estar rodeada de gente. Repasó mentalmente la conversación con el psiquiatra.
—Doctor, con todos los respetos, Benedict Newman no es consciente siquiera de quién es en realidad.
Está convencido de que es un personaje imaginario, el detective de sus novelas.
Esto nos dice que, del mismo modo, podría imaginar que es otro personaje.
Ahora mismo sus declaraciones podrían ser perjudiciales para él; podría hasta autoinculparse de un crimen que no ha cometido.
El jefe de Psiquiatría reaccionó moviendo negativamente la cabeza a cada una de sus palabras.
—La policía no detiene a la gente por lo que dice que hace, sino por las pruebas que tiene de que lo ha hecho. Circulan cientos de historias de personas que se presentaron en comisaría diciendo ser un famoso asesino, y eso jamás tuvo ninguna consecuencia.
—No estoy hablando de que llegue a un juzgado, pero sí de que corre el riesgo de acabar detenido, incluso de pasar una temporada en un calabozo, hasta que la ley dirima sus responsabilidades.
Eso sin contar lo que provocaría en la reputación de alguien como Benedict Newman pasar por una situación así. El mal podría ser irreparable.
—No exagere. He conocido a muchos pacientes psiquiátricos que decían que eran tal o cual, o que hicieron esto y lo otro, y nunca vi que la policía los tomase en serio.
Estamos ante un caso muy grave... y están esos terribles asesinatos.
Mi hija tiene la misma edad que la chica que apareció muerta anoche.
Era una experta en emociones. En ese instante, y con la mención de su hija, supo que su batalla contra el psiquiatra estaba perdida.
De ninguna manera, con ningún argumento, bajo ninguna circunstancia sería capaz de convencerle de que se pusiera del lado del escritor, sobre todo si en el otro lado de la balanza imaginaria estaba su propia hija.
Así que, acabadas todas sus posibilidades y consciente de que de ninguna manera obtendría la colaboración del especialista, lanzó su particular órdago.
—Si niega a Newman esa protección fundamental que todo médico debe dar a su paciente, no me queda otra...
Antes de que ella lo pusiera en palabras, el doctor Kutz supo a qué se refería. Primero palideció, entreabrió la boca como si fuera a decir algo, pero esperó en silencio.
—Voy a solicitar a un juez —anunció Nash con una firmeza que intentaba disimular el temblor de sus manos— que declare a Benedict incompetente por pérdida de juicio de realidad.
El psiquiatra enrojeció hasta la raíz del pelo, pero se quedó callado, mirando a Nash fijamente. Después se llevó al director del hospital aparte y, conteniendo su ira, habló muy bajito con él.
Un murmullo de comentarios fue creciendo en el resto del grupo, que hasta ese momento había permanecido en silencio; fue Karim el que se atrevió.
—¿Qué es lo que quiere hacer Nash? —preguntó mirando a Owen Mitchell.
El letrado, con la paciencia que le otorgaba su profesión, explicó:
—Un psiquiatra con la especialidad de la doctora Elizondo puede presentar una solicitud ante un juez para que declare que, provisional o permanentemente, una persona, en este caso Benedict, ha perdido el juicio de realidad.
Explicado de otro modo más sencillo, no distingue la realidad de lo que está en su imaginación o de la ficción de sus novelas.
Y no es fácil. Un juez no se fía solo de un informe psiquiátrico; seguramente querrá hablar con él y también con cada uno de nosotros, las personas que lo conocemos bien.
Hizo una pausa, observando las reacciones antes de continuar.
—Por lo general, el juez lo suele conceder de modo transitorio, pendiente de revisiones y progresos en la salud del paciente.
Y no es tan raro. Es una maniobra legal que a menudo se pone en práctica desde los hospitales cuando se trata de menores desprotegidos, por conflictos religiosos que impiden un tratamiento, cuando el juicio del paciente no le permite tomar decisiones sobre la conveniencia de lo mejor para su salud o por su estado psiquiátrico se niegan a...
Mitchell no terminó la frase, dejando en el aire la complejidad de la situación médica y legal.
Nash, mientras escuchaba, sentía el peso de cada palabra del letrado, la confirmación de que su decisión, arriesgada y dolorosa, era en ese instante la única vía para proteger a Benedict Newman de sí mismo y de las consecuencias de su propia confusión.
Robert fue el primero en reaccionar y no lo hizo bien.
—¡No! Nash, por favor —exclamó, con el rostro como una máscara de incredulidad, enfado y súplica—. No puedes estar pensando en serio en hacer eso. Está mejorando, se está tomando la medicación. Solo necesita un poco más de tiempo.
Ella apretó los labios y movió negativamente la cabeza, un gesto que delataba lo difícil de la situación.
Vio entonces que Margot estaba llorando.
Gruesas lágrimas recorrían su rostro, empañando sus gafas y colándose bajo la mascarilla.
Sin embargo, cuando habló, lo hizo con calma y cierta resignación.
—Escuchadme. Es terrible, pero creo que es lo mejor para él... No resistiría un interrogatorio, recordad cómo reaccionó anoche. Si vuelve a agredir a un policía, esta vez en una comisaría, va a acabar en un calabozo. No tenemos idea de lo que eso puede hacerle a su mente. Tenemos que protegerlo.
—Gracias —musitó Nash.
La editora se volvió hacia ella con una especie de hostilidad negociada.
—No te equivoques, Nash, no te estoy dando plenos poderes —dijo con una firmeza que no dejaba duda de con quién estaban sus lealtades—. Es solo que creo que es el menor de los males. De cualquier modo —mirando al abogado—, tenemos que garantizar que sea reversible.
Mitchell iba a intervenir, pero Karim interrumpió.
—Yo te apoyo, Nash. —Quizá un poco frío en comparación con los demás—. Yo trabajo con él a diario. Hace tiempo que vengo observando cosas anómalas en Benedict. Sin duda, no está bien y, desde luego, no considero que sus juicios estén muy pegados a la realidad.
—No comprendo a qué viene esto ahora —se indignó Robert—. Si hace tiempo que vienes observando comportamientos inusuales, ¿por qué no lo has dicho antes?
—Karim nos comentó que en ocasiones Benedict no recordaba haber estado trabajando. Que se olvidaba la luz del despacho encendida o que trabajaba y luego negaba haber estado allí —explicó Margot.
—¿En serio? —exclamó Robert mirando a Karim incrédulo—.
Durante una pandemia mundial, durante un confinamiento en el que los días fueron una sucesión de repeticiones, ¿todo lo que tienes que decir es que alguien que se dedica a escribir a diario y que retoma en cualquier momento su trabajo no estaba demasiado seguro de si fue a una hora u otra?
—No es solo eso —se defendió Karim con gesto altivo—. De un mes a esta parte también tenía reacciones algo paranoicas. Me comentó que creía que alguien tocaba sus cosas, sus notas, que veía cosas raras en los informes, apuntes que no reconocía y cosas por el estilo...
—Me parece mentira que aproveches un momento así para ser tan mezquino... —respondió Robert clavando sus ojos en los de Karim.
—¿Eh? ¿Qué estás diciendo? Solo trato de ayudar... —respondió ofendido.
—Ya lo has oído. Mezquino —repitió—. Lo estás traicionando.
Fue el abogado de Newman el que se mostró más prudente y conciliador.
—Calma, por favor, no seamos dramáticos —pidió con voz pausada—.
Ya sé que inhabilitación suena muy fuerte, pero es una medida transitoria, y creo, como Nash, que ahora la persona que más puede perjudicar a Benedict es él mismo.
Lo solicitaré como algo temporal, siempre sujeto a revisiones y a que sea revocado en cuanto Newman mejore.