20 #2
—Tienes razón, Sylvie, pero me hierve la sangre al ver cómo están hostigando a esta familia. El novelista es un buen hombre, y no se me escapa que lo están utilizando como un saco de boxeo. Lo presionan a él porque vienen a por mí.
El letrado tardó apenas un minuto en regresar. Entró en el salón y me miró con cara de circunstancias. Después se dirigió hasta donde estaba Nash.
—Lo lamento —dijo.
—¿No puede hacer algo? —intervino Robert—. Es bastante evidente que lo están acosando.
—Formularé una queja, pero no puedo impedirlo.
—Les tendió la copia azul—. Es una orden judicial firmada por un juez.
Eso sí, se limita solo al despacho y concretamente a los legajos, expedientes o archivos relativos a la documentación de la última novela.
Ya he advertido a Karim que no permita que se lleven nada más.
No creo que les tome más de diez minutos, aunque es probable —dijo pesaroso dirigiéndose de nuevo a mí— que se lleven tu ordenador.
Ya les he advertido que pueden hacer una copia, pero deben devolverlo cuanto antes.
—Yo no tengo ordenador —contesté.
—Los ordenadores de Newman y Karim están duplicados —añadió mi secretaria—.
En lo que a lo laboral se refiere. No será problema, pero debes advertirles que lo custodien debidamente.
Benedict ya ha comenzado a escribir la nueva novela y ahora mismo ese material vale una fortuna.
Han de hacerse responsables de la custodia de esa novela.
Si hubiera alguna filtración del título o el tema en internet, sería un desastre.
La hija del escritor miró al abogado, pensativa.
—Esta mañana en el hospital, ahora esto, y de madrugada. Si tenían una autorización judicial para revisar la documentación de Newman, ¿por qué no han venido antes? Todo parece orquestado para exasperar, como si tratasen de hacerle perder los nervios.
—Bueno, me temo que a menudo es así con los registros judiciales.
Ellos pueden decidir a qué hora lo realizarán y, como dice, muchas veces el horario tiene precisamente la intención de pillar a la gente desprevenida, con la guardia baja, de madrugada, con la perturbación que eso supone.
—Mientras, repasaba de nuevo el texto del documento—.
Aunque en este caso, la orden ha sido emitida hace apenas una hora.
—Su gesto transitó de reflexivo a preocupado.
—¿Eso es raro? —preguntó Sylvie.
El leguleyo lo pensó.
—Que un juez emita una orden de registro de madrugada no es raro, pero denota una urgencia desmedida. Es el despacho de un escritor, no un desembarco de droga en la costa.
La posibilidad de que la influencia corruptora de la policía de Ciudad llegase hasta los poderes judiciales había sido siempre un rumor susurrado, como el de un incendio contenido tras una puerta que solo esperaba oxígeno.
Cerré con fuerza los puños y sentí cómo mi musculatura crujía por la tensión contenida.
Apreté la mandíbula y me puse en pie, dirigiéndome hacia la entrada.
—Espera, Benedict —me advirtió el abogado—. La orden se limita al registro; no pueden interrogarte, pero si les das motivos terminarán deteniéndote, y va a ser difícil que pueda impedirlo.
Me volví a mirarle, sorprendido.
—¿Con quién hablas, picapleitos?
Sylvie se colocó a mi lado.
—Colt, este es el señor Owen Mitchell, el abogado del maestro de las letras. Ya lo conoces. Escúchalo, sabe lo que se hace. Señor Mitchell, este es el detective Colt Star; es amigo personal del señor Newman.
—Claro... —murmuró el letrado evitando mirarme.
Sylvie asintió.
En ese momento, un revuelo proveniente de la biblioteca se acrecentó como si una plaga de langostas rugiera en el interior.
Voces agitadas, y al momento todos los policías que habían participado en el operativo salieron de la estancia y formaron una barrera humana frente a la puerta de la biblioteca.
El inspector Barezzi salió precipitadamente hacia la calle sosteniendo junto a su oreja el teléfono móvil.
—¿Qué está pasando? —preguntó Nash al abogado.
—No tengo ni idea, pero voy a enterarme —dijo mientras salía hacia el recibidor y, casi a la vez, era interceptado por un policía que lo obligó a retroceder hasta la sala justo en el momento en que Karim se reunía con ellos, procedente de la biblioteca.
—Han encontrado algo, no he podido verlo. Estaba en el interior de uno de los antiguos cofres de alabastro de la colección de Benedict.
Todos se volvieron a mirarme.
—¿Sabes qué puede ser? —preguntó el letrado.
—¿Cómo voy a saberlo? —repliqué.
Los policías permanecieron inmóviles, las cajas de cartón en las que debían custodiar los hallazgos del registro, colocadas a sus pies.
Me di cuenta de que no se habían quitado los guantes.
Inclinaban la cabeza para susurrar entre ellos y, a pesar de que no podía ver el gesto en sus bocas por las mascarillas, noté que una especie de contenida euforia gravitaba sobre sus cabezas.
El inspector Barezzi irrumpió en el recibidor y levantó la pantalla iluminada de su teléfono como si alzase un triunfo. Los policías no contuvieron las exclamaciones de júbilo mientras entraban de nuevo en la estancia.
Solo entonces Barezzi se dirigió al letrado.
—Durante el operativo hemos hallado algo que no esperábamos y, ante la posibilidad de que implique la comisión de un nuevo delito, he solicitado al juez una extensión de la orden judicial. No la tengo impresa, pero puede verla. —Le mostró la pantalla de su móvil.
Mitchell la revisó.
—¿Y no va a decirnos ni siquiera de qué naturaleza es el hallazgo? —preguntó Nash.
El Lobo pareció sonreír bajo su mascarilla. Por su expresión, deduje que ella también había notado que no era una sonrisa, sino aquel gesto torcido, como de elevar los belfos para mostrar los colmillos.
—Digamos que es de naturaleza documental, pero no de la clase que buscábamos inicialmente. De momento, vamos a investigarlo. Pronto le diré si «el detective» tiene nuevos problemas. —Miró por encima del hombro del abogado y clavó el gris de sus ojos de lobo en los míos.
—¿Y por qué no me lo dice ahora? —le repliqué.
—¡Benedict! —exclamó el leguleyo sin que yo llegase a entender con qué propósito.
Continué:
—¿Cree que no me doy cuenta de que trata de implicarme? ¿Que todas sus maniobras no tienen otro fin que sembrar las pruebas que después encontrarán?