Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 18
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Noche en Ciudad

Siempre que se despertaba en mitad de la noche, Maite extendía su brazo hacia el lado de la cama donde dormía su esposo y, como en un acuerdo tácito, en cuanto él notaba su tacto, la tomaba de la mano.

A veces el contacto duraba solo unos segundos; eran suficientes para tranquilizarla, para saber que seguía allí, vivo y junto a ella.

Después, simplemente se giraba y volvía a dormir.

Se había convertido en un gesto tan recurrente e instintivo que cuando en alguna ocasión se lo había comentado a sus hijas delante de Noah, él había manifestado no ser consciente de hacerlo ni la mitad de las veces.

Palpó el territorio vacío donde debería haber estado él.

Abrió los ojos y se concentró en escuchar.

No se oía nada, así que se incorporó para poder ver desde la cama la línea luminosa que se dibujaba bajo la puerta del baño cuando había alguien dentro.

Estaba oscuro. Se espabiló, sentándose en la cama, tratando de percibir el más mínimo rumor en el interior de la casa que habían compartido los últimos casi cuarenta años y que ella conocía tan bien como a él.

Distinguió el suave claqueteo del teclado del ordenador. Apretó los labios contrariada.

Desechó con el pie descalzo las zapatillas que no se pondría y salió de la cama en dirección al salón.

La luz proveniente de la pantalla recortaba la silueta de su esposo.

Aproximándose por detrás, llegó a vislumbrar los límites del bulto que aparecía en la imagen.

Si no lo hubiera visto antes, seguramente no habría sido capaz de identificarlo.

Un fardo indefinido, de lona azul, reverdecido en algunos lugares por la presencia de pequeñas algas marinas como consecuencia de haber permanecido largo tiempo flotando a la deriva.

—¡Noah! —le riñó—. ¿Otra vez con eso?

Noah apagó precipitadamente el monitor y, en el ímpetu, arrastró el ejemplar de Todas las noches, todas las ciudades que había comprado por la tarde.

El libro cayó al suelo con un golpe sordo, y en el silencio que siguió, Maite lo miró durante dos segundos mientras Noah pasaba ante ella hacia el dormitorio. No lo recogió.