20
Si no eres capaz de describirte a ti mismo sin identidades adhesivas, no sabes quién eres.
B ENEDICT N EWMAN , en Los que paran
Noche en Ciudad
Quizá porque hacía varios días que no dormía como Dios manda, quizá porque hoy habían vuelto a sacarme sangre, o puede que algo tuvieran que ver las gotas transparentes que Robert había puesto en mi bebida cuando creía que no miraba, el caso es que caí en el sueño de los justos apenas mi maltrecha cabeza tocó la almohada.
Y seguramente habría seguido así hasta el amanecer de no ser porque en mitad de la noche alguien decidió aporrear con insistencia un tambor.
Emergí desde las profundidades del letargo escuchando el tam-tam repetitivo, que solo cuando estuve despierto comprendí que era alguien que llamaba persistentemente a la puerta de mi dormitorio.
Sin abrir los ojos, alcé la voz, que sonó ronca y dormida.
—¿Sí?
La puerta se abrió, dibujando una porción lechosa de luz que se derramó sobre la alfombra como una intrusión silenciosa.
—Señor... —La voz del mayordomo sonó apremiante.
—¿Qué ocurre, Robert? —pregunté molesto, sintiendo cómo la paciencia se me agotaba. Llevo mal que me saquen del sueño de los justos.
—Señor, la policía está aquí. Tienen una orden de registro. Quieren que todos nos reunamos en el salón. Ya he despertado a los demás y me he tomado la libertad de avisar a Mitchell; viene hacia aquí.
—¿Quién es Mitchell? —pregunté mientras saltaba de la cama y me ponía los pantalones.
Robert se precipitó al interior de la habitación y me tomó por el antebrazo.
—Tenga cuidado, señor, podría marearse.
Lo miré de hito en hito, la sorpresa mutando en irritación.
—Escúchame bien, Robert. No voy a criticar los gustos de Newman sobre el servicio, pero si quieres que nos llevemos bien, no vuelvas a tocarme. No me van esas cosas de afeminados. ¿Entendido?
El mayordomo retrocedió dos pasos y se irguió como un soldado.
—Por supuesto, señor. Solo pretendía ayudarle. Ha recibido un fuerte golpe en la cabeza y los mareos son un síntoma habitual en estos casos.
—¿Te parece que necesito ayuda, soldado? —repliqué mientras me ponía la camisa y, con un gesto de la barbilla, le instaba a salir de la habitación.
—No, señor —respondió mientras retrocedía hacia el pasillo.
—No me has contestado, ¿quién es Mitchell? —dije cuando estuve a su altura.
—Su abogado, señor... El abogado del señor Newman.
Un policía uniformado esperaba junto a la puerta del dormitorio y con un gesto nos indicó que nos dirigiésemos hacia la escalera.
La hija del novelista salía de una de las habitaciones del corredor mientras trataba de recogerse en una coleta el cabello rojizo, que le llegaba por debajo de los hombros.
La saludé con un gesto de cabeza, pero no la esperé. Mientras descendía a la primera planta, vi que frente al inicio del ramal de la escalera estaban detenidos el Lobo, el pipiolo y un tipo que, por sus galones, debía de ser su capitán.
—¡Pero qué inesperado honor, si tenemos aquí a lo mejorcito de la ciudad! —dije deteniéndome ante el que tenía más galones—. No hace falta ser muy hábil para deducir que es usted el mando que se escondía tras los espejos la otra noche en comisaría.
—Soy comisario. Señor Newman, tenemos una... —comenzó a explicar.
—Star —le interrumpí sin dejarle terminar de masticar su burla—. El escritor está en el hospital gracias a los cuidados que sus muchachos prodigan en su comisaría. Pero eso ya lo sabe.
El comisario se volvió a mirar al Lobo. Por su gesto parecía desconcertado y más perdido que un pulpo en un garaje. El polizonte se encogió de hombros; noté cómo sonreía bajo su mascarilla.
—Claro que sí, detective Star —dijo el Lobo con sorna—. Espere en la estancia junto a los demás. Ya lo avisaremos cuando hayamos terminado.
—No vayas de listo, muéstrame esa orden —repliqué levantando la mano derecha e instando con dos dedos—. Muéstrame la firma del juez.
—¿Por qué tendría que hacerlo si usted no es Newman? Se la mostraré a él o a alguien que resida en este domicilio —respondió el Lobo con una parsimonia que me pareció forzada para ser natural.
—¿Qué tal si me la muestra a mí? —contestó la pelirroja a mi espalda.
—Buenas noches —dijo cambiando de actitud nada más verla. Le tendió un papel con copia plegado en tres dobleces.
—¿Quiere explicarme a qué viene esto? —La pregunta de la chica tenía un giro de exigencia cortante que me agradó.
En ese instante, un tipo que por su aspecto asumí que debía de ser el abogado del escritor entró en el recibidor y se dirigió directamente al inspector.
El escaso cabello que seguramente acomodaba con cuidado cuando tenía tiempo se veía alborotado, delatando las huellas de la almohada, que también habían quedado impresas en su mejilla como largas arrugas que la cruzaban.
Vestía traje, no llevaba corbata, aunque se había abrochado el primer botón de la americana, pero las arrugas en las perneras del pantalón delataban que se había puesto precipitadamente el mismo traje que había llevado todo el día.
En cualquier otra circunstancia me habría parecido difícil que aquel hombrecillo tuviera autoridad para dar ningún tipo de orden; sin embargo, debo reconocer que me impresionó el modo en que, sin apartar sus ojos de los míos, levantó una mano y me dijo:
—No digas ni una palabra más.
Retrocedí un par de pasos, alzando las cejas y apretando los labios mientras asentía en un signo de absoluta condescendencia. «Donde manda patrón, no manda marinero.»
Los brazos amorosos de Sylvie y de Elisa, que esperaban en el salón a mi espalda, me guiaron hasta un sofá, y yo accedí a sentarme para no contrariarlas. Desde allí seguía teniendo una perfecta vista de cuanto se desarrollaba en el recibidor.
El hombrecillo se plantó frente al Lobo, que levantó el documento ante sus ojos como lo haría un sheriff con un pasquín de «Se busca». El letrado no le respondió con mejores modales. Se lo arrancó de las manos y lo leyó con atención.
—No puedo creerlo, inspector Barezzi. Ya tiene una denuncia por acoso y hostigamiento a mi cliente, y le prometo que hoy tendrá una ampliación. ¿Qué hacen aquí?
Sin pedir permiso, separó la copia anexa y devolvió el original al inspector.
—Puede leerlo en la orden.
El leguleyo se dirigió a la biblioteca y al despacho del novelista. El pies planos lo siguió.
La hija del escritor permanecía plantada en el primer escalón, mirando a Barezzi con dureza.
—Solo hago mi trabajo. No hay nada personal en esto, créame —musitó el Lobo como respuesta.
Bajó los párpados durante un segundo sobre sus ojos grises.
Sus pestañas eran largas y abundantes como su cabello, en contraste con la escasez palmaria de músculo en su cuerpo.
En su voz hubo una fingida dignidad destinada a sonrojar a la joven pelirroja.
Y por su reacción, supe que había logrado su objetivo.
—Discúlpeme —respondió Nash bajando el tono a uno mucho más paciente—. Tiene que entender que la situación es, como mínimo, estresante. Sabe que no puede hablar con él; se lo dije esta mañana.
—Y yo le prometí informarme al respecto. No tengo ninguna intención de interrogarle hoy, pero hemos consultado con su psiquiatra y está de acuerdo en que puede prestar declaración siempre y cuando él esté presente para velar por su bienestar. Lo haremos mañana, en el hospital.
—No he autorizado semejante cosa.
—Lo siento pero, en el caso de un paciente psiquiátrico, la última palabra la tiene el facultativo a su cargo.
Nash bajó la mirada. El inspector Barezzi llevaba razón.
—Pero de momento no tiene por qué preocuparse —continuó él—.
La autorización judicial se limita al despacho del maestro de las letras y, concretamente, a todo el material relativo a la documentación de la novela Todas las noches, todas las ciudades .
El secretario de su padre —consultó sus notas—, el señor Karim Sahim, está colaborando con los agentes.
El juez admira a su padre, nos ha instado a un registro considerado.
Intentaremos causar el menor desorden, pero haremos nuestro trabajo.
Ahora será mejor que espere junto a los demás.
Nash apartó la mirada y yo me sentí secretamente satisfecho al ver que las argucias seductoras del canino no habían servido de nada.
La pelirroja avanzó hacia las puertas abiertas de par en par.
En la sala esperaban Elisa sentada en un sillón junto a Sylvie y Robert de pie a su lado.
Solo por un instante se interpuso entre el Lobo y la mirada retadora que yo le lanzaba mientras iba doblando los puños de mi camisa con una precisión metódica, recogiéndolos en los antebrazos como si me dispusiera a darle una buena soba.
Entonces el Lobo tiró su último cartucho.
—Nash, hay cosas que no sabe. —Como si él soportara un peso terrible por saberlas, y se perdió en dirección a la biblioteca.
—Hace mal en hablar con él —le dije a la chica en cuanto traspasó el umbral.
—¿Cómo?
—No se deje engañar por sus zalamerías de lobo bueno. Es un depredador y se comerá viva a su familia si usted se descuida. Debe saber que para él es una cruzada personal.
—Bueno... —murmuró Nash.
—Sí, ya sé que parece amigable. ¿Le ha contado que su padre ya era policía?
Un inspector de los más duros, el Lobo original.
Hay pocos policías íntegros en Ciudad, y no voy a decir que este lo sea, pero lo que lo hace realmente peligroso, muy por encima de brutos descastados como el pipiolo, es que a este le gusta su trabajo.
Elisa suspiró impresionada. Parecía desconcertada, retorciendo sus manos sobre el regazo. Era evidente que la asustaba escucharme hablar así. Fue Sylvie la que respondió:
—Colt, tienen una orden, debemos dejarlos hacer. Después pensaremos en el siguiente paso, pero ahora mismo colaborar es lo mejor.