Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 19
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Noche en Ciudad

Habría jurado que no tenía sueño, que no necesitaba dormir.

Apartó los cojines que adornaban la cama y los fue apilando con cuidado sobre un sillón de lectura.

Retiró el cobertor, se sentó sobre la blancura perfumada de las sábanas y fue como si el lecho la invitara a abandonarse, a bajar la guardia que había llevado en alto todo el día.

Sentía el peso de su misión sobre los hombros, una tensión acumulada que solo ahora, en la intimidad de la habitación, empezaba a ceder.

Pero antes tenía que hacer algo, una idea que le había estado rondando en la cabeza, tejiendo una red de inquietud desde que salió de la agencia de detectives de Scott Sherrington.

La mente de Nash no encontraba descanso.

Lo que Noah le había contado seguía dándole vueltas.

El incendio, la gata negra, la cicatriz...

Aquello había reescrito la historia de su madre en su cabeza.

La figura enigmática y distante que siempre había conocido se desvanecía, reemplazada por la imagen de una niña que había sobrevivido a las llamas, de una mujer que llevaba en su espalda la marca física de un trauma indescriptible.

Ya no era solo el secretismo lo que definía a su madre, sino una resiliencia forjada en el fuego, un pasado oculto que justificaba, en parte, el muro que siempre las había separado.

Sintió una punzada de tristeza por no haberlo sabido antes, por no haber entendido el verdadero peso de la historia de su madre.

Su percepción había cambiado de forma irreversible y, con ella, el paisaje de su propia infancia.

Había estado mandándoles mensajes durante todo el día, pero necesitaba escuchar la voz de las Mitxelena.

Tomó su teléfono móvil, que estaba sobre la mesilla, lo soltó del cargador, buscó el número del caserío y se dirigió hacia la ventana de la habitación para mirar al exterior.

Oyó las señales de llamada mientras contemplaba las porciones color esmeralda del jardín iluminado y la puerta principal del pabellón de invitados.

En la quietud de la noche, Karim fumaba apoyado en la barandilla que circundaba la casa.

Tenía el torso desnudo y la suave luz que delimitaba el sendero hasta la entrada hacía brillar su piel tersa y oscura, que parecía cubierta de una pátina suave de sudor.

El efecto era bello y sereno, como mirar un cuadro.

Sorprendida, lo contempló absorta, y, en ese instante de suspensión, su mente, casi por inercia, calculó que hacía tres meses que no se acostaba con un hombre.

La última vez había sido con Laurent Herzog pocas horas después de hallar el cadáver de Andrea Dancur, y pensó también que ni siquiera lo había echado de menos en ese tiempo... y que Karim era muy hermoso.

Como si pudiera oír sus pensamientos, el hombre alzó la mirada hacia su ventana, dio una larga calada y retiró el cigarrillo de sus labios mientras alzaba la mano derecha y sonreía.

Esa sonrisa, directa y consciente, la pilló desprevenida.

Se sintió tan avergonzada como si tuviera cinco años y hubiera sido sorprendida con la mano dentro del bote de las galletas.

Respondió levantando la mano y, casi a la vez, dio un fuerte tirón de las cortinas para cubrir el ventanal.

La voz cálida de Susana contestó al otro lado de la línea.

—¡Es Nash! —exclamó antes incluso de decirle hola.

—¡Hola, Nash! —saludaron a coro las Mitxelena. Sus voces la transportaron en el acto a la cálida cocina, a los aromas a madera, a verde, a lino y a leña de la casa.

—Hola, chicas —respondió lánguida—. ¿Cómo estáis? ¿Cómo está Amy?

—Nosotras muy bien, y Amy está relamiéndose. Acabo de hacerle un plato de higadillos, como a ella le gustan. ¿Y tú? ¿Estás cansada o estás triste? —preguntó Beth con su habitual e inquisitiva brusquedad.

Sonrió impresionada. Hasta en la distancia, la intuición de aquellas mujeres no erraba el tiro.

—Un poco de las dos. Me resulta raro estar en esta casa. A unos metros de aquí duerme un hombre que se supone que es mi padre y ni siquiera lo recuerda. Siento que traiciono a mi madre... Quiero irme, quiero quedarme.

—Escúchame, Nash —dijo Susana—. No tenías demasiadas opciones.

Lo que describes es una emergencia de salud.

Por mi trabajo lo veo constantemente. No sabes con qué frecuencia conozco a gente que tiene que ponerse al frente, ya no de tomar decisiones en un hospital, sino de tomar decisiones sobre un entierro y un funeral.

A veces tengo que recordarles a las personas que, por difícil que sea, es su obligación legal.

Te necesitaba y tú has respondido, pero, además, no te quedaba otra.

—Por otra parte, la mansión es espectacular, la cocina, Beth, es como de estrella Michelin..., la biblioteca..., el jardín... Toda la propiedad está llena de sus huellas. Es algo que me desconcierta, porque creo que de algún modo ese hombre me habría gustado.

—¿Y Colt Star? ¿Te gusta? —preguntó Eva.

—Pues lo curioso es que sí. Produce la sensación de estar en una película de Humphrey Bogart, pero es a la vez chocante y fascinador, como si volvieras a leer sus novelas. Es un tipo muy perspicaz.

—Me encantaría conocerle —dijo Beth.

—Pues yo hoy he tenido la ocasión de conocer a un detective de verdad. Se llama Noah Scott Sherrington —continuó—. De hecho, lo conocí en el funeral de mi madre. Fue su paciente, uno de los primeros, y creo que mantenían una buena amistad, por lo menos durante un tiempo.

—Tiene nombre de detective —apuntó Susana.

—El caso es que me ha contado algo sobre mi madre, sobre la vieja herida que tenía en la espalda.

Se notaba que era una quemadura y se la hizo cuando era pequeña.

Debió ser bastante importante, porque le cruzaba desde el hombro hasta casi la mitad de la espalda.

A pesar de mi curiosidad nunca quería hablar de ella.

Pero hoy Noah me ha explicado que eran las quemaduras del incendio del caserío Elizondo, que acabó con la vida de toda su familia cuando ella tenía cuatro o cinco años. Ella nunca me lo contó.

—Tú sabías que el caserío había ardido y que todos sus ocupantes murieron... —dijo Eva.

—Mi madre nunca hablaba de eso. Por supuesto, me contó que toda su familia había muerto cuando ella era pequeña, que se quedó huérfana, pero nunca me contó que ella era la superviviente de aquel incendio.

Yo daba por hecho que no estaba allí, que estaba con sus tíos en Pamplona, y ahora él me dice que ella escapó del incendio por los pelos.

—¿Y crees que esa es la verdad?

—Sí, de alguna manera lo sé. Y me contó otra cosa... —Hizo una pausa—: Mi madre se salvó aquella noche porque una gata negra, menuda, de ojos verdes, la despertó y, de algún modo, la instó a salir del caserío justo en el momento en que este se venía abajo.

Es algo que ocurre entre las mujeres que se conocen bien.

Durante siglos lo han llamado intuición femenina, pero Nash sabía que tenía que ver con un eco que resonaba en el interior de las mujeres que se querían sinceramente, una especie de poder que permite que ni siquiera tengan que estar en la misma habitación para saber lo que las otras están haciendo.

Y Nash no necesitó estar en la cocina de las Mitxelena para estar segura de que todas se habían vuelto a mirar a la pequeña Amy.