Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 20 #3
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—Aún no sabemos qué implicaciones tiene lo que hemos hallado.

—El Lobo dio un paso hacia el interior de la estancia y sin apartar la mirada de la mía dijo—: Pero empieza a quedarme claro, detective Star —pronunció las últimas palabras con gran displicencia—, que puede que no sea la primera vez que finge ser otra persona.

—¿Qué significa eso? —espetó el abogado—. ¿Está acusando a mi cliente?

—Deme tiempo —respondió Barezzi.

Iba a contestarle, pero justo en ese instante vimos cómo los policías desfilaban hacia la salida con sus cajas de cartón y sus guantes de vinilo azul.

El pipiolo se detuvo en la puerta de la sala.

—Lo tenemos, jefe.

Entonces ocurrió algo que me tomó por sorpresa. El Lobo me guiñó un ojo, se volvió teatralmente hacia la salida, pero a mitad de camino se detuvo como si hubiera olvidado algo. Se giró y dijo:

—¿Recuerdan a la chica de la que les hablé, la que se encontraba desaparecida desde anoche?

Esa cuyo bolso apareció tirado en la calle como señal inequívoca de que algo terrible le había ocurrido.

¿Lo recuerda, Newman? ¿Star? O como diablos se llame.

Han encontrado su cadáver hace tres horas en un parque de las afueras.

Percibí cómo la noticia calaba en los presentes, arrancándoles el aire de los pulmones de modo audible. Su mirada seguía clavada en la mía, esperando mi reacción. No me amedrentó.

—Si quiere decirme algo, dígamelo, pero aténgase a las consecuencias. Le advierto que así es como la gente consigue dientes postizos.

Barezzi dio un paso hacia mí, se bajó la mascarilla y sonrió con aquella sonrisa deshonesta y lobuna, mostrándome el colmillo derecho.

A pesar de haberle advertido, no debía de esperárselo o era muy lento, porque mi puño izquierdo impactó de lleno en su boca.

Sentí los cortes afilados de sus dientes de perro en mis nudillos y, sin darle tiempo a reaccionar, hundí el derecho en su costado.

El tipo era peligrosamente flaco, estaba fibrado, pero aun así sentí cómo el golpe avanzaba bajo sus costillas flotantes.

Como si estuviera bajo el agua, oí desde muy lejos los gritos y exclamaciones de los presentes, a los que parecía haber pillado tan desprevenidos como al Lobo.

El efecto sorpresa que me daba ventaja duró lo que el pipiolo tardó en lanzarse sobre mí.

Era un morlaco. Me derribó, aplastándome bajo su peso mientras me hacía saborear la alfombra de la estancia.

Él solito se las arregló para engrilletarme. Cuando pude girar la cara de lado, Barezzi seguía jadeando, inclinado hacia delante como una caña partida. Sin embargo, cuando alzó el rostro, y a pesar de que le sangraba el labio, vi que estaba sonriendo.

—Benedict Newman, Colt Star o como quiera que te llames —se tocó el labio y lanzó un escupitajo sanguinolento a la alfombra de seda del escritor—, quedas detenido por un delito de atentado contra la autoridad.

—¡Usted lo ha provocado! —bramó Mitchell—. Voy a denunciarle ahora mismo, en su propia comisaría.

—Detenido —repitió Barezzi, haciéndole un gesto al pipiolo para que tirase de mi cuerpo hasta ponerme en pie. Lo hizo sin escatimar fuerza; sentí cómo mis hombros crujían, amenazando con dislocarse.

La joven pelirroja se interpuso entre nosotros.

—Inspector, siento mucho lo que ha sucedido, pero este hombre está bajo custodia psiquiátrica y usted lo sabe —defendió Nash.

El Lobo miró alrededor para constatar sus palabras.

—Esto no es un hospital psiquiátrico y no veo aquí a su médico. Que venga a buscarlo a comisaría. De momento, hoy va a dormir en el calabozo.

El Lobo dio un paso hacia mí y me agarró, hundiendo con saña sus garras en mi brazo. No le di el gusto de quejarme, aunque mi bíceps aullaba de dolor.

—No puede hacerlo —rebatió de nuevo la pelirroja.

—Mire cómo lo hago. —Barezzi sonrió, y su sonrisa lobuna lo fue más que nunca. La sangre le había teñido las encías y los huecos entre los dientes.

Nash Elizondo se plantó ante mí, mirándome suplicante.

—Colt Star, acépteme como su psiquiatra y póngase bajo mi custodia. Ahora. Dígalo.

La miré, sorprendido e inmediatamente admirado, entendiendo lo que trataba de hacer.

—No sabía que fuera psiquiatra —respondí, maravillado, mientras sentía cómo las garras del Lobo pugnaban por desgajarme el brazo.

—Dígalo ahora —apremió ella.

Lo dije con inusitada calma, paladeando una a una las palabras mientras veía cómo la sonrisa sangrienta del Lobo se congelaba en su cara.

—Señores, les presento a mi psiquiatra, la doctora Nash Elizondo. Desde este momento, estoy bajo su custodia.

—Considero que mi paciente está sufriendo un brote psicótico y debe ser trasladado a un hospital inmediatamente. —Volviéndose a mirar al Lobo—: Quítele las manos de encima.

Por un instante, nadie se movió. La habitación se transformó en un tableau de hostilidad pura: el pipiolo sujetándome desafiante por encima de los grilletes, el leguleyo con la impotencia grabada en el rostro y, en el centro, la mirada de acero de Nash chocando contra la del Lobo.

No era una negociación; era una frontera trazada en el suelo de la mansión.

El modo en que lo había dicho le hizo sumar enteros en mi baremo de los que los tienen bien puestos.

El Lobo aflojó su zarpa mientras la sonrisa de depredador se le congelaba en la boca ensangrentada.