Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 21
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Noche en Ciudad

El inspector Barezzi siempre usaba su vehículo particular.

Nunca había encontrado el modo de explicarle a nadie, sin que sonara a manía, por qué necesitaba ese espacio entre la escena y la comisaría: el silencio sin radios, sin Ruano, sin el olor institucional del coche patrulla.

El tiempo exacto para que lo que acababa de ver encontrara su lugar antes de convertirse en informe.

La autopsia estaba programada a las ocho de la mañana. Calculó que le sobraba tiempo para pasar por casa, ducharse, dormir dos horas. Mandó a Ruano por delante y condujo en dirección al parque donde poco antes habían encontrado el cadáver de la joven.

Un coche patrulla custodiaba la zona, en la que, por lo demás, no había ningún otro signo de actividad.

Redujo la velocidad para fijar la mirada en el lugar exacto donde ella había estado.

Hubiera podido dibujarla de memoria: la piel blanca, casi azulada, las piernas juntas y flexionadas, los brazos extendidos en cruz, la melena larga y pelirroja, en parte plegada como un cojín de seda bajo su cabeza, algunos cabellos derramados hasta el césped, como si los hubieran colocado, el arco forzado en la nuca, casi parecía estirarse en un largo bostezo.

Y el cordel, tan sepultado en su garganta que su presencia solo era delatada por el reguero rojizo que había tatuado la piel.

Detuvo el vehículo en paralelo y bajó la ventanilla para hablar con el patrullero.

—Los de la Científica terminaron, inspector. El fotógrafo se fue hace rato. —Creyó percibir un atisbo de queja en su voz, pero lo ignoró—. Los de la Canina dicen que no hay nada, solo mierda de pato. No es un lugar muy transitado.

Asintió sin mirarle. Ya lo sabía, lo habían mantenido informado de cada uno de los pasos desde que había abandonado la escena para ir a casa de Newman.

Había permanecido junto a la médico forense hasta que había llegado el juez para el levantamiento del cuerpo, y mientras tanto los de la Científica le informaban de que aparentemente no había huellas ni restos que indicasen la presencia de nadie alrededor del cuerpo.

No había rastro de la ropa, ni identificación alguna, pero eso ya lo sabía, la identificación de la chica estaba dentro de su bolso, aquel que apareció en la calle, como una embajada violentada.

—Buenas noches y buen servicio —dijo comenzando a subir la ventanilla.

—Inspector —le detuvo el agente—. Quizá podríamos irnos ya; no ha pasado nadie por aquí, ni siquiera coches...

Lo miró a los ojos.

—Nos quedaremos toda la noche, inspector, como ordenó. Hasta que amanezca.

Terminó de subir el cristal. Pasó el vehículo policial, a baja velocidad, justo en el instante en que una de aquellas familias de ánades de las que había hablado el conmocionado taxista cruzaba la calzada.

Detuvo el coche y los contempló. Y mientras se alejaban, percibió algo; más que verlo, lo olfateó.

Una presencia inmóvil en un escenario que debería estar muerto: la sombra quieta del hombre que, desde el interior de un coche aparcado, vigilaba.

Memorizó la matrícula. Se detuvo una vez superada la primera curva, llamó a la comisaría, recitó los números memorizados y esperó.